El silencio de las Ciudades

Capítulo 6: La familia

El plan era perfecto.

Pero no estaba completo.

La pantalla aún brillaba frente a Li Wei, mostrando rutas, cálculos, tiempos límite. Todo estaba en movimiento. Todo avanzaba con una precisión casi mecánica.

Pero había algo que no podía resolver con números.

Las personas.

Tomó su teléfono.

Durante unos segundos, no hizo nada.

Solo lo sostuvo.

No porque dudara del plan… sino porque sabía lo que significaba esa llamada.

No era una invitación.

Era una despedida del mundo.

Marcó el primer número.

Su madre.

El tono sonó una vez.

Dos.

Tres.

—¿Xiao Wei? —la voz de Chen Mei llegó con una mezcla de alivio y preocupación—. ¿Dónde estás? He visto las noticias, dicen que hay explosiones en la ciudad, pero nadie explica nada…

Li Wei cerró los ojos un instante.

No había forma suave de decirlo.

—Mamá, escúchame con atención. No es un accidente. No es terrorismo. Es biológico.

Silencio.

—¿Qué quieres decir?

—Un virus. Pero no como los que conocemos. Es… diferente. Está matando a la gente desde dentro.

—Wei…

—No hay tiempo —interrumpió, manteniendo la voz firme—. Necesito que confíes en mí. Tienes que salir de la ciudad. ¡Ahora!.

Del otro lado de la línea, la respiración de Chen Mei cambió.

Ella siempre había confiado en él.

Desde pequeño, había aprendido a reconocer cuando su hijo hablaba con certeza absoluta.

Y ese era uno de esos momentos.

—¿A dónde voy?

—Voy a enviarte una ubicación. No le digas a nadie. No te detengas. Lleva solo lo esencial.

—¿Y tú?

—Voy a estar ahí antes que tú.

No era completamente cierto.

Pero tampoco era mentira.

La llamada terminó.

Sin despedidas largas.

Sin dramatismo.

Porque ambos entendían.

El siguiente número.

Su padre.

—Li Wei —respondió Li Zhang casi de inmediato—. Estoy viendo lo que está pasando. ¿Es guerra?

—No.

—Entonces dime qué es.

—Extinción.

Silencio.

No de incredulidad.

Sino de comprensión.

Su padre no necesitaba explicaciones largas.

Solo necesitaba la verdad.

—¿Qué tengo que hacer?

—Prepararte para salir. Ya.

—¿Destino?

—Te lo envío en un minuto.

—Entendido.

La línea se cortó.

Sin más palabras.

Sus hermanos fueron distintos.

Li Jun respondió primero.

—Hermano, ¿qué está pasando? La gente está corriendo, hay—

—Escúchame —dijo Li Wei—. No hagas preguntas. Solo actúa.

—¿Qué?

—Recoge todo lo que puedas cargar en diez minutos. Agua. Comida. Medicinas. Nada más.

—¿Diez minutos? ¿Estás loco?

—No.

Silencio.

—¿Es tan grave?

—Peor de lo que imaginas.

Otra pausa.

Más corta.

—Está bien —dijo finalmente Li Jun—. Confío en ti.

Li Hao fue el último.

El más joven.

El más impulsivo.

—¿Wei? ¿Viste eso? ¡La gente está explotando! ¿Qué demonios es eso?

—Un virus.

—Eso no es un virus.

—Lo es.

—Entonces estamos muertos.

Li Wei respiró hondo.

—No si haces exactamente lo que te digo.

Silencio.

—Estoy escuchando.

En menos de treinta minutos… todo estaba en movimiento.

Pero aún faltaba alguien.

Li Wei se quedó mirando el último nombre en su lista.

Zhang Min.

No era familia, pero alguien a quien aún luego de varias semanas de haberse separado seguía amando, no se habían separado debido a problemas entre ellos dos, sino debido a las acciones externas de la “mejor amiga” de ella… Liu Ruyan, celosa de la relación entre ambos, había empezado a crear cizaña entre ellos, lo que llevó a que Zhang Ming diera un paso atrás en la relación con reticencia.

Aun así, no era alguien que pudiera dejar atrás, no quería dejarla atrás.

Marcó.

—Li Wei —respondió ella antes de que el tono terminara—. Sabía que llamarías.

Eso lo sorprendió.

—¿Cómo?

—Porque tú entiendes lo que está pasando —dijo ella—. Y sé que no te quedarías sin hacer nada.

Li Wei caminó lentamente hacia la ventana.

La ciudad estaba casi completamente oscura ahora.

—¿Qué sabes?

—Lo suficiente —respondió ella—. La gente muere sin razón aparente… y luego otros comienzan a caer. No es algo normal.

—No lo es.

—¿Hay salida?

Li Wei no respondió de inmediato.

Luego dijo:

—Sí.

—Entonces dime dónde.

No hubo preguntas innecesarias.

No hubo dudas.

Solo confianza.

—Empaca —dijo él—. Solo lo esencial. Te envío la ubicación.

—Ya estoy lista.

Eso lo hizo detenerse.

—¿Lista?

—Desde que empezó todo —respondió ella—. Algo no se sentía bien.

Li Wei sonrió ligeramente.

Por primera vez desde el inicio.

—Bien —dijo—. Entonces nos vemos ahí.

La línea se cortó.

El equipo estaba formado.

Pero aún quedaba lo más difícil.

Salir.

Las siguientes horas fueron una carrera contra el tiempo.

La ciudad seguía deteriorándose.

Las explosiones eran menos frecuentes… pero no habían desaparecido.

Eso era peor.

Porque significaba que aún quedaban infectados.

Aún quedaba riesgo.

Li Wei cargó lo esencial.

Dispositivos.

Datos.

Muestras.

El trabajo de toda una vida reducido a lo que podía transportar en una sola salida.

Antes de irse… se detuvo en el centro del apartamento.

Miró alrededor.

Cada objeto.

Cada detalle.

Recuerdos.

Rutinas.

Una vida.

Todo eso… terminaba ahí.

Apagó las luces.

No por necesidad.

Sino como un gesto final.

Y salió.

El punto de encuentro estaba en las afueras de la ciudad.

Una zona industrial cercana a la costa.

Menos densa.

Menos expuesta.

Pero no segura.

Nada lo era.

Cuando llegó… ellos ya estaban ahí.




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