El Sigilo

Capitulo XII

El sedán negro de Colin derrapó sobre el camino de grava. mientras la tormenta rugía a su alrededor, la lluvia azotaba el parabrisas con furia como si la naturaleza misma conspirara para retrasarlo. Apretó el volante con tanta fuerza que sus nudillos palidecieron.

"Eleonor, por el amor de Dios, contesta..." murmuró al ver que su último mensaje seguía sin leer. La luz fría del teléfono iluminó su rostro surcado por la fatiga y la preocupación. Sin pensarlo su mano buscó el bolsillo del pecho donde guardaba la fotografía que siempre llevaba consigo. Los bordes estaban gastados por el roce constante de sus dedos. No necesitaba mirarla, cada detalle estaba grabado en su memoria: Eleonor, William y él, congelados en un atardecer en el porche de la casa. La sonrisa de ella -esa sonrisa que iluminaba hasta el rincón más oscuro del laboratorio- , sosteniendo la taza de café azul que ahora estaba en su apartamento como una reliquia sagrada.

“Mejor esto que nada", se repitió por enésima vez

El pensamiento le golpeó con la crudeza de siempre. Aún podía verla en el laboratorio -con la mandíbula apretada y los brazos cruzados-, rechazando su ayuda con esa mirada que convertía el aire en hielo. Como si él fuera parte del problema.

Colin respiró hondo. Sabía el precio de callar, pero el silencio le daba algo que la verdad podía arrebatarle: el derecho a quedarse a su lado. A seguir viendo cómo su pelo se enredaba cuando se pasaba las manos por la cabeza, frustrada. A escuchar esos raros momentos en que su risa -auténtica, la de antes- brotaba como cuando William vivía, llenando por un instante ese vacío que los separaba.

"Si le digo lo que siento, la perderé para siempre."

El GPS lo arrancó bruscamente a la realidad: "En 500 metros, llegará a su destino".

Colin apagó los faros y redujo la velocidad hasta casi detenerse. La lluvia golpeaba el techo del auto como tambores anunciando su llegada..

Ante él, la mansión Roswell emergió entre los robles , Tres pisos de mármol se alzaban bajo el cielo tormentoso sus ventanas francesas devolviendo cada relámpago como advertencias luminosas. Había algo inquietantemente estático en su esplendor, como un cadáver maquillado para su funeral.Colin abrió la puerta del auto y la lluvia lo recibió con un golpe frío.

Estaba a punto de avanzar cuando el recuerdo lo atravesó como una bala:

"¿Nunca piensas en el peligro?" Le había gritado dos años atrás, cuando la vio salir tambaleándose de un almacén abandonado. La sangre de Eleonor teñía su camisa blanca de rojo oscuro. Eleonor se había encogido de hombros con esa terquedad que tanto lo exasperaba. "Tú eres el forense", había replicado ella mientras él le vendaba el costado con tiras de su propia ropa. "Yo soy la que dispara primero."

Como si con eso bastara para justificar jugarse la vida. Al día siguiente, un estuche negro aguardaba en su escritorio. Dentro, una Glock 19 impecable y una nota: "Por si decides dejar de ser espectador. - E".

Regresó al auto de un salto. Sus dedos -ahora diestros- encontraron el arma en la guantera. el metal ya no le resultaba ajeno como aquel primer día. Al alzar la vista, un escalofrío le recorrió la espalda cada detalle gritaba riqueza: desde los candelabros de bronce junto a la entrada hasta los sensores de seguridad casi invisibles. Pero ninguna luz se encendió al detectar su presencia.

Avanzó entre ángeles de mármol que sonreían con sus ojos vacíos.Las ventanas todas oscuras excepto una, donde una cortina de seda se movía como si alguien acabara de apartarse. Al llegar a la puerta principal de roble macizo, los herrajes dorados brillaron con luz propia. Entonces lo escuchó: desde las entrañas de la mansión, el piano comenzó a tocar "Claro de Luna"... pero las notas llegaban distorsionadas

Colin marcó a Mary por tercera vez. El tono de llamada resonó en el vacío como un latido agonizante antes de extinguirse. Rodeó la propiedad, sintiendo cómo sus botas se hundían en el fango mientras la lluvia le azotaba la espalda. La puerta de servicio cedió con un chasquido que le erizó el vello de los brazos. El aire que escapó olía a... hierbas secas. Y algo más. Algo metálico que le recordó a las autopsias de madrugada

La cocina era una jaula de sombras. Los cuchillos profesionales colgaban impecables, sus filos brillando hambrientos. En la estufa de hierro fundido, una olla humeaba. Cada paso hacia las escaleras hizo crujir las tablas del piso. Arriba, murmullos entrecortados se filtraban por las paredes. Colin desenfundó su arma con la precisión grabada por los domingos de entrenamiento que Eleonor le imponía

"Mary", susurró Colin, pero solo el silencio respondió. Comenzó a subir los escalones con la precaución de quien pisa un campo minado, y la pistola trazando pequeños círculos defensivos en la oscuridad.

Fue entonces cuando una mano helada se cerró alrededor de su muñeca, arrastrándolo hacia una habitación lateral antes de que pudiera reaccionar. Colin se encontró cara a cara con Mary Roswell, o más bien con lo que quedaba de ella.La joven estaba irreconocible, Su cabello rubio, usualmente peinado con perfección estaba enmarañado sus Ojos dilatados que reflejaban un terror puro.en sus Brazos cinco marcas rojas en cada muñeca delataban dedos que la habían sujetado con fuerza brutal.

"¡Shhh!" Mary lo jaló hacia el rincón más oscuro, con sus uñas clavándose en su antebrazo como garras. El sudor frío le brillaba en la frente. "Están aquí", susurró con voz quebrada. "Intentaron... atraparme... pero me solté. Ahora recorren la casa"

Colin observó las huellas en sus brazos - claramente había forcejeado contra alguien (¿o algo?) con desesperación."Tus padres...", comenzó a preguntar.

Mary se estremeció, las palabras saliendo entrecortadas:

"En el estudio... Papá gritaba sobre "romper promesas''... Luego un golpe seco. Cuando mamá gritó, corrí...". Una lágrima surcó su mejilla sucia. "Las luces se apagaron y vi... personas entrando por el jardín. Túnicas negras con ese... ese símbolo".




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