Después de un apresurado descanso, el sistema horario que Misar tenía instalado en su cuerpo le notificó mediante espasmos que la hora de dormir había terminado. Empezaba otro día en el planeta minero Basalto.
Se dirigió al baño y enjuagó su cara con la esperanza de desvanecer su pesimista expresión. Aunque el sistema horario hacía que al momento de levantarse no sintiera cansancio alguno, su alma estaba ciertamente exhausta.
Camisa, chaqueta, pantalón, bota izquierda y derecha. Todo en ese orden. El proceso de uniformarse para otra jornada se había vuelto un bien conocido ritual en su vida. Aunque en un inicio cuando empezó a trabajar como minero sentía cierta complacencia al prepararse para afrontar el mundo como alguien "provechoso" — consecuencia de la propaganda imperial —, con el paso del tiempo terminó adquiriendo una inexplicable repulsión a la sensación que le producían las ásperas botas al colocárselas.
Procuraba siempre estar puntual en la plataforma de ascensión por la increíble facilidad con la que esta se llenaba.
Misar no era ni de lejos el minero más joven, de hecho, había muchísimos compañeros que eran contemporáneos a él e incluso menores. Pese a esto nunca busco tener una cercanía mayor a la de un conocido con ninguno de ellos. No por capricho o resignación, sino por la ciega e incluso un poco ilusa convicción de que algún día saldría de ahí, de que un día tal vez lejano ya no tendría que levantarse maldiciendo su “raza” y vida.
En el Imperio Maratori todo estaba dividido en dos marcados estratos: La población cordonante o "Ciudadanos" y la población no-cordonante, también llamados "primios". Aunque ambos gozaban de los derechos básicos de subsistencia, unos los tenían como derecho innato y los otros los ganaban con el sudor de sus frentes.
La cordonancia era descrita en el libro escrito por Malec como: "El don evolutivo adquirido para lograr la simbiosis con los Hak'Zel". Básicamente, los cordonadores eran dos pequeños órganos esféricos ubicados a la altura de los trapecios. Su función en el organismo era la de silicificar el cuerpo y hacer tolerable el proceso de simbiosis.
Durante la época de las primeras uniones se realizaron sinnúmero de intentos de simbiosis experimentales que daban como resultado con el fallecimiento del huésped; sin embargo, a causa de aquel constante envenenamiento silícico en los primeros sujetos, los cuerpos de estos terminaron creando los cordonadores como una respuesta evolutiva ante tan dura invasión biológica.
Los humanos que nacieron con la cordonancia tenían el privilegio y el derecho de decidir qué querían ser. Tenían puertas abiertas en la política, la milicia, la investigación, la innovación científica, o cualquier tipo de campo intelectual de prestigio. La galaxia y su esplendor era de ellos por el simple hecho de tener compatibilidad con los Hak’Zel.
Por otro lado, aquellos que no fueron bendecidos con el don de la cordonancia se vieron obligados a ganar su derecho de suelo y subsistencia haciendo trabajos pesados en planetas mineros y fábricas, es decir, todo campo laboral que implique fuerza bruta.
Una vez a ras de suelo la plataforma de ascensión, una horda de mineros era liberada en los carriles cuyo destino eran las frondosas minas basálticas. Misar encajó sobre sus hombros un pesado perforador y se dispuso a seguir su camino habitual hacia la mina.
Después de un relativamente corto trayecto desde la estación de trenes al complejo minero, llegó a la mina asignada a su bloque. Cuando de repente una voz conocida lo tomó por sorpresa.
—¡Misar! Mi amigo, mi todo, mi fiera. ¿Cómo estás? — Saludó efusivamente el Bar en la entrada de la cueva.
— Hola, Bar. Bien, estoy bien. — Respondió Misar sin interés.
— ¿Por qué esa cara tan larga? ¿No desayunaste? — Preguntó mientras se acercaba para rodear con su brazo el cuello de Misar.
— Esta es mi cara de siempre, ¿estás borracho otra vez?
— No, hoy no. Y no entiendo por qué la apatía, amigo mío, solo te vi triste y quise saber la razón.
— Bueno, como sea ¿se puede saber por qué tu cercanía repentina? Si quieres que te preste dinero, no tengo.
— !Jajá! Me alegra que preguntes, y no, no es eso — Bar recupera el tono vivaracho—. Verás, he sabido de parte de un informante muy confiable que la razón por la que ha habido tanta actividad del imperio en este planeta de porquería es debido a una reubicación de uno de los laboratorios de investigación imperiales. Por eso movieron a todo el complejo a KayCor.
— ¿Ajá? — Preguntó Misar con incertidumbre.
— Bueno, la cosa es que una banda de contrabandistas ofrece una jugosísima recompensa por fotografiar tridimensionalmente un cargamento especial. Nada más ni nada menos que 250.000 créditos. Eso es más del quíntuple de lo que puedes generar en un año ¿sabías?
— Okay... ¿Qué insinúas?
— No te lo tomes a mal, amigo mío. La razón por la que te estoy compartiendo este secretito es porque… no lo sé, quería agradecerte por lo del otro día, lo del cargamento y eso.
— No fue nada, no te preocupes.
Misar desconfiaba de las palabras de Bar, pues conocía muy bien su astucia de delincuente y su insaciable avaricia. Presentía que esa propuesta escondía algo detrás.
— No, no, insisto. Este trabajo fue encargado para mí, pero pensé en ti amigo mío, ¿qué dices? A un joven como tú no le vendría nada mal una jugosa paga extra, eh. Obviamente me llevaré el 30%, por la información, supongo que lo entiendes ¿no? Pero eso es algo simbólico ¿sabes? Estoy seguro que un jovencito ambicioso como tú no dejará pasar por alto esta oportunidad. — Susurró Bar al oído de Misar.
— Nah, me niego. — Respondió tajantemente apartaba al viejo minero de encima suyo.
—¿QUÉ? ¿Te niegas? — Dijo con una mezcla de asombro y descontento.
Bar dejó en suspenso al persuasivo Bar mientras caminaba con calma dirigiéndose a uno de los vagones de la mina.