El Silencio De Los Cuervos

CAPÍTULO 7: LOS QUE FALLARON AL ESCUCHAR

“No todos los oídos resisten lo que el silencio devuelve.”

Elías despertó sin haber dormido.

La vigilia no concedía descanso, solo intervalos de quietud. El claro había cambiado: donde antes hubo tierra desnuda, ahora se alzaban círculos de piedra marcados con símbolos incompletos, como frases interrumpidas a mitad de sentido. Los cuervos permanecían en las alturas, tensos, atentos a algo que aún no se mostraba.

Entonces los vio.

Figuras humanas, sentadas alrededor del claro, inmóviles. Sus rostros estaban intactos, pero sus bocas habían sido selladas con hilos negros que se hundían en la piel. No sangraban. No respiraban con dificultad. Simplemente… escuchaban demasiado.

Elías dio un paso. El suelo crujió como si protestara.

Una de las figuras alzó la cabeza. Sus ojos se abrieron de golpe, desmesurados, llenos de palabras que no podían salir.

—¿Quiénes son? —preguntó Elías, sabiendo que la respuesta dolería.

El aire respondió por ellos:
—Vigilantes que confundieron escuchar con cargar.

Elías sintió el peso de esa frase caer como una campana rota. Comprendió que aquellos no habían sido vencidos por el ruido ni por el miedo, sino por la culpa ajena, aceptada sin filtro, sin límite.

Se arrodilló frente a uno. Al tocarle el hombro, una avalancha de voces intentó atravesarlo: súplicas, reproches, nombres repetidos hasta perder significado. Elías retiró la mano, firme.

—No —dijo—. No todo me pertenece.

Las figuras se estremecieron. Algunas se agrietaron como estatuas viejas; otras se disolvieron en polvo oscuro que el viento se llevó. Solo una permaneció intacta.

Esta levantó la cabeza lentamente. A diferencia de las otras, no tenía los hilos cerrándole la boca. Sonrió.

—Aprendiste tarde —dijo—. Pero aprendiste.

—¿Quién sos? —preguntó Elías.

—Fui el primero —respondió—. El que creyó que el silencio necesitaba un mártir.

Los cuervos graznaron por primera vez. No fue un sonido de ataque, sino de advertencia. El cielo se oscureció sin nubes. Algo se aproximaba, algo que no quería ser escuchado, sino obedecido.

La figura se puso de pie y señaló el sendero que nacía al borde del claro.
—La vigilia termina cuando elegís a quién no escuchar.

Elías asintió.
Por primera vez desde que empezó el camino, supo exactamente qué hacer.

Se alejó del claro sin mirar atrás. Las piedras se hundieron en la tierra. Las figuras desaparecieron. Los cuervos retomaron su vuelo circular.

Y en la distancia, una presencia antigua —más vieja que el bosque, más honda que el silencio— pronunció su nombre.

No como un llamado.
Como una orden.

Elías siguió caminando.

Porque ahora sabía la verdad final de la vigilia:

No todo eco merece respuesta.
Y no toda voz merece un guardián.




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