El silencio de las Ciudades

Capítulo 3: El error humano

El edificio gubernamental estaba en silencio.

No un silencio absoluto, como el de las calles vacías que vendrían después… sino uno contenido, artificial, sostenido por protocolos que aún intentaban mantener una ilusión de orden.

Las puertas automáticas se abrieron frente a Li Wei con un leve susurro mecánico. El contraste con el caos exterior era brutal. Dentro, el aire era limpio, filtrado. Las luces permanecían estables. El suelo impecable reflejaba cada paso como si nada estuviera ocurriendo a unos metros de distancia.

Pero algo ya estaba mal.

Muy mal.

Los guardias en la entrada estaban tensos. Uno hablaba por radio con voz entrecortada. El otro observaba hacia el exterior con una rigidez que no era entrenamiento… era miedo contenido.

—Deténgase —ordenó uno de ellos al ver a Li Wei acercarse con rapidez—. El edificio está en protocolo de seguridad.

Li Wei no redujo el paso.

—Necesito hablar con alguien a cargo. ¡Ahora!

—No está autorizado—

—¡Esto no es una emergencia común¡—interrumpió Li Wei, clavando la mirada en él—. Es un evento de propagación biológica no controlada. Si no me escucha, todos aquí dentro van a morir.

El guardia dudó.

Solo un segundo.

Pero fue suficiente.

Algo en la forma en que Li Wei habló —sin pánico, sin exageración— rompió la resistencia inicial.

—¿Qué clase de evento?

—Uno que ya comenzó.

Un sonido sordo interrumpió la conversación.

Lejano.

Pero reconocible.

Una explosión.

Luego otra.

Más cerca.

El segundo guardia giró la cabeza instintivamente.

—¿Qué está pasando allá afuera…?

Li Wei respondió sin apartar la mirada:

—Lo que pasará aquí dentro en menos de una hora si no actuamos.

Silencio.

Tensión.

Decisión.

Finalmente, el guardia asintió.

—Pase.

El interior del edificio era un mundo desconectado de la realidad.

Funcionarios caminaban con prisa contenida. Pantallas mostraban datos fragmentados. Comunicaciones cruzadas, órdenes incompletas, informes contradictorios.

El sistema aún funcionaba.

Pero ya estaba fallando.

Li Wei fue conducido a una sala de reuniones de emergencia. Una mesa larga, pantallas en las paredes, varios funcionarios reunidos. Algunos hablaban, otros discutían, otros simplemente observaban sin comprender del todo lo que estaba ocurriendo.

Nadie tenía el panorama completo.

Pero Li Wei sí.

—¿Quién es este? —preguntó una mujer de traje oscuro, claramente en una posición de autoridad.

—Dice tener información sobre lo que está pasando —respondió el guardia.

—Todos aquí tienen información —replicó ella con frialdad—. Lo que necesitamos son respuestas.

Li Wei avanzó sin esperar permiso.

Colocó su dispositivo sobre la mesa.

—Yo tengo ambas cosas.

La sala se quedó en silencio.

Conectó el equipo. Las pantallas cambiaron. Datos. Imágenes microscópicas. Gráficos de crecimiento exponencial.

—Esto no es un ataque convencional —comenzó—. Es un agente biológico de nueva generación. No diseñado… pero tampoco natural en el sentido tradicional.

Uno de los hombres frunció el ceño.

—Sea claro.

—Un virus —dijo Li Wei—. Pero no como los que conocen. Este no mata directamente. Convierte al huésped en un sistema de acumulación energética.

Algunos intercambiaron miradas.

Otros mostraron escepticismo inmediato.

—¿Energía? —preguntó otro, con tono incrédulo—. ¿Está sugiriendo que las personas… explotan?

Li Wei sostuvo su mirada.

—No lo sugiero. Lo confirmé.

Silencio.

—Las células se reprograman —continuó—. Crecen, se deforman, acumulan presión interna hasta alcanzar un punto crítico. Y cuando lo hacen… liberan toda esa energía de forma instantánea.

Activó un video.

Una simulación basada en sus datos.

Las células expandiéndose.

Colapsando.

Explosión microscópica.

—Ahora escalen eso a un organismo completo.

Nadie habló.

Pero la incredulidad seguía presente.

—¿Y la propagación? —preguntó la mujer de traje oscuro.

—Aérea —respondió Li Wei—. Las partículas liberadas en cada explosión contienen el agente activo. Cada persona expuesta se convierte en un nuevo punto de detonación potencial.

—Eso es imposible —dijo alguien al fondo.

Li Wei lo miró.

—Ya está ocurriendo.

Como si sus palabras hubieran activado algo…

una explosión sacudió el edificio.

Esta vez no fue lejana.

Las luces parpadearon.

Algunos se levantaron bruscamente.

—¿Qué fue eso?

—Nivel inferior —respondió una voz por radio—. Tenemos múltiples víctimas. No sabemos qué—

El mensaje se cortó.

El silencio volvió.

Pero ahora era diferente.

Ya no era controlado.

Era miedo.

—Necesitamos evacuar —dijo uno de los funcionarios.

—No —respondió Li Wei inmediatamente.

Todas las miradas se dirigieron a él.

—Si salen, lo propagan más rápido. El aire exterior ya está contaminado.

—¿Entonces qué propone? ¿Quedarnos aquí esperando?

Li Wei dudó.

Porque la respuesta real… no era aceptable.

—Contención total —dijo finalmente—. Sellar el edificio. Aislar cada nivel. Filtrar el aire.

—Eso es inviable —respondió la mujer—. No tenemos ese tipo de control en tiempo real.

—Entonces ya están muertos —dijo Li Wei sin emoción.

El impacto de esas palabras fue inmediato.

—¡No puede decir eso! —exclamó alguien.

—Puedo —respondió él—. Porque es la verdad.

El silencio volvió a caer.

Pesado.

Irreversible.

—¿Cuál es la tasa de propagación? —preguntó la mujer, esta vez con un tono distinto.

Más serio.

Más real.

Li Wei miró los datos.

—Minutos.

—¿Y el tiempo hasta…?

No terminó la frase.

No hacía falta.

—Variable —respondió Li Wei—. Depende del nivel de exposición. Pero en ambientes densos como este…




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