Eleonor estacionó su auto frente a la imponente iglesia gótica de Georgetown, un coloso de piedra que se alzaba contra el cielo gris, aún cargado de nubes después de la tormenta. Los charcos de lluvia que cubrían el pavimento reflejaban la fachada de la iglesia, las torres puntiagudas se elevaban hacia el cielo, como si intentaran perforar las nubes, y los vitrales oscuros parecían observar todo con una mirada silenciosa y vigilante.
La gran puerta de madera tallada, parecía más una entrada a otro mundo que a un lugar de culto. Con un suspiro, salió del auto, ajustándose el abrigo contra el frío que aún persistía en el aire, mientras se acercaba a la iglesia, fue sintiendo cómo la grandeza del lugar la hacía sentirse pequeña. Sabía que dentro de esas paredes de piedra se escondían respuestas, y estaba decidida a encontrarlas, sin importar cuán oscuras fueran.
Al entrar, el aire era fresco y pesado, cargado con el aroma a incienso y cera de velas. La luz filtrada a través de los altos vitrales pintaba el interior de colores. El sonido de sus pasos resonó en el silencio, mezclándose con los murmullos de unas pocas personas que oraban en los bancos. Algunas inclinaban la cabeza en silencio, mientras otras susurraban plegarias con devoción. Eleonor avanzó por el pasillo central, sintiendo cómo la solemnidad del lugar la envolvía, aunque no de la manera en que lo haría con un creyente.
Para ella, la iglesia era un lugar de preguntas sin respuestas, de promesas incumplidas. Recordó su infancia, cuando tenía apenas siete años y sus padres murieron en un accidente relacionado con las drogas. Aquel día, su mundo se derrumbó, y quedó atrapada en un sistema de casas de acogida temporales.
Durante esos años, Eleonor aprendió a sobrevivir sola. Se escondía en su cuarto, acurrucada en un rincón, mientras los gritos y las peleas de otros niños y cuidadores resonaban en los pasillos. En las noches más oscuras, cerraba los ojos y rezaba en vano, pidiendo un milagro que nunca llegó. "Por favor, Dios, haz que esto termine", susurraba, con lágrimas rodando por sus mejillas. Pero las respuestas nunca llegaban.
Pasaron cinco años antes de que supiera lo que era un hogar. Cinco años de miedo, soledad y desesperanza. Fue a los doce años que un hombre bueno y generoso, la rescató de aquel infierno. Pero para entonces, ya era demasiado tarde. La fe que alguna vez tuvo en un Dios bondadoso se había desvanecido,"Si existiera, no habría permitido que una niña sufriera tanto", pensó Eleonor, mientras observaba las estatuas de santos y ángeles que parecían mirarla desde las alturas. Sus rostros tallados en piedra, serenos y compasivos, le resultaban vacíos, como si fueran solo un recordatorio de promesas rotas.
Su reflexión fue interrumpida por la figura del padre Mauricio, que emergió de las sombras cerca del altar. Era un hombre alto, de rostro afilado y ojos penetrantes. Su sotana negra contrastaba con la blancura de su cuello clerical, y en su pecho colgaba un crucifijo negro que llamó la atención de Eleonor de inmediato.
El padre Mauricio se acercó con paso lento y deliberado, como si cada movimiento fuera parte de un ritual. Su voz, era suave pero firme, como si estuviera acostumbrado a ser escuchado.
—Bienvenida, hija mía —dijo, citando un versículo de la Biblia—. "Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar".
Eleonor lo miró con una mezcla de curiosidad y cautela. Sabía que el padre Mauricio no era lo que aparentaba, pero su presencia era innegablemente imponente.
—Padre Mauricio, gracias por recibirme—respondió, manteniendo un tono profesional—. Necesito hacerle algunas preguntas sobre Bianca Roswell.
—Por supuesto, detective. La casa del Señor está siempre abierta para aquellos que buscan la verdad —respondió él, guiándola hacia un banco cercano con un gesto amable, aunque su sonrisa tenía un aire de superioridad—. Bianca era una joven muy querida en nuestra comunidad. Su pérdida ha sido un golpe duro para todos. Como dice el Salmo 34:18, *"Cercano está el Señor a los quebrantados de corazón, y salva a los contritos de espíritu"*. Además Bianca tenía un talento especial para la música. Tocaba el piano con tanta pasión que parecía que las notas mismas hablaban de su fe.
Eleonor asintió, observándolo cuidadosamente mientras hablaba. Notó cómo sus palabras sonaban medidas, casi ensayadas, como si hubiera preparado cada frase con anticipación.
—Tengo entendido que usted sabía que estaba embarazada. ¿Qué me puede decir sobre eso?
El padre Mauricio hizo una pausa, como si estuviera eligiendo sus palabras con cuidado.
—Sí, lo sabía. Bianca y su madre vinieron a mí en busca de guía. La pobre estaba asustada, confundida. Le ofrecí refugio en nuestro convento, donde podría encontrar paz y apoyo espiritual.
-Y el convento... ¿es un lugar donde las almas perdidas encuentran la fe?
—Así es. El convento es un refugio para aquellos que buscan un nuevo comienzo. Allí, las almas rotas encuentran consuelo y las mentes confundidas hallan claridad. Como dice Juan 8:12, *"Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida"*. Dijo sonriendo, y esta vez su expresión tenía un brillo casi triunfal.
Eleonor sintió cómo una ola de indignación crecía dentro de ella. El tono calmado y casi triunfal del sacerdote le resultaba insoportable. Sabía demasiado bien lo que realmente ocurría en ese convento: un lugar donde jóvenes como Bianca eran enviadas contra su voluntad para ocultar embarazos no deseados, donde sus bebés eran arrebatados al nacer y entregados en adopción bajo el disfraz de "caridad".
—Un nuevo comienzo, dice — conteniendo el tono acusador que quería imprimir en sus palabras—. ¿Y qué pasa con los bebés, padre? ¿También encuentran un nuevo comienzo?
El padre Mauricio mantuvo la sonrisa, pero sus ojos se endurecieron levemente, como si estuviera midiendo cuánto sabía ella.