Abkazir,
Embarcaderos del Oeste,
Pasarelas de descarga,
entre la Casa de Pesas Menores y el muelle de pescado,
Mismo día, hora quinta después del alba,
Hugo bajó al puerto sin escolta visible y, durante los primeros pasos, tuvo que obligarse a no buscar con la mirada a nadie que pudiera estar siguiéndolo a distancia. La ausencia de hombres armados a su alrededor había sido decisión suya, aunque no una que Nephertary hubiera aceptado con facilidad. Todavía conservaba en la memoria la manera en que la Phaeron había apoyado ambas manos sobre la mesa la noche anterior, inmóvil, como si con aquel gesto pudiera impedir que él convirtiera una idea en una imprudencia; también recordaba su ceño, la pausa con la que había escuchado cada argumento y aquel silencio final que no equivalía a estar de acuerdo, sino a admitir que no había encontrado una alternativa mejor. El problema era, que si entraba por los Embarcaderos del Oeste acompañado de guardias Omenki, los veedores tendrían tiempo de ordenar las filas, sustituir instrumentos, ocultar tablillas inconvenientes y convertir una mañana de retrasos en un ejemplo repentino de eficiencia. Si llegaba con escribas del Palacio, los cambistas cerrarían sus cajas antes de que pudiera saber qué estaban comprando. Si llevaba sacerdotes, cualquier irregularidad relacionada con Am-Ur sería corregida antes de que alcanzara la segunda pasarela. Para comprender el puerto, necesitaba verlo cuando nadie creyera que el Palacio estaba mirando.
La túnica sobria que había escogido ayudaba, aunque no tanto como le habría gustado. El cuaderno negro de su otra vida seguía sujeto contra el costado, demasiado extraño para un escriba zeraísta y ya demasiado conocido entre quienes habían aprendido a asociarlo con el extranjero que acompañaba a la Phaeron. La tablilla de paso que llevaba bajo el brazo lo acreditaba únicamente como Escriba Menor autorizado para revisar pesas, sellos y demoras; no mencionaba el nombre que se había instalado con mayor rapidez entre soldados, barqueros y servidores del palacio: Kharu o Siervo de los Faroles. Al principio las palabras le habían resultado ajena, casi una prenda prestada que alguien insistía en colocarle sobre los hombros; ahora empezaba a escucharla antes de ver a quien la pronunciaba, y cada vez le costaba menos aceptar que, en Abkazir, aquel nombre también le pertenecería hasta el final de su vida.
El puerto lo recibió con una mezcla densa de olores que no se parecía a nada de Lima y, al mismo tiempo, despertaba recuerdos difíciles de separar. Había sal, brea, pescado abierto sobre tablas húmedas, cuerda mojada, aceite de lámpara, sudor, madera caliente y un rastro de especias que aparecía y desaparecía con el viento. Debajo de las pasarelas corría el agua del canal, oscura allí donde las sombras de las construcciones la cubrían, brillante en los espacios donde el sol caía de lleno. Las voces se superponían sin formar un ruido único: hombres que pedían sitio, cargadores que discutían el peso de un saco, remeros que reclamaban relevo, escribas que repetían nombres, vendedores que aprovechaban cualquier detención para ofrecer fruta, pan o agua. A primera vista, nada parecía detenido. Aquello fue lo primero que le incomodó. Había esperado encontrar una puerta cerrada, una cadena, una orden clavada en una tabla o, por lo menos, una multitud concentrada frente a algún puesto de control. No había nada semejante. Las barcas continuaban entrando; los guardias seguían ocupando sus lugares; las balanzas descendían y subían; los sellos se hundían en arcilla húmeda; los cargadores pasaban bultos de una mano a otra. El problema no estaba en una ausencia de movimiento, sino en la cualidad de ese movimiento. Cada cosa avanzaba lo suficiente para que nadie pudiera llamarla bloqueo, pero demasiado poco para que el conjunto se moviera con normalidad. Redujo el paso junto a una hilera de cestas cubiertas por telas húmedas. El hombre que las vigilaba había levantado una esquina y comprobaba el interior con la expresión de quien espera una noticia que sabe mala. A unos metros, una embarcación cargada con ánforas había empezado a deslizarse hacia la siguiente pasarela después de una larga espera; detrás de ella, otra con sacos de trigo seguía inmóvil porque un escriba discutía con un guardia acerca de una marca en la tablilla de ingreso. Ninguno elevaba la voz. Eso empeoraba la impresión. Una pelea podía explicar un retraso; una avería también. La calma burocrática, en cambio, hacía que la demora pareciera normal.
—Oh, es usted el Siervo de la Phaeron. ¿Buscáis una barca en específico? —Preguntó un cargador, su nombre era Seshem, un hombre ancho de hombros que llevaba una cuerda enrollada alrededor del torso y que lo había reconocido antes de que Hugo pudiera apartarse.
—Oh... ¿Como esta? No... Solo busco saber por qué hay tantas barcas que no se mueven —Hugo sostuvo la tablilla contra el pecho y miró hacia el agua, no hacia el hombre—. Y preferiría que no anunciéis mi nombre a toda la pasarela mientras lo averiguo.
Seshem soltó una respiración que pudo ser una risa breve y se limpió la frente con el antebrazo.
—No hace falta que yo lo anuncie; la mitad de los que trabajan aquí ya os han visto entrar. La otra mitad lo sabrá antes de que terminéis de cruzar ese puente. En el Oeste de la ciudad las noticias corren más rápido que las barcas, sobre todo cuando las barcas llevan una mañana como esta.
—Entonces ayudadme antes de que la noticia llegue demasiado lejos. ¿Qué se ha roto?
El cargador miró alrededor, quizá para asegurarse de que la pregunta no ocultaba una acusación.
—Nada grande. Ese es el problema. Una vara que hay que repetir, una tablilla que no coincide, un turno que cambió al amanecer, una cuerda nueva y una bendición que ahora alguien recuerda que faltaba. Si preguntáis a cada mesa, os dirán que su demora es pequeña; si preguntáis a quienes están en el agua desde antes de salir el sol, os dirán que llevan pequeñas demoras suficientes para perder el día.