El Sigilo

Capitulo III

Allí estaba ella, frente al edificio que, según los registros policiales, figuraba como la dirección de la Sra. Clayton. Una anciana devota de la iglesia católica, algo nada extraño en una ciudad donde la mayoría de los habitantes lo eran. Viuda y sin hijos, su esposo le había dejado una considerable herencia, suficiente para vivir cómodamente el resto de sus días. Sin embargo, aquel lugar no parecía el sitio donde una mujer de esa posición económica pasaría sus últimos años.

El edificio era viejo y descuidado, con la pintura descascarada y las ventanas sucias. Se alzaba en una calle desolada de Georgetown, rodeado de silencio y sombras. Pero Eleonor no tenía tiempo para preguntarse por qué una mujer adinerada viviría en un lugar así. Su mente estaba ocupada con interrogantes más urgentes: ¿Por qué la Sra. Clayton aseguraba haber visto a Bianca saltar hacia la muerte? ¿A quién estaba encubriendo? ¿Sería ella una de los asesinos? Aunque, por su edad y contextura, le habría sido imposible arrojar a Bianca a las vías sola. ¿Quién más estaba involucrado?

Tantas preguntas, y todas clamaban por respuestas. Eleonor estaba decidida a encontrarlas.

Al entrar al edificio, la sala de la entrada parecía más abandonada que vacía. Las paredes estaban cubiertas de un papel tapiz descolorido, y algunas telarañas adornaban los rincones, como si el tiempo se hubiera detenido allí. Un ascensor oxidado tenía un cartel torcido que decía "Fuera de servicio", pero eso no representaba un problema: la anciana vivía en el segundo piso, y las escaleras, aunque empolvadas, no eran un obstáculo para Eleonor.

Al llegar frente a la puerta del apartamento, tocó con firmeza, esperando que aquella anciana acicalada le abriera. Pero no hubo respuesta. Intentó de nuevo, esta vez con más fuerza, pero solo el eco de sus golpes resonó en el pasillo vacío.Tomó el pomo de la puerta y lo giró. La puerta cedió con un gemido metálico que pareció retumbar en todo el pasillo. Eleonor desenfundó su arma por precaución y entró lentamente, sintiendo cómo un escalofrío recorría su cuerpo y el pulso martilleando en sus oídos.

El interior del apartamento era un caos. El aire que escapaba no era el de un hogar común; era una corriente gélida que olía a encierro y a algo metálico, punzante. Las botellas de alcohol vacías yacían tiradas por el suelo, junto a ropa desordenada y ceniceros rebosantes de colillas de cigarrillos. En una esquina, un viejo piano de cola, cubierto de polvo, parecía haber sido abandonado hace años. Pero lo que más llamó su atención fue el chal que la Sra. Clayton había llevado aquella noche en la estación: estaba tirado en el suelo, manchado de sangre.

La sangre no se limitaba al chal. Manchas oscuras y pegajosas se extendían por el suelo, formando pequeños charcos coagulados que brillaban bajo la tenue luz que entraba por las ventanas sucias, Las paredes estaban salpicadas de un rojo oscuro y seco, como si alguien hubiera intentado limpiar apresuradamente. Eleonor sintió que el aire se volvía más pesado, más denso. El olor a hierro era abrumador, mezclado con un tufo rancio y dulzón que le revolvió el estómago. Era el olor de la muerte.

—¿Señora Clayton? —llamó, aunque sabía que no obtendría respuesta.

Su instinto le decía que algo había salido terriblemente mal. Con manos temblorosas, pero firmes, sacó su teléfono y marcó el número de sus compañeros.

—Necesito refuerzos en la dirección de la Sra. Clayton. Alerta de búsqueda inmediata. Algo ha pasado aquí, y no es nada bueno.

Mientras esperaba, Eleonor recorrió el apartamento con la mirada, tratando de encajar las piezas del rompecabezas. ¿Qué había sucedido en ese lugar? ¿Dónde estaba la anciana? Y, lo más importante, ¿quién había estado allí antes que ella? . Sin duda, era el apartamento de la Sra. Clayton. A pesar del caos y la sangre, había rastros de su vida pasada: fotos de su juventud, de su boda y con su esposo, donde parecían una pareja feliz y llena de sueños. En una de las imágenes, descolorida y cubierta de polvo, se veía a la Sra. Clayton junto a un grupo de personas en lo que parecía ser un campamento religioso. Monjas con hábitos tradicionales sonreían a la cámara, y la Sra. Clayton, mucho más joven, estaba en el centro, con una expresión serena.

Pero, ¿dónde estaba esa anciana ahora? ¿La habían asesinado? ¿O habría logrado escapar de lo que la escena sugería como una lucha salvaje? La cantidad de sangre derramada era tal que, quienquiera que la hubiera perdido, difícilmente seguiría con vida.

Eleonor observó detenidamente el lugar mientras los técnicos forenses comenzaban a llegar. Con trajes blancos y guantes de látex, empezaron a recoger evidencias: muestras de sangre, huellas dactilares, fotografías del desorden y cualquier objeto que pudiera ser relevante. Uno de ellos pasó frente a Eleonor con una bolsa de plástico que contenía el chal manchado de sangre.

En su mente sabía que este caso no era lo que parecía. La Sra. Clayton, Bianca, el sigilo de Lucifer... Todo estaba conectado, pero las piezas aún no encajaban.




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