Misar continuó con su labor como todos los días, no obstante, aquella propuesta resonaba en su cabeza. Aun siendo él una persona sin ambiciones, el hecho de tan siquiera imaginar una posibilidad remota de conseguir costearse un futuro prometedor mediante una “simple” misión no le podía ser indiferente.
Mientras estaba pulverizando las capas de gravilla rocosa, escuchaba el cuchicheo de sus compañeros de bloque. Hablaban acerca de los elegantes visitantes Imperiales, cuya llegada había sido transmitida por los medios locales de la región; asimismo, mencionaron cosas como el espectáculo que fue presenciar la marcha del General y su séquito, los misteriosos escoltas que se levantaban del suelo suspendidos como espectros, tantas cosas que daban el sentir en los mineros que hablaban de dioses y no de figuras de autoridad.
Misar deseaba con su corazón, no solo con su corazón, sino con su alma entera ver todo eso, ser parte de eso. Anhelaba palpar, aunque sea de lejos, la gloria del Imperio; la gloria de aquellos seres divinos a los que su padre dedicó su vida entera.
Terminó su jornada antes de lo usual, y su curiosidad se vio apaciguaba súbitamente en el momento en que tuvo que preparar sus herramientas mineras y las cargas de basalto. Tomó sus cosas, y se dirigió a la estación a esperar el próximo tren que lo dejara en su complejo residencial.
El tren llegó y, en lugar de dormir como usualmente hacía, su mente se dedicó a divagar una y otra y otra vez en el hecho que había vivido, en la oportunidad que se le había mostrado. Frente a él, al alcance de sus manos, se encontraba la oportunidad de salir de esa pocilga minera, de darle a su vida y a la de su madre un valor más allá que el de ser un número más en las interminables listas de personal minero.
Aun sabiendo que el costo de esa libertad era su vida, no supuso una traba en la determinación creciente de Misar, pues sabía que, sin lugar a dudas, lo que él tenía en ese entonces tampoco era vida.
Su dilema que casi concluía en la decisión de aceptar la propuesta de Bar, se vio respondido por él mismo tan pronto la estación llegó a su complejo residencial. “Es una tontería” se dijo a sí mismo, sabía que no era la primera vez que se ilusionaba con la idea de abandonar ese lugar. En son de proteger la poca esperanza que le quedaba, concluyó por dar por sentado que aquel prometedor trabajo no era más que una patraña de un embaucador quien seguramente tenía un interés oculto de por medio. Esa determinación tajante que aparentaba ser un escepticismo pesimista, ocultaba en realidad el corazón de un niño que no quería llenarse la cabeza de promesas falsas de un futuro que creía que no llegaría, un futuro en el que era libre de su yugo.
Después de llegar a su residencia y anunciar su llegada, Misar se encontró con la desconcertante sorpresa de que Gala no se encontraba ahí. Por lo general, siempre que Misar llegaba a casa lo primero que lo recibía era los bajos del tecno-jazz que su madre, así como ese saludo entusiasta al que tanto estaba acostumbrado. Sin embargo, esta vez fue distinto, al llegar a casa no hubo nada más que silencio.
Misar no tardó en concluir que esa extraña ausencia no era más que un retraso cotidiano por cualquier imprevisto suscitado en las ventas. Él sabía más que nadie que el horario laboral de Gala siempre fluctuaba y que no sería la primera vez que se atrasaba para la cena, no obstante, un mal presentimiento inundó su cuerpo.
Decidió no darle mucha importancia a esa “mala espina”. Descongeló dos de las raciones alimentarias encapsuladas que tanto odiaba, pero que a causa del cansancio se resignó a come, y mientras esperaba a que la cena prefabricada terminara de prepararse, se dispuso a navegar vagamente en Gallior — red social masiva destinada a no-cordonantes — desde su intercomunicador.
En el momento en que Misar caminaba al horno para callar la alarma que anunciaba que el proceso de descongelamiento había terminado, el sonido de las llaves en la cerradura de la puerta principal anunciaba que Gala había llegado a casa, sin embargo, no venía sola.
— Buenas noches, ma. La cena está ya he-.
— Misar, cariño, necesito que mantengas la calma y hagas lo que ellos dicen— Dijo Gala con una voz débil mientras caminaba suavemente siendo escoltada por dos siluetas enmascaradas.
— ¿Qué mierda está pasando? ¿Quién carajo son ustedes? — Soltó enseguida lo que sujetaba en sus manos.
— Tú, mocoso, necesito que te sientes en el sofá y te pongas estas ataduras en las manos y pies — La silueta que no tenía sujeta a Gala echó una atadura en el suelo—. Por cierto, cualquier puto movimiento y le rompo la tráquea a esta perra. — Amenazó la silueta detrás de Gala.
— Cariño, por favor... — susurró entre sollozos.
Sabiendo que era una tontería tan si quiera pensar la remota idea de desarmar a las amenazantes figuras, tomó las ataduras y se las puso en manos, pies y boca, tal y como se lo habían pedido.
— Ahora sí, dinos dónde están las llaves de acceso del almacén.
— Está bien, es por aquí. — Empezó a caminar tambaleante a través de la casa mientras que uno de los malhechores la sigue, el más robusto de los dos.
— Por cierto, para que no intentes nada con la pistola que evidentemente estás buscando al lado de la caja fuerte, quiero que sepas que, si intentas la más mínima cosa, por más pequeña que sea, le volamos la puta cabeza a tu hijo ¿estamos? — Advirtió la otra figura con voz femenina mientras colocaba el cañón de su pistola en la cabeza de Misar.
— Como digan... — Correspondió Gala.
Gala remueve el cuadro familiar colgado en la pared, dejando ver una pequeña caja metálica incrustada en la pared. Digitó una clave, escaneó su cornea derecha e izquierda, y luego recitó seis palabras para la verificación verbal. La caja se abrió suavemente, revelando así cuatro piezas metálicas.
— Esas son las llaves, por favor váyanse y déjen-