El Sigilo

Capitulo XI

Eleonor cruzó el umbral de la iglesia mientras el agua helada se escurría por su ropa, formando charcos a sus pies que resonaban en el silencio. Afuera, la lluvia azotaba los vitrales con violencia, y los destellos de los relámpagos proyectaban en el interior luces fugaces que transformaban los rostros de los santos en muecas grotescas. El aire, denso por el olor a cera derretida y la humedad de siglos acumulada, le quemaba los pulmones con cada respiración entrecortada.

De entre las sombras emergió una monja de apariencia serena. Sus manos pálidas, casi translúcidas, se entrelazaron con delicadeza sobre el negro azabache de su hábito.

—Pobre niña —susurró la monja con una dulzura estudiada mientras observaba a Eleonor de arriba abajo—. Está usted helada.

—Necesito ver al padre Mauricio. Ahora —la voz de Eleonor sonó más firme de lo que se sentía, aunque un escalofrío incontrolable quebró sus últimas palabras.

Una sonrisa se dibujó en los labios pálidos de la monja, revelando una dentadura demasiado perfecta para ser humana.

—Como desee —respondió con un susurro, mientras se giraba—. Sígame, por favor.

La nave de la iglesia cobró vida a su alrededor. Las velas parpadeaban como luciérnagas moribundas, proyectando reflejos hipnóticos sobre las esculturas de santos cuyos rostros parecían torcidos en el juego de luces y sombras. Eleonor sintió la mirada de la Virgen siguiéndola, pesada como si la juzgara, mientras recorría el pasillo central.

Al llegar a la puerta tallada de la oficina, la monja llamó con tres golpes precisos. Al no obtener respuesta, abrió la puerta para revelar un espacio vacío impregnado del aroma a incienso rancio y tabaco añejo.

—Por favor, siéntese —indicó la monja, señalando una silla frente al imponente escritorio de roble—. Él no tardará.

Antes de que Eleonor pudiera responder, la figura de negro se desvaneció tras ella, solo quedo el sonido de sus pasos perdiendose en el corredor. Los minutos siguientes transcurrieron en un silencio tan espeso que podía oír el crujido de la cera al gotear sobre los candelabros.

El despacho exhalaba un aroma a cuero envejecido y polvo . Las paredes se perdían tras estantes abarrotados de libros con lomos desgastados, y con títulos dorados desvanecidos por el tiempo. En la pared, una inquietante figura del Sagrado Corazón destacaba con su pintura roja brillante, tan vívida que las gotas esculpidas parecían palpitar bajo la luz de las velas. El imponente escritorio de roble, tallado con ángeles y demonios entrelazados, ocupaba el centro del lugar

La puerta se abrió sin ruido. La monja reapareció portando una bandeja de plata oxidada donde humeaba una taza de porcelana fina.

—Beba, hija —insistió con voz demasiado dulce, extendiendo la taza hacia Eleonor—. El té de hierbas calmará sus nervios.

Eleonor rechazó el ofrecimiento con un gesto seco:

—No lo necesito.

Sus manos, traicioneras, temblaban contra su voluntad.

—Solo requiero hablar con el padre Mauricio. Ahora.

La monja apretó los labios en una mueca de falsa compasión

—Como dice el Evangelio... —sus dedos huesudos acariciaron el rosario que colgaba de su cintura—. "El que rechaza la caridad, ciega su propio camino". No llamaré al padre hasta que acepte nuestra hospitalidad.

Eleonor bebió dos sorbos rápidos, sintiendo cómo el líquido caliente quemaba su garganta con una mezcla de menta refrescante y hierbas amargas que le dejaron la lengua entumecida. El calor momentáneo que le proporcionó fue engañosamente reconfortante. En cuanto la monja cruzó la puerta, dejó la taza sobre el escritorio con un golpe seco que resonó en la habitación vacía. No podía esperar ni un segundo más; la urgencia la consumía por dentro como un fuego.

Con movimientos frenéticos, abrió los cajones del escritorio, levantando nubes de polvo. Sus dedos revolvieron entre documentos y papeles amarillentos sin importancia, mientras el reloj en su mente marcaba cada segundo con desesperación. El padre Mauricio podía aparecer en cualquier momento.

Al forzar un cajón especialmente resistente, sintió la vibración de su teléfono en el bolsillo del abrigo. Lo ignoró sin dudar. No había tiempo para distracciones.

El falso fondo del cajón cedió con un crack inquietantemente fuerte, revelando un libro encuadernado en piel roja tan brillante que parecía teñido con sangre. El Sigilo dorado en su portada centelleó bajo la luz de las velas como si estuviera vivo. Al abrirlo, las páginas crujieron , exponiendo ilustraciones grotescas de rituales prohibidos y figuras humanas desnudas, sus pieles adornadas con el símbolo maldito repetido una y otra vez.

Sus manos temblaron tan violentamente que el libro se le resbaló de los dedos. Al chocar contra el suelo, una fotografía se deslizó desde entre sus páginas como un secreto que ya no podía ser contenido. Eleonor la recogió con dedos que apenas reconocía como propios, entumecidos por el frío y la adrenalina..

La fotografía la golpeó con la fuerza de una descarga eléctrica. Eleonor contuvo el aire, y sus pupilas se dilataron ante la imagen imposible, sintió que el tiempo se detenía mientras sostenía la prueba de una traición inimaginable. La mujer en la imagen, vestida con una túnica negra con el Sigilo bordado en hilos dorados que brillaban. Pero lo peor—lo inconcebible—era lo que sostenía en sus manos: un cuchillo curvo sobre lo que, sin lugar a dudas, era el pequeño cuerpo inerte de un niño sobre un altar de mármol manchado... Su rostro, antes marcado por el dolor, ahora mostraba una sonrisa de éxtasis perverso. Junto a ella, el padre Mauricio alzaba un cáliz hacia la cámara como en un brindis macabro.

Eleonor sintió que el suelo se inclinaba bajo sus pies. ¿Cómo no lo había visto antes? Las lágrimas, sus sollozos desgarradores... ¿Todo había sido una actuación? El horror le recorrió el cuerpo como veneno.

De repente el mundo comenzó a desvanecerse en cámara lenta. El suelo se movió bajo sus pies como la cubierta de un barco; las paredes respiraron, expandiéndose y contrayéndose como si la iglesia entera fuera un organismo vivo. Un ardor le recorrió las venas, como si le hubieran inyectado metal fundido en lugar de sangre.




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