Un silencio reposado recorría las calles de Rafiri, como si la noche se sintiera estancada. Misar trató de conciliar el sueño, pero fue inútil. Por cada intento de despejar su mente, una ráfaga de realidad lo acribillaba sin tregua. Era la primera vez en su vida que dormía en la misma habitación que otra persona. La educación del planeta Basalto era más bien pobre; solo se limitaba a explicar las generalidades del universo y estaba centrada principalmente en desmenuzar todos los detalles posibles de la labor minera. Cosas como la cultura y la sexualidad se remitían al ámbito familiar, donde los padres eran los encargados de, a cierta edad, esclarecer estos temas a sus hijos. Sin embargo, el caso de Misar era distinto. Nunca tuvo dicha conversación con Malec, pues este había muerto cuando Misar era todavía muy joven para tan siquiera pensar en el sexo opuesto. Y en cuanto a Gala, esta siempre solía evadir las preguntas que Misar le hacía acerca de cosas “sucias” que escuchaba en el ambiente minero. Con el tiempo Misar optó por resignarse y dejar de indagar esa “parte” de su identidad. No obstante, como todo varón de su edad, no estaba exento del instinto y la necesidad biológica.
La habitación era relativamente pequeña, pero contaba con lo esencial. Aquella habitación había pertenecido a Rimo y Mikira, los hijos del Sr. Loray, quienes ya para ese entonces eran adultos con familias propias. Solía tener una litera de abedul negro, pero que a causa del transcurso de los años fue apolillándose, viéndose en la necesidad de ser reemplazada por dos pequeñas camas de una plaza ubicadas en los laterales de la habitación. Entre ambas camas, había una ventana cubierta por una cortina de lino, que ondeaba con las impetuosas ráfagas de viento que se escurrían de entre las aperturas de la ventana.
Desde los 19 días que llevaba conociendo a Nima, nunca había intercambiado palabras más allá de lo necesario con ella. Que, si bien era cierto que sentía cierto recelo por el constante trato áspero que tenía ella para con él, no podía sentir interés en ella. Al fin y al cabo, era una jovencita bastante atractiva. En los primeros minutos de la noche, en los que cada uno se subió a su cama respectiva, se convenció a sí mismo que era fundamental tener por lo menos una relación de cordialidad con ella; y que no habría mejor oportunidad para intentar charlar que aquella.
Misar, quien se encontraba en posición cadavérica con la cobija cubriéndolo hasta la cintura, se armó de valor y decidió hacer el intento de iniciar una conversación con su compañera.
— ¿E-Estás despierta? — Preguntó, casi sin esperar respuesta.
Hubo unos instantes de silencio que se convirtieron de inmediato en arrepentimiento.
— Sí, no puedo dormir. — Respondió Nima, quien se encontraba acostada de lado viendo a la pared.
El corazón de Misar se aceleró por un segundo.
— ¿Puedo preguntarte algo?
— Seguro.
— ¿Por qué te caigo mal? — Preguntó Misar mientras inspeccionaba de reojo la reacción de Nima.
De repente, Nima se volteó en silencio y clavó una mirada en Misar que podía sentirse aun en la oscuridad de la noche.
— ¿Qué te hace creer que me caes mal?
— No lo sé. Siempre me tratas muy ásperamente, y la verdad no recuerdo haber hecho algo que te moleste.
Nima soltó una risa entrecortada, como si fuera un suspiro.
— Así trato a todos. No te lo tomes personal.
— No te creo.
— ¿Me estás llamando mentirosa?
Nima se incorporó un poco más.
— No es eso. Realmente siento que no eres tan hostil como quieres hacer creer.
— Jum. ¿Eso crees?
— Sí.
Nima volvió a acostarse.
— No me conoces.
Misar se levantó y se recostó a la pared, viendo fijamente a Nima.
— Si es así, entonces ¿por qué quisiste salvarme esa vez en el CIBK?
Nima se quedó en silencio por unos segundos.
— Conque sí te acuerdas de eso…
— Sí, me acuerdo de eso. Y sé que no tuviste ningún motivo para hacerlo, simplemente sentiste compasión por mí. — Misar rio. — No te voy a mentir, todavía me molesta un poco el hecho de que sabías que moriría, pero bueno, trato de entender tu posición.
Nima se incorporó nuevamente y se recostó a la pared. De tal forma que ambos se miraban en silencio.
— Tienes razón, Misar. Por lo general trato a las personas de una forma un poquito áspera, pero es por que tengo la creencia de que todos son unos imbéciles sin corazón.
— ¿Yo te parezco un imbécil sin corazón?
— Aun no me has demostrado lo contrario.
Nima subió sus rodillas y apoyó sus manos en ellas.
— ¿Y de qué forma puedo hacerlo? — Preguntó Misar.
— No lo sé. El tiempo lo dirá.
— Bueno, supongo que no puedo hacer mucho en ese caso. ¿Puedo hacerte otra pregunta?
— Hazlas y ya, ¿es la primera vez que conversas con una chica?
Nima soltó una pequeña risa.
Misar se ruborizó.
— De hecho, es la primera vez que converso con alguien aparte de mi madre. — Respondió avergonzado.
Nima se avergonzó de su pregunta, y recordó de inmediato el tipo de vida que había llevado Misar.
— Sabes. Nunca tuve la oportunidad de decirte esto, pero… Lamento pérdida. Lo de tu mamá, y eso.
De repente, el tono de Nima fue endulzándose poco a poco y empezó a tomar una postura de comodidad, haciendo rulos con algunos de sus mechones dorados.
— No te preocupes. Trato de no pensar en eso.
— Escuché que Olaya te consoló en ese momento. — Dijo Nima con cierto tono pícaro.
— Algo así.
— Ya veo…— Aclaro la voz. — ¿Piensas a menudo en ella?
Se aceleró por un instante el pulso de Misar. No supo qué responder.
— ¿E-En Olaya?
Nima soltó una pequeña carcajada.
— No, idiota. Hablo de tu mamá.
En aquel instante, un flujo sanguíneo caliente recorrió la nuca y orejas de Misar. Estaba experimentando la vergüenza por primera vez en su vida.
— Ah, claro. Sí, pienso mucho en ella.