El Silencio De Los Cuervos

CAPÍTULO 40: LO QUE VELA NO DUERME

“Hay silencios que no descansan porque fueron creados para custodiar.”

El sendero no llevaba a ningún lugar reconocible.

Elías caminó durante lo que podrían haber sido horas o apenas segundos. En la vigilia, el tiempo no se medía por pasos, sino por recuerdos que despertaban. Cada tramo del camino hacía emerger fragmentos ajenos: palabras nunca dichas, promesas rotas antes de nacer, gritos sofocados en gargantas que ya no existían.

Los cuervos seguían allí.
No todos visibles.
Algunos solo se anunciaban por la sombra que cruzaba el suelo.

Elías comprendió algo inquietante:
la vigilia no era un lugar.
Era una función.

Llegó a un claro circular. En el centro, había una figura arrodillada, cubierta por un manto de plumas negras. No parecía viva, pero tampoco muerta. Respiraba con un ritmo lento, como si imitara al mundo.

Elías se acercó sin miedo.

—¿Qué vigilas? —preguntó.

La figura levantó el rostro. No tenía ojos. En su lugar, había superficies lisas, como piedra pulida por siglos de espera.

—Aquello que ustedes olvidan —respondió con una voz que no venía de su boca, sino del aire mismo—. Aquello que callan hasta que se pudre.

Elías sintió el peso de esas palabras asentarse en su pecho. Entendió entonces por qué había llegado hasta allí. No para ser salvado. No para huir.

—¿Y si no quiero custodiarlo? —dijo.

La figura inclinó la cabeza.
—Entonces lo custodiarás igual… pero desde el otro lado.

El silencio se tensó. Los cuervos se agitaron por primera vez desde que comenzó la vigilia. No graznaron: alertaron.

Elías dio un paso atrás y algo cambió en él. No fue dolor. Fue claridad.

—No vine a dormir lo que otros no soportan —dijo con firmeza—. Vine a escuchar sin desaparecer.

El manto de plumas cayó al suelo. La figura comenzó a desvanecerse, como humo absorbido por la tierra. Antes de irse, dejó una frase suspendida, grabada en el aire:

Quien escucha sin romperse
ya no es humano del todo.

El claro quedó vacío.
Pero Elías no estaba solo.

Sintió nuevas presencias despertando más allá del bosque, más allá incluso de la vigilia. Ecos antiguos, atentos. Interesados.

La noche cayó sin oscuridad.
Y por primera vez, Elías entendió el verdadero peligro de su camino:

El silencio ya no quería reemplazarlo.
Quería usarlo como voz.

Los cuervos cerraron el círculo.
La vigilia continuaba.




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