El Silencio de las Estrellas

Capítulo 4

Al llegar a casa, el silencio de esta fue indicador suficiente para que Misar supiera cómo había ido la reunión con Vick. Misar, con una esperanza débil, se acercó a Gala, quien se encontraba echa ovillo en el sillón de la casa.

Sutilmente se acerca y la rodea con sus brazos, acercándose a su oído para dar las buenas nuevas.

— Tranquila, ma. Ya vi cómo resolver el problema. — Susurró Misar con convicción.

Gala levantó su cabeza y vio a su hijo con ojos hinchados de tanto llorar.

— ¿De qué hablas? — Preguntó ingenuamente.

— Estuve canjeando un par de favores en la mina, je. Así que, si todo va según lo planeado, más tardar pasado mañana la cuenta estará saldada. — Misar le dio un tierno beso en la frente a su madre—. No serás esclava de nadie.

Gala se dio vuelta enseguida y se abalanzó sobre Misar para abrazarlo frenéticamente.

— ¿Puedo saber de qué se trata? —Preguntó Gala con emoción, pero a la vez con duda mientras todavía se encontraba sobre el cuello de su hijo.

— No es nada fuera de lo común, ma. Solo favores por favores, ya sabes. — Mintió.

Gala preparó la cena con entusiasmo, y Misar trató con todas sus fuerzas de enmascarar su miedo con una sonrisa. Preparó pasta con albóndigas, uno de los platos favoritos de su hijo y, por primera vez en mucho tiempo, Misar experimentó lo que era una cálida cena con su mamá.

Gala había entendido que aquella pantomima de frialdad no servía para nada más que lastimar el corazón de su hijo. Concluyó enseguida que el dolor es un componente inevitable de la vida, que quien vive ama, y quien ama sufre. Decidió que después de ese día no volvería a perderse ni una conversación con su hijo, que todo el inmensurable amor que sentía por Misar no sería reprimido ni limitado a gestos carentes de sentido.

La conversación madre e hijo continuó incluso después de que los platos se encontraban vacíos. Anécdotas, historias de juventud y bromas fueron intercambiadas entre madre e hijo, y gracias a las risas e incontenibles carcajadas Misar pudo olvidarse por un instante del hecho de que tal vez mañana podía ser su último día, del hecho de que era un esclavo de un régimen que no le interesaba su bienestar, del hecho que el destino de su vida había sido sellado desde mucho antes de nacer. Por primera vez en muchos años Misar rio y agradeció al universo estar vivo.

— Te amo, mi pequeño solecito —. Dijo Gala sonriente mientras sostenía el rostro de su hijo y lo contemplaba con una mirada desbordante de amor, de un amor que solo puede tener una madre por su hijo.

La resiliencia de Misar se rompió. Sus ojos se cristalizaron y lágrimas empezaron a brotar de ellos, Misar no podía explicar ese sentimiento. Aquel cálido amor de la caricia de una madre era algo a lo que estaba demasiado poco acostumbrado.

La impasible expresión de Misar se convirtió en un gesto de llanto.

— Te amo, mamá. No sé que haría sin ti. — Misar se derrumbó en los brazos de su madre.

Gala empezó a llorar también.

— No tienes por qué llorar, tonto. Estaré contigo todo el tiempo que este cuerpo me permita existir, e incluso cuando haya partido, mi amor estará contigo. ¿Sabes qué significa tu nombre?

— No.

— Jaja, es gracioso. Tu padre y yo no sabíamos que nombre ponerte. Pensamos en ponerte Hushaim como tu abuelo, o Malec como tu padre, pero no nos gustaba ninguno de los dos.

— Menos mal, qué nombres tan horribles. — Misar rio. — Entonces, ¿por qué “Misar”?

— Misar es un nombre mourelio, significa: “Amado por las estrellas”. Sé que tal vez sea un poco cursi y ridículo, pero tu papá y yo nos decíamos de cariño nombres de soles.

— Iugh.

— Jaja, lo sé. Tu padre y yo nos amábamos como no te imaginas, sin embargo, ese amor se transformó en algo más trascendental al momento en que naciste. Iluminaste nuestro mundo y te convertiste en nuestro sol, nuestra estrella, el centro de nuestro universo.

— Eso es… lindo.

Gala señaló hacia una de las ventanas del apartamento, la cual revelaba un hermoso cielo vibrante de destellos y estrellas.

—Ahora, cada que veas el cielo y contemples las interminables estrellas, ten por seguro que una de ellas es papá, tal y como lo seré yo cuando parta. Asimismo, recuerda que existiremos en el infinito del universo, permaneciendo por el amor que sentimos hacia ti.

Misar vio el estrellado cielo con un sentimiento diferente a lo usual; aunque siempre acostumbró a contemplar la infinidad del universo, aquel mar de estrellas y de colores celestiales nunca antes había tenido el impacto en él como el que tuvo esa noche. Se dio cuenta que el cielo era un mapa, un mapa de amor. Supo que cada estrella tenía una historia y un significado, y que probablemente, sin importar la incompresible distancia a la que estaban esas estrellas, aquellos colosales astros significaban algo más, algo más profundo.

Ese momento que Misar deseó que fuera eterno terminó tan pronto se percató que la noche ya estaba bastante avanzada, y que el tiempo de descanso se agotaba.

Misar se levantó de la mesa y le dio un último abrazo a mamá, como si de una despedida se tratara. Recogió los platos y se dirigió a su cuarto, con un vértigo en su pecho que agitaba su respiración.

Después de un descanso ficticio en el que la mente de Misar se debatía entre preguntas y dudas, llego el alba al planeta Basalto. Se arregló, vistió y a duras penas ingirió un par de bocados de pan. En el trayecto a la mina, Misar se convencía a sí mismo de estar listo para lo que sea que le fuera a proponer Bar.

En la mina, Bar estaba esperándolo tal como dijo en el puesto de control.

— ¡Buenos días, solecito! ¿Preparado para hacer el trabajo de tu vida? — Saludó animosamente el viejo minero.

— Buenos días, Bar. Ahora sí, ¿de qué se trata? — Preguntó Misar con una fría determinación en su mirada.

Procedió Bar a proyectar una simulación estructural de las instalaciones del Centro de Investigación de KayCor.




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