El Siervo de los Faroles/vol I: Abkazir

Capítulo 10: Arena en el reloj, Parte III/ El embudo

En los embarcaderos del Oeste,
Pasarelas de descarga,
Entre la Casa de Pesas Menores y el muelle de pescado.
Mismo día,
Hora quinta después del alba.

Hugo bajó al puerto sin escolta visible.

Aquello fue decisión suya y también de la Phaeron. Además, si llegaba rodeado de guardias, los veedores del Oeste podrían fingir obediencia antes de que él viera el daño real. Si llegaba con escribas palaciegos, los cambistas esconderían sus tablillas de compra. Si llegaba acompañado por sacerdotes, Hekama recibiría el aviso antes de que las cargas hablaran por sí mismas. Así pues, entró por una rampa lateral, con una túnica sobria, el cuaderno negro que siempre llevaba en su costado, herencia de su otra vida, sujeto bajo el brazo y una tablilla de paso ordinario que apenas lo identificaba como asistente de revisión. Para muchos de los presentes, el nombre de Kharu, seguía siendo una palabra nueva, un elemento raro, vinculado a la Phaeron por razones que nadie terminaba de comprender.

En esos momentos, el puerto no estaba cerrado.

Y aquel acontecimiento, era el primer problema.

Un puerto cerrado se podía abrir. Una puerta sellada se podía romper. Un funcionario que prohibía el paso podía ser arrestado por exceso de autoridad. Allí, en cambio, todo continuaba funcionando de forma incompleta. Las barcas estaban en el agua; las cuerdas seguían tensas, los cargadores se movían, aunque demasiado poco; los escribas hacían lo suyo; los guardias vigilaban a los viandantes; Los sacerdotes hablaban en voz baja. Y los cambistas ofrecían adelantos a los barqueros cansados. Nada parecía estar suspendido de forma absoluta. Y sin embargo, todo parecía estar demorando.

Y aquella demora, cuando se multiplicaba por trigo, pescado y jornal, era una forma de violencia sin sangre.

Hugo se detuvo al final de la rampa.

El olor llegó antes que las voces. Por allá se descargaba pescado bajo lona caliente, aceite común, sudor de cargador, agua de río golpeando madera vieja, resina de cuerda, grano húmedo y una nota agria que anunciaba pérdida. En el mundo donde venia, aquel tipo de mezcla habría pertenecido a mercados, camiones detenidos, depósitos sin ventilación o pasillos donde la gente esperaba demasiado. Pero en Abkazir, aquel el olor tenía otros nombres, aunque el mecanismo era el mismo. Pues algo, siempre debía moverse.

Fue entonces cuando sintió un cosquilleo en la nuca y luego por todo el cuerpo. Y se percato, de que algo empezaba a expandirse hacia todas direcciones, como una suerte de burbuja que se expandiera por todos lados

Sucedió de forma repentina, como si algo en su interior se expandiera hacia lo externo. Era más bien una extensión involuntaria de su atención, como si algo dentro de él dejara de estar encerrado detrás de los ojos y avanzara, delgado y sensible, hacia los cuerpos que tenía delante. Hugo aún no entendía que era lo que le sucedió, no le daba nombre a aquello, solo lo atribuía a una sensación aguda, como la alarme que se activa en el interior de la nuca, cuando alguien siente el peligro. Si alguien de su mundo se lo hubiera pedido, habría hablado de costumbre profesional, de años mirando clientes pobres mentir por miedo, de jueces fingir neutralidad, de policías apretar carpetas con más fuerza de la necesaria y de viudas esconder documentos en el forro de una bolsa. Pero aquello no era solo observación. Había ritmos. Era como una suerte de pequeñas vibraciones humanas que no llegaban por la vista y, sin embargo, parecían tocarlo.

Un guardia junto a la tercera pasarela no miraba a los ojos de los barqueros.

Miraba sus bolsillos.

No de forma directa, no.... Tampoco como una suerte de ladrón. Sino como un hombre que recuerda algo guardado en el propio bolsillo y teme que otros puedan verlo. El gesto era mínimo. Un descenso rápido de la mirada hacia la cadera izquierda, luego vuelta al rostro del barquero, para luego pasar a la mano apoyada sobre la vara de mando. Hugo no necesitó tocarlo para saber que allí había pago menor. No de cobre, por supuesto que no.... El cobre pesaba y sonaba. Era algo más fino. Algo que un guardia pobre aceptaría sin dejar cuenta.

Sal.

Si... La sal fina era una forma de pago útil porque se repartía en pequeñas bolsas y podía explicarse como suplemento de turno, provisión familiar o compensación por jornada extendida. Era difícil de rastrear y fácil de agradecer. Hugo, por su parte, anotó el nombre del guardia tal como lo escuchó de otro hombre que pasaba junto a él.

Su nombre, era Arish.....No lo acusó. Todavía no. Un guardia pagado con sal no era el centro de un embudo.

Caminó hacia la primera pasarela.

Las pasarelas eran tablones anchos de madera reforzada, colocados entre el muelle de piedra y las barcas de descarga. En los embarcaderos del Oeste, cada pasarela tenía un número pintado con ocre y una cuerda de control. La cuerda servía para ordenar turnos, evitar choques entre cargadores y separar cargas frágiles de animales vivos. Aquella era la explicación normal. Pero aquella mañana, varias cuerdas estaban cruzadas de forma torpe y demasiado eficaz. Una barca de trigo esperaba detrás de dos barcas de lino teñido, y una barca de pescado quedaba atrapada junto a ánforas de aceite común. El orden no protegía las cargas. Las hacía dañarse en el orden correcto.

Hugo observó sin preguntar.

En primer lugar, midió con pasos la distancia entre las pasarelas. En segundo lugar, miró la posición de las cuerdas. En tercer lugar, revisó los turnos escritos sobre una tablilla clavada en un poste. Y finalmente, comparó lo escrito con lo que veía en el agua. No había una prohibición. Había una disposición. Las barcas perecederas no estaban detenidas por orden directa. Estaban colocadas detrás de cargas capaces de esperar. Eso, permitía que nadie respondiera por el daño y, al mismo tiempo, que el daño cayera primero sobre el pueblo.




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