El restaurante era un refugio de tranquilidad en medio del caos de la ciudad. Con sus enormes columnas romanas, techos abovedados que apaciguaban el ruido exterior y una iluminación tenue que creaba un ambiente íntimo, el lugar parecía sacado de otra época. El suave sonido de un violinista se mezclaba con los murmullos de las conversaciones de los comensales, creando una atmósfera serena que invitaba a olvidar el estrés de las calles del centro.
Era el mismo restaurante que Eleonor solía frecuentar con su padre antes de su muerte. La comida italiana era su favorita, y cada vez que entraba allí, los recuerdos de aquellas cenas juntos la envolvían como un abrazo cálido. Ahora, sentada frente a Colin en una mesa adornada con platos de pasta con salsa, una botella de vino y una canasta de canapés, Eleonor sentía que, por un momento, el mundo exterior se desvanecía.
Compartían anécdotas y aventuras del pasado. Era como si nada más existiera: ni los casos sin resolver, ni las tensiones del trabajo, ni las sombras que siempre parecen perseguirla. Para ella, esos momentos eran efímeros, pero también necesarios. Rara vez permitía que alguien se acercara tanto, pero con Colin era diferente. Él era la persona más cercana que tenía, su relación era una mezcla de intimidad y distancia. Eleonor había aprendido a lidiar con los sentimientos manteniéndolos bajo control, escondiéndose detrás de su carácter serio e indiferente.
No era fácil para ella confiar en alguien. Su infancia había estado marcada por el abandono y el maltrato. Después de que sus padres biológicos murieran, la dejaron en casas de acogida temporales, y le había tocado aprender a sobrevivir sola. En aquellos lugares, donde el amor y la protección eran conceptos ajenos, había sido maltratada y menospreciada. Siempre terminaba escapando, buscando un refugio que nunca encontraba.
Hasta que conoció a William, su padre adoptivo. Con él, por primera vez, Eleonor sintió lo que era tener un hogar, ser amada y protegida. Pero su muerte había dejado un vacío que nadie más había logrado llenar.
Excepto, tal vez, Colin.
Él la observaba con una mirada que iba más allá de la amistad. Sus ojos expresivos, reflejaban una mezcla de admiración y preocupación. Sabía lo difícil que era para Eleonor abrirse, lo mucho que le costaba confiar en alguien. Pero también sabía que, detrás de esa fachada de seriedad, había una mujer que merecía sentirse amada y cuidada.
—Sabes, Elie —dijo Colin, jugueteando con su copa de vino—, no siempre tienes que cargar con todo tú sola. A veces está bien dejar que alguien más te ayude a llevar el peso.
Ella lo miró, sintiendo cómo sus palabras resonaban en lo más profundo de su ser. Sabía que no solo hablaba del trabajo. Era una invitación a bajar la guardia, a permitir que alguien se acercara de verdad.
—Es más fácil decirlo que hacerlo —respondió, con un tono más suave de lo habitual—. Pero gracias, Colin. Por estar aquí.
Él sonrió, y por un momento, ella sintió que tal vez, solo tal vez, podía permitirse ser vulnerable, al menos por un rato.
El momento de tranquilidad fue interrumpido por un joven camarero que se acercó a la mesa.
—¿Desean algo más? —preguntó, sosteniendo una bandeja vacía.
—Por ahora no, gracias —respondió Colin, recobrando la compostura, apenas el camarero se alejó. Eleonor terminó de beber su copa de vino y, con un gesto decidido, miró a Colin.
—Bueno —dijo, y su voz recuperó ese filo profesional que usaba como armadura—, ahora a lo que vinimos. Cuéntame todo lo que has averiguado.
Colin la miró con una sonrisa burlona, mientras llenaba de nuevo ambas copas.
—Siempre sabes cómo transformar cualquier situación en trabajo —dijo, sacando unas carpetas de su maletín y colocándolas sobre la mesa.
—Es parte de mi encanto —respondió, tomando la copa que Colin le ofrecía.
Colin abrió una de las carpetas y comenzó a explicar:
—El sigilo de Lucifer no es la primera vez que aparece en esta ciudad. Hace varios años, un hombre acaudalado construyó una gran mansión cerca de Georgetown. Se decía que este hombre era el líder de un culto satánico llamado La Orden, y el sigilo era el símbolo que representaba a los miembros de su secta.
Eleonor asintió, recordando algo que había leído en uno de los libros de su padre.
—Sí, tengo entendido que fueron expulsados de Georgetown por la iglesia. El líder y sus miembros fueron llevados a la horca.
Exacto —confirmó Colin, deslizándole un recorte de periódico amarillento—. El líder y sus miembros fueron llevados a la horca en la plaza central. Entre las prácticas que realizaban estaba el sacrificio humano. Acostumbraban a que el líder embarazara a una de las mujeres del grupo, y luego sacrificaban al niño cuando nacía.
Ella frunció el ceño, conectando los puntos.
—Así evitaban llamar la atención y no tenían que buscar víctimas entre la gente de la ciudad.
Colin asintió, señalando otro documento.
—Pero eso no es todo. Después de que llevaron a la horca al líder y a sus miembros, la iglesia se apoderó de la mansión y la convirtió en un convento. Ha funcionado en las afueras de la ciudad desde entonces.
—Ese es el convento donde la señora Roswell quería mandar a Bianca para ocultar su embarazo. Dijo que el padre Mauricio la ayudaría. Él debe ser el encargado del convento.
Él revolvió unos papeles más antes de sacar una foto.
—Estás en lo cierto, Elie. El padre Mauricio no solo es el encargado del convento, sino también el sacerdote de la iglesia principal de la ciudad. Mira, aquí hay una foto del convento donde aparece él junto a las monjas.
Eleonor la observó con atención.
—La señora Clayton tenía una foto similar en su apartamento. recuerdo haberla visto.
—No me sorprende —dijo Colin—. El lugar es muy popular entre los católicos. Las monjas organizan retiros espirituales y, en verano, campamentos para los jóvenes de la iglesia. El padre Mauricio es el guía espiritual de muchas familias de Georgetown. Tiene una reputación de ser un hombre sabio y bondadoso.
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Editado: 18.01.2026