En menos de tres días, el mundo quedó en silencio.
No fue un silencio inmediato, ni siquiera perceptible al principio. No hubo una gran explosión global, ni una señal clara que anunciara el fin. Fue algo más sutil, más inquietante… como si la vida misma hubiese decidido retirarse sin previo aviso.
Las ciudades no fueron destruidas.
Simplemente dejaron de tener vida.
Los edificios seguían en pie, intactos, desafiando el paso del tiempo como gigantes de concreto olvidados. Las ventanas reflejaban un cielo que ya no tenía testigos. Las puertas permanecían cerradas, muchas de ellas sin haber sido aseguradas. Los autos estaban detenidos en medio de las calles, algunos con las puertas abiertas, otros con las luces aún encendidas hasta que sus baterías murieron.
Y en medio de ese escenario imposible, Li Wei caminaba solo.
Sus pasos resonaban con una claridad perturbadora sobre el asfalto vacío. Cada sonido parecía amplificarse, como si el mundo entero se hubiese convertido en una caja de resonancia para su soledad. El viento recorría las avenidas, levantando polvo, arrastrando papeles olvidados, bolsas plásticas, restos de una civilización que había desaparecido demasiado rápido.
Demasiado silenciosamente.
Li Wei no hablaba.
No había con quién hacerlo.
Sus ojos recorrían cada detalle con precisión casi obsesiva. Siempre había sido así. Incluso antes del colapso, su mente analizaba patrones, anomalías, pequeños cambios que la mayoría ignoraba. Era lo que lo había llevado a sobrevivir.
Y también lo que lo condenaba a recordar.
El suelo bajo sus pies estaba marcado por grietas irregulares. Algunas recientes, otras antiguas. Entre ellas, manchas secas… oscuras… imposibles de ignorar si sabías lo que eran.
No había cuerpos.
Ese era el detalle más inquietante.
No había señales de evacuación organizada, ni barricadas, ni estructuras colapsadas por el pánico colectivo. No había huellas de una guerra, ni de un desastre natural.
Solo ausencia.
Una ausencia total.
Li Wei se detuvo en medio de una intersección. Miró a su alrededor lentamente. Las señales de tránsito seguían en su lugar. Un semáforo colgaba sobre él, oscilando ligeramente con el viento, como si aún intentara regular un flujo de tráfico que ya no existía.
Rojo.
Verde.
Amarillo.
Sin propósito.
Cerró los ojos por un momento.
Y entonces recordó.
Porque apenas unos días antes… todo era completamente distinto.
El aeropuerto estaba lleno.
Demasiado lleno.
Li Wei avanzaba entre la multitud con una calma que contrastaba con el movimiento constante a su alrededor. Personas hablando en distintos idiomas, anuncios que se repetían por los altavoces, pantallas brillantes mostrando destinos, horarios, retrasos.
La normalidad.
Una normalidad tan perfecta que resultaba inquietante en retrospectiva.
Había regresado del extranjero después de meses de trabajo. Su mente aún estaba enfocada en proyectos, datos, modelos de simulación. Nada fuera de lo habitual. Nada que indicara que estaba a punto de presenciar el fin del mundo.
Pasó el control de seguridad, recogió su equipaje y salió al área principal.
El aire tenía ese olor característico de los espacios concurridos: una mezcla de comida, perfume, metal y electricidad. Era un caos ordenado, una coreografía involuntaria de miles de personas coexistiendo en un mismo espacio.
Y, sin embargo… algo no encajaba.
No era evidente.
No era algo que cualquiera pudiera notar.
Pero Li Wei no era cualquiera.
Sus ojos se desviaron hacia una esquina del área de carga. Un movimiento irregular captó su atención. Al principio pensó que era un reflejo, una sombra, algo sin importancia.
Pero no lo era.
Eran ratas.
Decenas de ellas.
Moviéndose de forma errática bajo luces fluorescentes que parpadeaban de manera intermitente. No estaban buscando comida. No reaccionaban a la presencia humana. No huían.
Simplemente… se movían.
Sin patrón aparente.
Sin lógica.
Li Wei se detuvo.
Observó.
La mayoría de las personas ni siquiera se dio cuenta. Y quienes lo hicieron, lo ignoraron. Después de todo, ver ratas en una ciudad no era algo inusual.
Pero esto era diferente.
Muy diferente.
Una de ellas se detuvo.
Giró lentamente la cabeza.
Y lo miró directamente.
Li Wei sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
No era miedo.
Era reconocimiento.
Como si algo en esa criatura… lo estuviera observando de verdad.
Detrás de ella, otras ratas comenzaron a moverse en círculos repetitivos. Trayectorias idénticas. Comportamientos sincronizados sin razón biológica aparente.
Eso no era normal.
No podía serlo.
Su mente comenzó a procesar información a una velocidad vertiginosa.
Patrones.
Anomalías.
Posibilidades.
Sin perder tiempo, se acercó con cautela. Sacó un pequeño contenedor de su bolso —siempre llevaba herramientas básicas— y, con movimientos precisos, capturó una de las ratas.
Nadie lo detuvo.
Nadie preguntó.
Nadie entendió lo que estaba pasando.
Pero Li Wei sí.
Y en ese momento… todo comenzó.