Misar se adaptó con facilidad a su nuevo entorno. Procuraba colaborar en la medida de lo posible con la familia que lo había acogido. En este período de aproximadamente dos semanas, Misar permaneció en la ignorancia de lo relacionado a su cordonancia inducida, no por que no quisiera saber; sino por que cada que preguntaba, Julian respondía cosas como “Después te explico” o “Ya lo sabrás”.
El ahora Maratori permaneció en soledad en todo este periodo, con visitas muy esporádicas de sus compañeros de Crimson Cross. Algún día era Julian, otros muy pocos días eran Olaya o Paul, y casi nunca era Nima o Idaho. Sus interrupciones se limitaban a avisarle que había recibido un paquete, debía hacer guardia en los alrededores del socavón — tarea obligatoria para todos los ciudadanos de Dul’Var de la edad de Misar — entre muchos otros anuncios cotidianos que se limitaban a eso, anuncios. Misar no compartió ni una sola palabra con ninguno de ellos. No por falta de ganas, sino por un sentimiento de exclusión tan grande que lo hacía sentir como nada más que un protagonista.
En sus tiempos libres, Misar se enclaustraba en su nueva habitación, a contemplar las luces amarillentas de las lianas que colgaban de todas las edificaciones. No tenía ambición aparente y, a pesar de aquella llama de determinación que mostró a Julian al momento de ser reclutado por Crimson Cross, a duras penas reunía las fuerzas para levantarse de la cama.
Se cumplió el día quince desde que llegó a Rool, cuando Julian se decidió por contarle a Misar más acerca de lo que sucedería, y de su nueva naturaleza como Maratori.
Mientras Misar veía por la ventana ensimismado como siempre, dos golpes en la madera de la puerta interrumpen el silencio de la habitación.
— Soy Julian. ¿Puedo pasar? — Se escuchó desde afuera de la puerta.
— Seguro. — Misar mantuvo su mirada en la ventana.
Julian abrió la puerta con delicadeza y la cerró una vez estuvo dentro.
— Es hora de hablar, ya obtuve el permiso de los oráculos. Así que ya es hora de que conozcas más de lo que eres ahora.
Aquella última frase captó la atención de Misar, quien ahora giró su mirada suavemente a Julian.
— ¿Oráculos? — Preguntó con confusión.
— Larga historia, después te cuento. — Caminó hacia el escritorio y señaló con la mirada la silla —. ¿Puedo?
— Seguro.
Misar acomodó perezosamente su postura y se sentó en el borde de la cama, con sus pies colgando y su mirada perdida en el haz de luz que se dejaba ver por debajo de la puerta.
Julian no sabía bien cómo abordar el tema.
— Verás… Hay muchas cosas que debes saber ahora. No te dije esto antes, pero ahora tienes una responsabilidad muy grande sobre tus hombros.
Misar mantuvo su mirada en el mismo punto.
— No me digas… — Sonrió Misar levemente.
— Sí, una responsabilidad que te di yo, de hecho. — Restregó suavemente su rostro con su mano derecha. — Para entender la verdad, necesitas dar por hecho que todo lo que te ha dicho el Imperio es mentira.
Misar exhaló un suspiro de risa.
— Cuenta con eso.
Julian empezó a contar la historia de origen de los Steinspinnen con lujo de detalles. Cuál era la dinámica social que llevaban en su planeta natal, así como la guerra que ocasionó que “ambas” facciones se destruyeran mutuamente. La narrativa vendida por el Imperio era, sin lugar a dudas, una de las más grandes patrañas de la galaxia.
Hace mucho tiempo, en el planeta Pylos — conocido para los humanos como Poltergeist— la vida echó raíces de la misma forma que en la Tierra, con la pequeña diferencia de que el elemento base de la biología de este planeta era el silicio. Eventualmente, las rutas evolutivas fueron definiendo las razas dominantes y la cadena alimenticia del sistema, coronando a los Steinspinnen como la especie dominante del planeta. Estos seres arácnidos tenían varias ventajas biológicas que les permitió avanzar tecnológica y militarmente a pasos agigantados; una estructura biológica densa pero amoldable, un intelecto superior a varias razas nativas de otros sistemas y, lo más importante de todo, el acceso a una dimensión espacial más alta.
La sociedad Steinspinnen estaba dividida en dos grupos muy bien marcados: Los Holli’at y los Hak’Zel. Aunque ambos grupos tenían innumerables diferencias los unos con los otros, se necesitaban mutuamente para sobrevivir. Se necesitaban el uno al otro para la reproducción de su especie. Es decir, puesto en estándares terrícolas, los Hak’Zel eran el equivalente a los varones y las Holli’at eran el equivalente a las hembras.
Misar entendió de inmediato la razón por la que el tema del origen de los Hak’Zel era un tabú tan grande para ellos.
— Conque eso… Ya veo. — Dijo Misar mientras acariciaba su mentón. — Así que HuuSaaran no es un “él” sino un “ella”.
— Sip, así es. Aunque debo decirte que no existen tales cosas como los “géneros” en la cultura Steinspinnen. Ambos se perciben a ellos mismos de forma asexual.
Luego le contó acerca del origen de la guerra; la razón por la que los Hak’Zel huyeron despavoridos de su planeta natal. La historia era sencilla: con el constante avance intelectual de la raza Steinspinnen, estos empezaron a entablar alianzas clave con múltiples razas en los sistemas aledaños a ellos, siendo una de estas razas los “Vilmor”. Los Vilmor eran aliados devotos de los Steinspinnen, pero tenían la mala costumbre de ser particularmente rigurosos en todo lo relacionado con sus creencias. A causa de una “tonta” diferencia religiosa entre los Vilmor y los Kikior, estas dos razas iniciaron un conflicto que no tardó en escalar. Aunque la postura de los Steinspinnen fue neutral durante el inicio de esta disputa, las ansias de guerra de los Hak’Zel justificadas con la excusa de “evitar una posible invasión” ocasionaron que los líderes Hak’Zel decidieran diseñar un meticuloso plan expansionista que llevaban gestando durante muchísimo tiempo. Los Hak’Zel no temían a la muerte, pero no eran tontos. Sabían muy bien que para iniciar una guerra de tan gran escala — pues planeaban invadir y conquistar otros sistemas una vez acabaran con los Kikior — necesitaban un gran número de soldados. Las Holli’at, quienes eran las encargadas del ámbito diplomático e intelectual de la sociedad, se negaron rotundamente a estos planes de expansión, pues sabían que no estaban motivados por nada más que una sed irracional de sangre por parte de los Hak’Zel. Los Hak’Zel se tomaron muy mal esta oposición, y fue cuestión de tiempo para que la petición de aprobación se convirtiera en exigencia. Los Hak’Zel necesitaban de las Holli’at para reproducirse, por lo que necesitaban sí o sí la cooperación de estas para llevar a cabo su plan. Las tensiones dentro de la sociedad Steinspinnen escalaron rápidamente, y se desató una feroz guerra entre los Hak’Zel y las Holli’at. Las Holli’at, quienes no tenían aptitud bélica, sucumbieron prisioneras rápidamente ante la ofensiva y tácticas de combate de los Hak’Zel, siendo forzadas a reproducirse con los Hak’Zel. Las Holli’at que seguían libres, lideradas por HuuSaaran, decidieron elaborar un plan para erradicar a Gheerios, el líder Hak’Zel de esta revolución. Llevaron a cabo el plan con éxito. Y con Gheerios asesinado, fue cuestión de tiempo para que los Hak’Zel fueran eliminados en la mayor parte del planeta. Gheerios’Hau, el primogénito del líder Gheerios, viendo su inevitable derrota decidió huir junto a un puñado de Hak’Zel — los más poderosos — hacia un pequeño planeta que había captado su atención milenios atrás: la Tierra. Fue en este período cuando conocieron a Von Doriak y surgió el Imperio Maratori. Pasó muy poco tiempo para que los ahora llamados Maratori doblegaran al resto de civilizaciones de la galaxia. Con este poderío incomparable, las Holli’at sucumbieron prisioneras y fueron reducidas a incubadoras, incluyendo a HuuSaaran. Sin embargo, un pequeño grupo de Holli’at logró escapar del yugo del Imperio Maratori, viviendo ocultas en las sombras en pequeños planetas alejados de la mirada del Imperio. Entre esas Holli’at que lograron huir se encontraban las Holli’at que yacían en el interior de Julian y Olaya.