Pasado un poco más de 20 horas de haber encontrado el cuerpo de Bianca, Eleonor Dupont estaba de regreso en la estación de policía. Sentada en su escritorio, rodeada de una pila de expedientes desordenados, intentaba mantenerse enfocada. Tenía dos casos por resolver, y ambos eran más retorcidos de lo que había imaginado.
La oficina era un reflejo de su estado mental: papeles esparcidos por todas partes, tazas de café vacías apiladas en un rincón. El cansancio se notaba en sus ojos, rodeados de sombras oscuras, y en la forma en que se frotaba las sienes cada vez que la presión aumentaba.
De repente, uno de los oficiales se acercó a su escritorio.
—Detective Dupont, los padres de Bianca Roswell están aquí. Estamos listos para tomar sus declaraciones.
Eleonor asintió con un suspiro, levantándose lentamente de su silla. Sabía que esta sería una conversación difícil. Los padres de Bianca no solo estaban destrozados por la pérdida de su hija, sino que también tendrían que enfrentarse a la cruda realidad de que su muerte no había sido un suicidio.
Mientras caminaba hacia la sala de interrogatorios, Eleonor no pudo evitar sentir el peso de los dos casos sobre sus hombros. Por un lado, Bianca, una joven de una familia prominente, asesinada y arrojada a las vías del tren. Por el otro, la desaparición de la Sra. Clayton, cuya vida aparentemente tranquila escondía secretos oscuros.
Eleonor observó a los esposos Roswell a través del vidrio de la sala de interrogatorios antes de entrar. La señora Cristina Roswell, una mujer de impecable presencia, era el epítome de las esposas perfectas que aparecen en las revistas: elegante, compuesta y siempre preocupada por mantener las apariencias. Sin embargo, en ese momento, su rostro estaba deshecho en lágrimas, y sus manos temblaban mientras sostenía un pañuelo.
Al lado de ella, el señor Richard Roswell era todo lo contrario. Un hombre de severo carácter, con un rostro inexpresivo que parecía tallado en piedra. Sus ojos fríos y su postura rígida transmitían una autoridad inquebrantable, como si una sonrisa jamás hubiera cruzado su rostro.
Eleonor respiró hondo y entró en la sala. En el momento en que cruzó la puerta, el señor Roswell se levantó de su silla con un movimiento brusco y exclamó, alzando la voz:
—Detective, ¿cuándo piensan entregarnos el cuerpo de nuestra hija para darle cristiana sepultura? No entiendo por qué nos hacen esperar tanto. Exijo respuestas inmediatas, o tendrá que vérselas con nuestros abogados.
Eleonor mantuvo la calma, aunque su voz tenía un tono firme:
—Señor Roswell, el caso de su hija ha dado un giro inesperado. No se trata de un suicidio, como pensábamos inicialmente. A su hija la asesinaron, y luego intentaron encubrir el crimen.
Al escuchar esto, la señora Roswell rompió en llanto, cubriéndose el rostro con las manos.
—Sabía que mi hija nunca iría contra los preceptos de Dios —dijo entre sollozos—. Sabía que no era capaz de suicidarse.
El señor Roswell, sin embargo, no mostró emoción alguna. Su voz era fría y autoritaria:
—¿Y qué está haciendo usted para atrapar al culpable, detective? Exijo justicia inmediata.
Eleonor asintió, manteniendo la compostura.
—Estamos haciendo todo lo que está en nuestras manos, señor Roswell. Además, lamento informarles que Bianca estaba embarazada al momento de ser asesinada. ¿Ustedes tenían conocimiento de esto? Necesito que me digan todo lo que saben. ¿Quién querría hacerle daño a su hija?
El rostro del señor Roswell se congeló por un instante al escuchar la noticia. Luego, su expresión se endureció aún más.
—¿Embarazada? No puede ser. Manchar el nombre de nuestra familia trayendo en su vientre un hijo bastardo... —dijo con desprecio—. Espero que mantenga esta información en secreto, detective. No quiero darle más a la gente de qué hablar. No permitiré que sigan ensuciando nuestro apellido.
Sin esperar una respuesta, el señor Roswell abandonó la sala, dejando atrás a su esposa, quien seguía llorando desconsoladamente.
Eleonor sintió una oleada de frustración y tristeza al ver cómo el hombre priorizaba su reputación sobre el dolor de su propia familia. Por un momento, recordó su propia infancia: el amor que recibió de su padre adoptivo, William, en contraste con el abandono y el maltrato que sufrió a manos de sus padres biológicos. Esa memoria la impulsó a seguir adelante, y buscar justicia para Bianca.
Se acercó a la señora Roswell, quien seguía sollozando, y se sentó frente a ella.
—Señora Roswell, necesito que se calme y me diga todo lo que pudo haber notado en Bianca. Cualquier detalle, por pequeño que sea, puede sernos de gran ayuda —dijo con un tono suave pero firme, tratando de consolarla.
La señora Roswell levantó la vista, sus ojos llenos de lágrimas.
—Dios, ¡perdóname! —exclamó—. Yo sí sabía que mi hija estaba embarazada. Quería ayudarla a resolver esa situación sin que nadie supiera nada. Le dije que podía pasar el embarazo en el convento que se encuentra afuera de la ciudad. El padre Mauricio nos ayudaría a dar el niño en adopción. Así, nadie sabría nada... ni siquiera mi marido. Diríamos que había ido a un curso en otra ciudad y haríamos como si nada hubiera pasado.
Eleonor asintió, tratando de mantenerse profesional, aunque el desprecio que sentía por la hipocresía de la familia Roswell era difícil de ocultar.
—¿Sabe usted quién es el padre del bebé? —preguntó, manteniendo la calma.
—No, no lo sé —respondió la señora Roswell, sollozando con más intensidad—. Dios, ¡perdóname!
Eleonor sintió que la paciencia se le agotaba. Con un movimiento brusco, golpeó la mesa con la palma de la mano, El estruendo resonó como un disparo en la pequeña sala. El llanto de Cristina se cortó en seco, dejando al descubierto un rostro desencajado por el terror.
—¡Cálmese! —dijo, perdiendo por un momento el control—. Y termine de decirme lo que sabe.
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Editado: 18.01.2026