El Sigilo

Capitulo XIV

La tormenta rompía el cielo de Georgetown como un castigo divino. El bosque que custodiaba las afueras de la ciudad se había convertido en una trampa de lodo y sombras; los relámpagos rasgaban el cielo revelando por instantes la silueta retorcida de los árboles que parecían garras queriendo atraparla. Mary corría entre la maleza, con el corazón golpeando su pecho como un animal enjaulado. La lluvia, gélida y violenta, le azotaba el rostro y pegaba el cabello a sus mejillas, mezclándose con el rastro amargo de sus lágrimas.

Pero el frío del agua no era nada comparado con el horror que la consumía por dentro: «Mi madre es una asesina». La imagen de Cristina, con aquellos ojos vacíos y su canto antinatural, se repetía en su mente como una película de terror que no podía apagar.

Comprendió, con una claridad que le desgarraba el alma, que nunca había sido amada. Ni ella, ni Bianca. Para Cristina, sus hijas no eran más que vasijas, piezas de ajedrez, carne para alimentar a sus demonios. Había huido. Había dejado a Colin herido y a merced de esos monstruos.

Había seguido el rastro de los neumáticos y los gritos desde la mansión, movida por un impulso suicida de justicia, pero ahora, en mitad de la negrura del bosque, el valor se le escapaba entre los dedos. Se detuvo, colapsando contra un tronco cuya corteza se sentía fría como un cadáver. Sus pulmones ardían y el aire se volvía denso, difícil de tragar, como si el pánico y la humedad le estuviera cerrando la garganta.

—No puedo hacerlo... no puedo , soy una cobarde —sollozó, abrazándose a sí misma.

La tentación de darse la vuelta y correr hacia la carretera principal, de desaparecer para siempre y olvidar que alguna vez tuvo una familia, era casi irresistible. Pero entonces, el estruendo de un trueno hizo vibrar el suelo bajo sus pies y, al cerrar los ojos, el pasado la golpeó. Se vio a su misma y a Bianca, siendo niñas, escondidas en el ático durante una de las frías cenas de caridad de su madre. Bianca temblaba por los ruidos de la tormenta, y Mary, la eterna rebelde, le había tomado la mano con fuerza. «No tengas miedo, Bee. Si nos quedamos juntas, nada puede tocarnos. Te lo prometo”.

Ese recuerdo se fundió con uno mucho más doloroso: el momento en que intentó ayudarla a escapar meses atrás. Recordó el sudor en las manos de su hermana, su piel pálida y, sobre todo, ese brillo de súplica y terror en sus ojos antes de que la Orden la atrapara. Mientras Mary se quedaba sin hacer nada. Sin pelear lo suficiente.

Esa mirada, fue el choque eléctrico que necesitaba.

El miedo no se fue, pero ya no quería esconderse, quería quemar el mundo que le había arrebatado a su hermana. Mary se puso en pie, limpiándose con furia la mezcla de barro y lágrimas de la cara.

Alzó la vista y, entre la neblina y la lluvia, la silueta del convento se alzó frente a ella. El lugar tenía una presencia demoníaca; una mole de piedra oscura con ventanas que semejaban ojos sin vida, observándola con una indiferencia cruel. El edificio se erguía sobre la colina como un ídolo hambriento que devoraba la luz y la esperanza de cualquiera que cruzara sus puertas.

—Esta vez no, Bianca. Esta vez no voy a soltarte —susurró, transformando el llanto en un jadeo de pura determinación.

No sabía en qué rincón de aquel monstruo de piedra tenían a Colin, pero sentía el palpitar de la maldad llamándola hacia sus entrañas. Ya no seguía solo a los captores; seguía la oportunidad de redimirse. Se internó en los terrenos, moviéndose con la agilidad de quien ya no tiene nada que perder, guiada por la fuerza de la hermana que no pudo salvar y la rabia hacia la madre que nunca la amó.

En lugar de arriesgarse por la entrada principal, Mary se deslizó hacia las viejas caballerizas. Recordaba haber oído que estos edificios antiguos tenían túneles de suministros, arterias de piedra que conectaban el mundo exterior con el corazón del convento. Se infiltró en la propiedad como una sombra. El aire era denso, cargado de un moho que parecía pegarse en su garganta.

A medida que avanzaba, el túnel revelaba las entrañas del lugar a través de rendijas de ventilación. Se detuvo ante una de ellas y sintió un escalofrío: una capilla sumergida en penumbras, una hilera de monjas permanecía en un trance absoluto. No oraban a Dios; sus cuerpos se mecían rítmicamente ante una efigie tallada en piedra que portaba el Sigilo en oro. El murmullo de sus voces no era reconfortante, sino un siseo que vibraba en las paredes del túnel, acelerando el pulso de Mary.

Continuó avanzando hasta llegar a un depósito olvidado, un espacio asfixiante sepultado bajo telarañas y polvo. En la penumbra, sus manos tropezaron con cajas carcomidas y envases de vidrio vacíos que tintinearon como huesos. Al chocar contra un estante de madera podrida, sus dedos se cerraron sobre algo frío y pesado: una vieja lámpara de aceite.

Mary sacó el encendedor de su chaqueta —el mismo que usaba para fumar a escondidas y desafiar la autoridad de su casa— y prendió la mecha. La luz iluminó el depósito, revelando tres pasadizos que se abrían como gargantas oscuras ante ella. Estaba a punto de elegir uno al azar cuando una voz familiar, se filtró por las grietas..Pegó el oído al muro frío, con la respiración contenida.

—Cuando intentó huir, la estrangulé contra el piano... Su última canción fue solo un sollozo desafinado que solo yo pude disfrutar.

Las palabras de Cristina la golpearon con violencia dejándola sin aire. Mary cerró los ojos y, en ese instante, algo se quebró definitivamente en su interior. El vínculo biológico, ese hilo invisible que aún la ataba a la mujer que la había parido, se rompió. La piedad murió, dejando en su lugar un vacío negro. Ya no era su madre; era el monstruo que había silenciado la música de Bianca.

Sus manos temblaban, pero no de miedo. El pánico que la había paralizado en el bosque se había transformado en una furia pesada que le quemaba las entrañas. Avanzó siguiendo el eco de esa voz cruel, y cada centímetro que recorría de aquel pasadizo era un paso hacia la destrucción de su propia estirpe.




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