El silencio de las Ciudades

Capítulo 7: El último viaje

El motor del barco rugió como si también supiera que no había tiempo.

Grave. Profundo. Constante.

Un sonido que rompía el silencio muerto de la costa.

—¡Suelten amarras! —ordenó Li Wei.

Li Jun y Li Hao actuaron de inmediato. Sus movimientos ya no eran torpes ni dudosos. El caos los había obligado a adaptarse en cuestión de horas.

Las cuerdas cayeron al agua.

El casco vibró.

Y lentamente… el barco comenzó a separarse del muelle.

Detrás de ellos, la ciudad seguía en pie.

Pero ya no era una ciudad.

Era un cascarón.

Zhang Min subió la última caja y cerró la compuerta de carga con un golpe seco.

—Todo está dentro.

—¿Combustible? —preguntó Li Wei sin girarse.

—Suficiente para llegar… y volver —respondió Li Hao.

—No vamos a volver —dijo Li Wei.

Nadie respondió.

Porque todos sabían que era cierto.

El barco avanzó lentamente al principio, cortando el agua oscura con una resistencia casi simbólica… como si el océano también se negara a aceptar lo que estaba ocurriendo.

Pero luego ganó velocidad.

Y con cada metro que se alejaban… el mundo que conocían quedaba atrás.

Chen Mei se aferró a la barandilla, mirando la costa.

Sus ojos no buscaban destrucción.

Buscaban recuerdos.

—Todo sigue ahí… —susurró.

Li Zhang se colocó a su lado.

—Sí —respondió—. Pero ya no nos pertenece.

Una explosión iluminó la ciudad.

Más brillante que las anteriores.

Más grande.

Una onda de luz que recorrió varias cuadras antes de disiparse.

Chen Mei cerró los ojos.

—¿Cuánta gente…?

No terminó la frase.

Li Wei respondió desde el timón:

—Todos.

El silencio cayó sobre el barco.

Solo el motor.

Solo el mar.

Solo el final.

A medida que se alejaban, la perspectiva cambió.

Desde la distancia, el caos se volvía patrón.

Las explosiones no eran aleatorias.

Eran progresivas.

Como una reacción en cadena que avanzaba desde el centro hacia los bordes.

La ciudad estaba siendo consumida desde dentro.

Exactamente como había predicho.

Zhang Min se acercó a Li Wei.

—¿Cuánto tiempo tenemos?

—Depende de muchos factores.

—Dame un número.

Li Wei observó el horizonte.

Calculó.

—Menos de dos días antes de que esto alcance escala global irreversible.

—¿Y nosotros?

—Si mantenemos distancia… estaremos fuera del radio inicial.

—¿Inicial? —repitió ella.

—El virus no desaparecerá —dijo Li Wei—. Solo perderá densidad.

Ella asintió.

No había consuelo en esa respuesta.

Pero sí verdad.

El cielo comenzó a oscurecerse por completo.

No por la noche.

Sino por el humo.

Columnas densas se extendían hacia arriba, formando una capa irregular que cubría la ciudad como una herida abierta.

Relámpagos silenciosos aparecían dentro de esa masa oscura.

No eran tormentas.

Eran explosiones distantes.

Li Hao miraba sin poder apartar la vista.

—Es como si el mundo se estuviera apagando…

—Lo está haciendo —respondió Li Jun.

El barco siguió avanzando.

Kilómetro tras kilómetro.

La costa se hacía más pequeña.

Más difusa.

Menos real.

Pero entonces… algo cambió.

—¿Escucharon eso? —preguntó Zhang Min.

Todos se quedaron en silencio.

El motor seguía.

El mar también.

Pero había otro sonido.

Lejano.

Irregular.

Un grito.

Chen Mei se llevó la mano a la boca.

—No…

Li Wei redujo ligeramente la velocidad.

—No deberíamos detenernos —dijo Li Zhang de inmediato.

—Lo sé.

—Entonces sigue.

Pero Li Wei no respondió.

Porque estaba mirando hacia la costa.

Entre la oscuridad… algo se movía.

Una figura.

Corriendo.

Tropezando.

Cayendo.

Levantándose otra vez.

Alguien había sobrevivido.

—Wei… —dijo Zhang Min en voz baja.

—Si nos acercamos, lo traemos con nosotros —respondió Li Wei.

—Si no lo hacemos, lo dejamos morir —replicó ella.

Silencio.

La figura cayó nuevamente.

Y esta vez…

no se levantó de inmediato.

Li Wei apretó el volante.

Su mente calculaba.

Riesgo de exposición.

Probabilidad de infección.

Impacto en el grupo.

Supervivencia a largo plazo.

Todo indicaba lo mismo:

No intervenir.

Pero entonces…

la figura levantó la cabeza.

Y gritó.

Un sonido desgarrador.

Humano.

Real.

Chen Mei cerró los ojos.

—No podemos dejarlo…

Li Wei respiró profundamente.

Por primera vez desde que comenzó todo…

dudó.

Y en ese instante… la figura se quedó inmóvil.

Su cuerpo se tensó.

—No… —susurró Zhang Min.

El brillo apareció.

Y el estallido llegó.

Más pequeño que otros.

Más lejano.

Pero suficiente.

El silencio que siguió fue absoluto.

Li Wei volvió a acelerar.

Sin decir nada.

Sin mirar atrás.

Porque ahora lo entendían todos.

No había rescates.

No había segundas oportunidades.

No había espacio para errores.

El barco avanzó hacia la oscuridad.

Horas después… la ciudad desapareció por completo en el horizonte.

Solo quedaba el mar.

El mundo… había terminado.

Pero ellos seguían ahí.

Y eso cambiaba todo.

Li Wei ajustó el rumbo.

La isla estaba a días de distancia.

Detrás, el pasado.

Delante… algo desconocido.

Y en medio del océano infinito… por primera vez desde el inicio del colapso… no hubo explosiones.

Solo silencio.

Un silencio distinto.

No vacío.

Sino… esperando.




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