El Silencio de las Estrellas

Capítulo 1

En el planeta minero Basalto hay un lema muy popular entre los obreros de mina y mercaderes: "Trabaja duro, muere rápido" Lo que pareciera ser más que un lema, un refrán que solo sirve como un triste recordatorio de la desesperanzadora vida obrera en el planeta, es en realidad una insignia de perseverancia y valentía.

Los días son largos y el trabajo es duro, y aunque a ojos de muchos pudiera parecer una injusticia, el yugo de una esclavitud cobardemente disfrazada con otro nombre es el castigo que impone el Imperio a la no-cordonancia.

Después de una jornada calurosa en una de las minas del gran planeta rocoso los obreros vuelven a sus complejos residenciales.

— Ha sido un día largo, ¿eh? — Comentó Misar a su compañero mientras caminan por un largo túnel obscuro.

— Sí. Hoy más que otras veces. — Respondió mientras se restriega la cara con una empolvada mano.

— ¿Sabes hasta cuando tendremos que seguir en esta mina? Me parece una mierda que el JAM nos haya enviado a todo el complejo 102 aquí.

— No sé. No han dicho nada. En Fermin por lo menos teníamos al sector comercial cerca, ahora no tenemos ni un maldito bar a menos de dos horas de aquí.

— Sí, pero es lo que hay ¿no? Las órdenes vienen directamente de la administración del Imperio.

— Sí, lo que sea que estén tramando esos fenómenos, espero que termine rápido y que por lo menos se nos sea recompensado.

La conversación cesó, y los dos mineros se separaron tan pronto Misar llegó a su destino: la plataforma de ascensión de su complejo residencial.

Misar era un joven minero del planeta Basalto. Aun siendo relativamente joven (para los estándares Imperiales) era reconocido por su asiduo ímpetu en las minas y por un tesón como ningún otro. Siempre había creído que, si no había sido capaz de hacer algo, era porque no lo había intentado lo suficiente. Tal vez un pensamiento demasiado optimista para alguien cuya mayor aspiración debía ser limitada a llegar a una jubilación temprana.

Misar se encontraba sentado junto a otros trabajadores de su complejo esperando por la hora de ascensión de la plataforma. Exhausto por un largo día de trabajo en las minas se detuvo a contemplar la anchura e inigualable belleza del cielo nocturno basáltico: una epifanía de estrellas y luces destellantes adornadas por dos lunas cuyos brillos acariciaban suavemente la piel de Misar como una suave brisa.

En su mente pasaban muchas cosas: la inmensidad del universo, la lejanía de las estrellas, y el cómo estas, a pesar de encontrarse libres en la bóveda celeste, parecían estar encadenadas a una existencia estancada en un reposo infinito. Misar estaba acostumbrado a una vida de trabajo duro y esfuerzo, aunque le hubiera gustado (como a todos los residentes de aquel planeta) haber nacido con cordonancia, no le daba vueltas a esto. Él sabía que no cambiaría nada el hacerlo. La realidad era la que era, y había que afrontarla con la cabeza en alto.

Una vez llegada la hora de ascensión, empezaron a desplegarse un sinnúmero de advertencias y precauciones de protocolo para evitar accidentes en este proceso. La plataforma circular desplegó una cúpula de plasma celeste brillante y empezó a rotar haciendo un agudo sonido similar al que hace un objeto al pasar a altas velocidades.

El proceso de ascensión de la plataforma, desde el momento en el que se sentaba en las sillas de aluminio que se encontraban en las periferias de la plataforma hasta el murmullo de camaradería de los otros obreros, era sin lugar a dudas el momento favorito del día para Misar y para la mayoría de obreros, puesto a que sabían que eran las vísperas de un descanso apenas significativo. Y que, a pesar de lo desgraciada que podía parecer la vida, no era del todo trágica.

Después de la ascensión de la plataforma, Misar esperó a que el tumulto de obreros se dispersara para poder continuar con su ruta diaria dentro del complejo residencial.

Recorrió la angosta callejuela transversal que conectaba la mayoría de bloques. Pasó por los bloques residenciales 401, 402, 403. Luego, en el intercepto donde acababa la cuadra del bloque residencial 403, tomó el cruce hacia la izquierda; 404, y 405. En el bloque 405, se detuvo en la residencia C, ubicada en la parte inferior del bloque, al lado de las escaleras de emergencia para la planta alta.

Misar paró pesadamente su marcha frente a una puerta niquelada con la inscripción “Kairos Hrau” en la parte superior. Sacudió el polvo de sus manos y posó su palma derecha en un pequeño panel que sobresalía en la parte lateral de la perta, al lado del pomo. Un pitido casi imperceptible indicó que la puerta había sido desbloqueada.

— En casa— Anunció Misar mientras desarmaba su aparatoso equipo minero.

— Qué bueno que ya estés en casa, cariño. — Dijo una voz femenina desde la cocina.

— Sabes. Hoy fue un día largo— Comentó Misar mientras se acomodaba el calzado de andar por casa— Bar accidentalmente tumbó dos de los cinco vagones del día de hoy en uno de sus episodios de payasada. Todos en el bloque quisieron reportarlo con el supervisor, pero insistí en que no era del todo su culpa.

— Ay, mi cielo, son cosas que pasan. Lo bueno es que en tu grupo todos son muy unidos y se apoyan entre ustedes. — Respondió Gala mientras servía dos porciones de comida en tazones de cerámica.

Se sentó Gala en la mesa después de ubicar uno de los platos enfrente de su hijo.

— ¿No me escuchaste? Todos querían reportar el incidente, sabiendo que multarían a Bar, sólo yo me quedé. En todo caso sería yo el que es muy “unido” ¿no crees?

— Es cierto, cariño. Eso es muy bueno. — Respondió con evidente desinterés.

— ¿Bueno qué cosa? — Suspiró — Ni si quiera me estás escuchando.

— Tienes razón, toda la razón.

Sus pupilas titilaban, y su boca esbozaba sutiles sonrisas. Gala no estaba escuchando a su hijo, evidentemente. Aunque su cuerpo se encontraba en la mesa, comiendo junto a Misar, su mente se divagaba en el vacío entretenimiento que brindaban los EIN (Experiencias Inmersivas Neuronales), sus favoritos a la hora de escapar de su acalorada realidad.




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