“Hay voces que no piden ser oídas; exigen ser aceptadas.”
El nombre de Elías siguió resonando aun cuando el sendero se quebró en piedra y sombra.
No venía de un punto fijo.
No tenía dirección.
La voz estaba en todas partes donde él había callado alguna vez.
Los cuervos se dispersaron de pronto, como si una fuerza invisible hubiera atravesado el aire. No huyeron: cedieron espacio. El bosque se abrió en un anfiteatro natural, formado por troncos retorcidos que parecían inclinarse hacia el centro, atentos a un juicio antiguo.
Allí estaba.
No tenía forma estable. A veces parecía un cuerpo alto, cubierto por capas de sonido endurecido; otras, solo una grieta vertical en el aire, vibrando como una garganta abierta. Cada vez que la voz hablaba, el suelo temblaba.
—Has escuchado demasiado —dijo—. Ahora debes responder.
Elías sintió la presión en el pecho, no como miedo, sino como responsabilidad impuesta. Comprendió que aquella entidad no buscaba destruirlo. Quería algo peor: convertirlo en instrumento.
—No todo lo que escucha merece respuesta —dijo Elías, recordando las palabras del claro.
La forma osciló. Por primera vez, la voz vaciló.
—Fuiste creado para esto —insistió—. Para cargar lo que otros no soportan.
Elías avanzó un paso. El silencio a su alrededor se tensó, expectante.
—No fui creado —respondió—. Fui elegido. Y también puedo elegir.
Los cuervos regresaron, uno a uno, posándose en los troncos como jueces inmóviles. Sus ojos reflejaban escenas que no estaban ocurriendo: vigilantes cayendo, campanas rompiéndose, bocas cerrándose por voluntad propia.
La entidad retrocedió, no en espacio, sino en certeza.
—Si no respondes… —comenzó.
—Entonces el eco se queda solo —completó Elías.
La voz se fragmentó. No gritó. Se dispersó, como un mandato que pierde autoridad cuando deja de ser creído. El anfiteatro se desmoronó lentamente, volviendo a ser bosque.
Elías quedó de pie, exhausto pero entero.
Los cuervos descendieron y formaron una línea frente a él. No como escolta. Como reconocimiento. Uno de ellos dejó caer a sus pies una pluma gris, distinta a todas las demás.
Elías la recogió. No era ligera. Pesaba como una decisión.
Comprendió entonces que la vigilia se acercaba a su fin.
No porque hubiera vencido a la voz, sino porque ya no necesitaba demostrar nada.
El sendero reapareció, más estrecho, más humano.
Y mientras avanzaba, una última certeza se asentó en él:
El silencio no exige.
Solo espera a quien sepa cuándo responder…
y cuándo no.
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psicologia misterio, pasado oculto, desconfianza a los desconocido
Editado: 28.12.2025