El Sigilo

Capitulo IX

Eleonor cerró la puerta tras de sí con un suspiro, dejando caer las llaves en el plato de cerámica junto a la entrada. Una pesada quietud inundaba el lugar. Su apartamento era un reflejo de ella: ordenado en la superficie, pero con grietas de caos apenas disimuladas. Las paredes, pintadas en un tono gris neutro, Las estanterías de roble oscuro - las mismas que su padre había instalado con sus propias manos - albergaban filas perfectas de libros encuadernados en piel: tratados de medicina forense, clásicos de Dostoyevski, Poe, y esos volúmenes de criminología que solían leer juntos los domingos por la tarde. Al pasar los dedos por los lomos desgastados, Eleonor podía casi oír su voz: "La evidencia nunca miente, Elie. Pero los hombres sí."

Un sofá de cuero ocupaba el centro de la sala, frente a una mesa de madera con mapas y fotografías del caso esparcidos como piezas de un rompecabezas. La cocina, pequeña y funcional, tenía solo lo esencial: un microondas, una cafetera Y las dos tazas... siempre las dos tazas. La intacta para las visitas ocasionales de Colin y La taza agrietada en la cocina era otro relicario, Aquella vieja taza de porcelana azul con el logo de la universidad donde William daba clases - la que él usaba para su café cargado cada mañana - seguía en el armario a pesar de los años y la grieta que serpenteaba desde el borde hasta el fondo. Colin le había insistido mil veces en tirarla. "Es un peligro", decía. Pero cómo explicarle que ese defecto era precisamente lo que la hacía invaluable? La grieta se había formado el día que William la sorprendió a los 15 años intentando prepararle el desayuno por primera vez. El sonido de su risa cuando la taza se quebró al chocar con el fregadero aún resonaba en su memoria.Cuánto necesitaba ahora su sabiduría y esos consejos que siempre llegaban en el momento preciso. William habría sabido qué hacer con el caso, Y sobre todo, habría entendido su tormento interno con Colin sin necesidad de palabras.

Eleonor se desabotonó la chaqueta y la dejó caer sobre el respaldo del sofá, luego se dirigió a la cocina. Abrió el armario de los licores—y se sirvió una copa generosa de vino tinto. El primer trago le quemó la garganta, pero el calor que se expandió por su pecho fue un alivio momentáneo.

Se dejó caer en el sofá, el techo, blanco y liso, se convirtió en su confidente mientras repasaba mentalmente el día: Clayton, Bianca y Lucas, La iglesia. El padre Mauricio y esos ojos, vacíos como los de un tiburón, que la habían dejado paralizada, como si algo primitivo en su cerebro le advirtiera que estaba frente a un depredador. La forma de su sonrisa era como si algo inhumano habitara detrás de su máscara de sacerdote.

El laboratorio. Colin riendo con esa chica. El dolor físico que le había producido verlo sonriendo con esa mujer, El puñal de celos que le atravesó el pecho, seguido de la rabia hacia sí misma por sentir algo tan absurdo. "No tienes derecho a reclamarlo". "No es tuyo", se repitió, sabiendo que la verdad de esas palabras le quemaba más que el alcohol.

El vino le ardía en la garganta, pero no tanto como la vergüenza que sentía por su propia debilidad, -se regañó mentalmente. La sola idea de que él pudiera descifrar lo que sentía la hacía estremecerse. Había sobrevivido a las calles, a orfanatos y a asesinos, pero la simple idea de perderlo a él, lo más cercano a un hogar que le quedaba, de ver cómo su mirada se dirigía a otra persona con esa intensidad... Eso sí que la aterrorizaba.Y sin embargo, seguía ahí, en su sofá, bebiendo sin tener el valor de admitir - ni siquiera en la intimidad de sus pensamientos -Que lo quería y que lo necesitaba . Que sin él, mantenerse firme tras la máscara de la detective imperturbable se le hacía insoportablemente pesado.

El vino le nublaba lentamente los pensamientos. Apoyó la copa en la mesa y se frotó los ojos, sintiendo el peso del agotamiento en cada músculo. No había comido nada decente en horas, pero ni siquiera tenía energía para calentar algo.

Su teléfono vibró en el bolsillo. Un mensaje de Colin:

"¿Encontraste algo más sobre Lucas?"

Eleonor miró la pantalla con los párpados pesados sus dedos flotaron por el teclado. Quería responderle, pedirle que viniera, y confesarle lo asustada que estaba.”Ven, te necesito”.Pero el miedo a ser rechazada o, peor aún, a ser vista como una débil, le hizo borrar el mensaje, en lugar de eso escribió:

"Nada aún. Mañana sigo."

Dejó caer el teléfono sobre la alfombra. El silencio volvió a apoderarse de la habitación."No puedo detenerme ahora", murmuró para sí misma, aunque su cuerpo ya no respondía. Los párpados le pesaban como plomos, y se hundió en el sofá, sin darse cuenta, el vaso de vino a medio tomar quedó abandonado en la mesa, sus notas del caso se mezclaban con el sueño en su mente, y Eleonor Dupont, la detective más temida de Georgetown.se rindió al agotamiento.

Durmió.

Eleonor abrió los ojos... o al menos creyó que los había abierto.Su cuerpo no respondía, inmóvil sobre el sofá, como si algo lo hubiera clavado allí. La mente despierta, alerta, pero sus músculos se negaban a obedecer.

Y entonces los vio: ojos..., brillando en la oscuridad..fijos en ella, observando, esperando.

Una figura negra se deslizó desde el rincón. Se arrastró sobre el suelo, retorciéndose hacia ella. Eleonor intentó gritar, pero su voz no existía. Intentó moverse, pero estaba petrificada. La figura se alzó, formando una silueta alta, delgada, con extremidades que se doblaban en ángulos imposibles y se inclinó sobre ella.

Un frío glacial la atravesó, escuchó murmullos, voces susurrantes de palabras inentendibles, como si docenas de personas hablaran al mismo tiempo.

Y entonces...estalló una risa. Aguda, rasposa, que le erizó la piel. Al fondo de la habitación, entre las sombras, distinguió a la señora Clayton. No era la anciana frágil de la estación de tren. Esta versión tenía los labios estirados en una sonrisa que le partía el rostro hasta las orejas mostrando una hilera de dientes afilados, y ojos saltones que reflejaban locura.




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