El Sigilo

Capitulo XIII

El dolor llegó antes que la conciencia. Una pulsación aguda en las sienes, como si un clavo le atravesara el cráneo. marcando el ritmo de un corazón que apenas recordaba cómo latir.

Gota a gota, el agua helada trazó su camino por su frente. Primero una. Luego otra, deslizándose por su párpado como el filo de un cuchillo. Eleonor parpadeó, arrastrando consigo jirones de oscuridad espesa, Intentó girar la cabeza, pero su cuerpo era una estatua inerte.

El mundo emergió en fragmentos distorsionados:

El mármol del altar le quemaba la espalda desnuda con un frío sobrenatural. La bata blanca —ahora transparente por la humedad— se había convertido en una segunda piel translúcida exponiendo su vulnerabilidad ante el vacío del lugar . Alrededor, velas negras ardían con llamas violetas que no emitían calor, sino que proyectaban sombras danzantes que parecían despegarse de las paredes. En el techo abovedado, el mural de ángeles caídos parecía cobrar vida bajo la lluvia que se filtraba por las grietas, haciendo que la pintura roja chorreara sobre ella como sangre fresca.

¿Dónde...? ¿Cuánto tiempo había pasado?. Podían haber pasado minutos o siglos, Su mente escarbó entre recuerdos envenenados: la monja ofreciéndole aquel té de hierbas con sabor a almendras amargas... la fotografía de Cristina Roswell sosteniendo el cuchillo ritual... el crucifijo negro de Mauricio balanceándose como un péndulo hipnótico... Y luego, el vacío.

Elie intentó mover los dedos, y estos respondieron con torpeza, como si su cerebro estuviera enviando señales a través de una densa capa de lodo. Pero cuando intentó tensar los hombros para levantar los brazos, el dolor la ancló a la realidad: las correas de cuero se hundieron en su piel, cortando la carne. El veneno aún tejía su jaula invisible, pero su poder se desvanecía lentamente. Estaba lo suficientemente despierta para entender su destino, pero no para evitarlo.

Poco a poco, su visión se estabilizó y su conciencia se aferró a los detalles: las paredes de piedra sin adornos, goteando una humedad que olía a encierro y a incienso rancio; el suelo... No era la iglesia, era el convento. El mismo lugar maldito donde Bianca había sido enviada a "purificarse", el epicentro del dolor. Un escalofrío le recorrió la espina dorsal al comprender la magnitud de la Orden: aquel no era un lugar de oración, sino un matadero disfrazado de santuario.

Las monjas se paseaban a su alrededor como espectros; sus hábitos negros se deslizaban sobre el suelo con un roce sibilante, similar al de una serpiente sobre la hierba. Se movían con una eficiencia mecánica, ignorándola por completo, como si Eleonor no fuera más que una pieza de mobiliario o un animal esperando en la línea de sacrificio. Sus velos ocultaban los rostros, pero no esos ojos que reconoció: pupilas dilatadas como pozos de tinta, vacías de humanidad, reflejando una devoción ciega y tóxica.

Sin mediar palabra, dos de ellas se acercaron al centro de la estancia y retiraron la pesada alfombra de terciopelo. El Sigilo surgió en el suelo, grabado profundamente en la piedra. Sus líneas doradas no solo brillaban; parecían latir con una luz propia, sincronizado con el latido frenético en los oídos de Eleonor. El aire en la habitación se volvió pesado, y hacía que el vello de su piel se erizara.

Eleonor no necesitó más deducciones lógicas. El horror era la única conclusión posible.

Están preparando un ritual. Y yo soy el sacrificio.

Unos tacones afilados resonaron en los escalones de piedra, rítmicos y letales. Ante el sonido, las monjas se apartaron con una sincronización antinatural; sus cabezas se inclinaron tanto que sus velos barrieron el suelo como serpientes negras. Sin mediar palabra, los espectros de hábito negro abandonaron la estancia en un silencio absoluto, dejando a Eleonor a solas con la verdadera arquitecta de su pesadilla.

Cristina Roswell avanzó con una elegancia depredadora. Su vestido de seda negra se fundía con una túnica ceremonial que, al abrirse, revelaba el Sigilo grabado a fuego en su clavícula: una cicatriz dorada que no solo brillaba, sino que palpitaba, como si algo vivo intentara escapar desde debajo de su piel. En su cinturón, el cuchillo ritual —el mismo de la fotografía— vibraba con un hambre que Eleonor ahora podía sentir en la boca del estómago.

—Detective Dupont —su voz era miel envenenada, que hacía que el aire se volviera irrespirable—. Qué honor tenerte finalmente en nuestro altar.

Eleonor no bajó la mirada, aunque el miedo empezaba a filtrarse por las grietas de su mente maltrecha.

Escupió cada palabra como si fuera ácido:

—Mataste a tu propia hija, Cristina. La entregaste como si fuera ganado.

Cristina soltó una carcajada seca, carente de cualquier rastro de humanidad.

—Bianca cometió el pecado de la mediocridad. Entendió demasiado tarde que su vientre no era suyo, sino una vasija propiedad de la Orden. —Se inclinó sobre Eleonor hasta que el frío de su aliento, que olía a flores muertas, le rozó la oreja—. Cuando intentó huir, la estrangulé contra el piano donde tantas veces tocó para nuestras glorias. Su última canción fue solo un sollozo desafinado que solo yo pude disfrutar.

Eleonor retorció las muñecas con furia. El cuero le desgarró la piel, pero el dolor físico no era nada comparado con la náusea que le provocaba aquella mujer.

—Eres una mujer patética aferrada a un delirio de grandeza —masculló Eleonor—. Un poder imaginario para llenar tu vacío.

Cristina se enderezó y su sombra, proyectada por las llamas violetas, pareció estirarse por las paredes de forma imposible, cobrando una altura que ninguna luz natural podría justificar.

—¿Imaginario? —extendió los brazos, y los cientos de Sigilos entrelazados en su túnica parecieron encenderse—. Mi familia ha gobernado Georgetown desde que no era más que un pantano putrefacto. Bancos, tribunales, iglesias... todos llevan nuestro símbolo oculto en sus cimientos. Es una arquitectura de sombras que tú, con tu lógica y tus tantos libros, jamás podrías comprender.




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