El Siervo de los Faroles/vol I: Abkazir

Capítulo 7: La contabilidad de los dioses

Abkazir,
Palacio Supherti,
Estancia de tránsito del ala oriental,
Diez días después de la Casa de las Tres Sombras,

Diez días habían pasado desde el hallazgo de las Cartas sin Sello, y en Abkazir, aquellos días bastaban para que un rumor se volviera costumbre, para que una sospecha cambiara de dueño y para que un registro dejara de parecer mentira si era copiado por suficientes manos.

Hugo había aprendido eso con Pamenes.

La tinta no corría más rápido que la sangre, pero duraba más.

Fue entonces, que de forma repentina, llegó la orden de la Phaeron. No vino por mano de un pregonero, ni con guardias de gala, ni con sello abierto ante media corte. Sino que llegó con un simple muchacho del palacio, quien le dejó una tablilla envuelta en lino claro y se retiró sin pedir respuesta. La cita no era en la sala de audiencias, sino en una estancia de tránsito, estrecha y ventilada, situada entre dos corredores por donde pasaban sirvientes, mensajeros y soldados sin detenerse demasiado.

Aquella elección ya decía bastante.

Nephertary no quería que la ciudad supiera que estaba mirando hacia el Templo de Am-Ur.

Cuando su Siervo, invocado de la Laguna de los Faroles entró, Pamenes ya estaba allí, sentado con las manos sobre las rodillas, los ojos cansados y la espalda recta por puro orgullo. Sahruk permanecía de pie junto a una columna. Nephertary, por su parte, no ocupaba un trono. Estaba junto a una mesa baja, vestida con lino sobrio y un collar de oro que parecía más sello que adorno.

—No habrá acusación pública —dijo Nephertary, antes incluso de saludar—. No habrá una marcha de soldados hacia el templo, ni sacerdotes arrastrados por los patios. Quien busque espectáculo no servirá para esta tarea.

Hugo inclinó apenas la cabeza, sin entender a qué se refería la Phaeron con esa plabras.

—Disculpe, si la importuno, mi Phaeron... ¿Pero que es lo que espera que haga?

—Busco rastros, hace un tiempo descubrí que el templo está ocultando cosas, sobre todo con respecto a lo ocurrido con las cartas sin sello—respondió Nephertary—. Quiero pistas con respecto a lo que está sucediendo dentro del Templo. Huecos que no puedan cerrarse cuando los toquemos.

Pamenes extendió una mano y recibió el permiso de inspección. Lo leyó despacio, moviendo los labios precisamente. Hugo, por su parte, observó los signos, aunque no alcanzaba a comprenderlos todos; distinguía, sin embargo, ciertas palabras repetidas: balanzas, entradas, salidas, raciones, festividades, depósitos y medidas. Aún con todo, no aparecía el nombre de Merkhut....Tampoco aparecía la palabra conspiración. Y mucho menos, la palabra de robo.

—Está escrito como una revisión ordinaria —dijo Pamenes.

—Eso es —contestó Nephertary—. Si el templo no esconde nada, no tendrá motivo para resistirse. Si resiste, habrá dicho más que cualquier testigo.

Sahruk soltó una respiración breve, casi una risa sin humor.

—Los sacerdotes siempre encuentran motivo para sentirse ofendidos.

—Por eso no van a ir a ofenderlos —dijo Nephertary—. Van a contar sacos, pesar cestos, revisar cierres y hacer preguntas que parezcan pequeñas.

Fue en ese momento, cuando la Phaeron miró a su Siervo.

—Hay una palabra, Kharu... Una palabra que necesito que la encuentres

—¿Ofrenda? —preguntó Hugo, adelantándose de manera repentina, e impulsiva.

Nephertary negó con suavidad, signo que su Siervo de los Faroles, estaba cerca de esa palabra, más no de manera precisa. Sonrió por lo bajo, aquello le gustó, pero de manera inmediata oculto su expresión de agrado.

— Te adelantas, Pero estás casi cerca... La palabra que acabas de pronunciar es demasiado amplia. La palabra exacta que busco, es ofrendado.

Pamenes bajó la vista hacia el permiso como si acabara de encontrar una grieta que antes no estaba.

—En si, Kharu, se trata del asunto de una retirada de los registros comunes bajo protección ritual —murmuró.

—Una falta convertida en virtud —añadió Nephertary—. De lo contrario, no habrían podido sostenerlo tanto tiempo.

Hugo, en ese instante, entendió entonces el verdadero peligro. No iban a buscar grano desaparecido en un almacén cualquiera. Iban a entrar en un lugar donde una carga podía dejar de pertenecer a la ciudad con solo recibir una palabra sagrada encima.

—Entiendo... Sin embargo, si el faltante se vuele en devoción —dijo—, cualquiera que lo discuta parecerá enemigo de los dioses.

—Así pues, Kharu —dijo Nephertary—, no discutan con los dioses; discutan con las balanzas.

Hugo entendió la orden al instante. La Phaeron no les pedía desafiar al templo en el terreno sagrado, porque allí cada palabra podía convertirse en una blasfemia, provocación o espectáculo útil para sus enemigos. Les ordenaba llevar la disputa al único lugar donde los sacerdotes no podían esconderse detrás de himnos y fórmulas: el peso del grano, la medida de las ánforas, las pérdidas declaradas, las raciones entregadas y las cuentas asentadas.

No se trataba de preguntar si Am-Ur había recibido una ofrenda legítima, sino de comprobar cuántos sacos habían entrado al granero, cuántos figuraban como bendecidos, cuántos habían salido hacia los silos y cuántos, bajo la palabra ofrendado, habían desaparecido de la mesa pública sin alimentar a nadie. En otras palabras, Nephertary no quería una guerra contra los dioses; quería una investigación contra los hombres que usaban a los dioses como cubierta contable.

—Ahora vayan—Ordeno la Phaeron.

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Templo de Am-Ur,
Explanada exterior y acceso al Granero Mayor,
Una hora después,

El Templo de Am-Ur se levantaba sobre una plataforma de piedra lavada por siglos de crecidas. Desde lejos parecía un lugar de recogimiento, con sus columnas pintadas de azul, sus relieves de juncos, peces y vasijas derramando agua, y sus estanques poco profundos donde los fieles dejaban flores.




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