El estruendo de la rejilla de hierro golpeando el mármol estremeció la habitación. Mary emergió de la oscuridad, su silueta se recortaba contra la luz de la lámpara que sostenía en alto. Sin vacilar, lanzó el recipiente directamente contra la señora Clayton.
El cristal se hizo añicos sobre el pecho de la anciana; el aceite la bañó por completo y, en un segundo, las llamas la devoraron. Clayton no emitió un sonido humano; fue un alarido agudo, una frecuencia de ultratumba que desgarraba los oídos. Convertida en una columna de fuego, corrió errática, prendiendo fuego a las pesadas cortinas de terciopelo y a la alfombra roja del altar. El incendio se propagó con una velocidad antinatural, como si el lugar mismo estuviera ansioso por arder. La figura de la mujer, transformada en una antorcha humana que se retorcía de dolor, atravesó la gran puerta de roble incendiando todo a su paso y convirtiendo el pasillo en un túnel de fuego que se propagaba veloz hacia el corazón del edificio.
Mauricio, despertando de su trance místico, rugió de furia y se lanzó hacia Mary.
—¡Blasfema! —gritó, pero antes de alcanzarla, Colin, desde el suelo, estiró el brazo con sus últimas fuerzas y lo hizo tropezar.
El cura cayó de bruces, chocando su cabeza contra el suelo pero se recuperó al instante, descargando una patada brutal en el costado herido de Colin justo donde la carne ya estaba abierta. El grito de agonía que escapó de Colin; fue un alarido de puro dolor que retumbó en las paredes, lo que hizo que Eleonor se distrajera.
–!COLIN! —exclamó ella.
Ese parpadeo de distracción fue todo lo que Cristina necesitaba. Con agilidad, la mujer hundió sus uñas en el rostro de Eleonor, y aprovechó el retroceso para zafarse violentamente del agarre de las cadenas. Se apartó de un salto, jadeando, y recuperando el aire con odio reflejado en sus ojos vacíos
—Infeliz bastarda... —masculló Cristina, dirigiendo su veneno hacia Eleonor—. Eres un error que debo corregir. No eres más que carne inútil y jamás podrás contener mi poder.
Eleonor no respondió con palabras. Se lanzó de nuevo sobre ella, luchando por su vida con una ferocidad que nacía de un espíritu que se negaba a ser quebrado. A su alrededor, el altar ya no era de mármol, sino de fuego; las paredes eran cortinas de llamas rugientes que convertían la cripta en un infierno total.
Al otro lado del caos, Mauricio se reincorporó con el rostro desencajado y se lanzó sobre Mary con la fuerza de un animal rabioso.
—¡Maldita seas, pequeña traidora! —rugió, atrapándola por los hombros y estrellándola contra el suelo.
El impacto le robó el aliento a Mary por un segundo, y sintió el peso del hombre sobre ella. Pero ya no era la niña asustadiza que se escondía en el ático. La furia por Bianca estalló en su pecho como una descarga eléctrica. Mientras las manos del cura se cerraban en su cuello, Mary le clavó las uñas en los ojos con un grito de rabia. Mauricio soltó un alarido de dolor, soltándola el tiempo suficiente para que ella le propinara una patada brutal en el abdomen que lo mandó varios metros hacia atrás.
El cura tropezó con los escombros que llovían del techo, tambaleándose entre las chispas. Cuando recuperó el equilibrio, sus ojos ya no eran humanos; eran cuencas negras y vacías mientras extendía sus manos que ahora terminaban en garras. Una sombra demoníaca comenzó a crecer a su espalda, deformando su silueta contra las llamas.
—Has sellado tu muerte, Mary... —dijo con una voz de ultratumba que hizo vibrar el suelo—. No quedará ni el polvo de tus huesos.
Justo cuando se disponía a abalanzarse sobre ella, el techo cedió con un crujido ensordecedor. Una viga de roble, envuelta en un fuego voraz, cayó como un martillo divino. El madero aplastó a Mauricio contra el mármol, moliendo sus huesos bajo toneladas de escombros encendidos. Mary retrocedió tambaleándose, cubriéndose la boca con manos temblorosas, viendo cómo la estola roja del cura desaparecía bajo el humo negro.
En el altar, la lucha llegaba a su fin. Eleonor finalmente sometió a Cristina; con los ojos inyectados en sangre y una furia incontenible, logró torcerle la muñeca hasta que el sonido del hueso rompiéndose compitió con el rugido de las llamas. El cuchillo cayó, pero Eleonor lo atrapó en el aire con una rapidez letal y se lo hundió con un golpe seco en el abdomen.
Cristina cayó de rodillas, soltando un gemido ronco mientras se presionaba la herida, pero antes de que Eleonor pudiera asestar el golpe mortal, un estruendo masivo sacudió la estructura sobre sus cabezas. El techo ya no resistía más
—¡ELIE! —grito Colin
A pesar de la herida profunda en su muslo y la pérdida de sangre que lo tenía al borde del desmayo, Colin encontró una reserva de fuerza en lo más profundo de su ser, una voluntad alimentada únicamente por el amor que sentía por ella. Ignorando el desgarro de sus músculos y el dolor cegador, se impulsó desde el suelo en un último acto heroico. Se lanzó sobre ella, tacleándola y arrastrándola lejos del altar justo en el milisegundo en que una sección entera del techo colapsó.
La madera, la piedra y los escombros cayeron directamente sobre Cristina, sepultándola bajo una montaña de fuego y cenizas. Sus gritos de rabia se mezclaron con el rugido del incendio hasta que fueron silenciados por el peso de su propio templo
Eleonor y Colin rodaron por el suelo. Ella se incorporó de inmediato, pero cuando miró a Colin, el corazón se le detuvo. Él estaba pálido como cadáver, con la mirada perdida y la respiración superficial.
—Colin... —el nombre se ahogó en su garganta. Eleonor le acarició el rostro con manos temblorosas, manchando su mejilla con la ceniza y la sangre que cubría sus dedos—. Colin, quédate conmigo, por favor…
—Estás a salvo... —susurró él, intentando esbozar una sonrisa que se convirtió en una mueca de dolor.
Mary corrió hacia ellos entre el humo denso. Sin decir una palabra, se quitó su chaqueta de cuero y la puso sobre los hombros de Eleonor, cubriendo la bata blanca del ritual que ahora pendía en jirones.
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Editado: 22.02.2026