Capítulo 1
El viento cortante se colaba por las grietas de la vieja mansión, arrastrando consigo un aroma a nieve húmeda y madera podrida. Eira avanzaba con cautela por el corredor, sintiendo cómo cada crujido bajo sus botas resonaba como un tambor de advertencia. La luz tenue de su linterna apenas iluminaba los retratos antiguos que miraban desde las paredes, sus ojos pintados siguiendo cada uno de sus pasos.
No recordaba cómo había llegado hasta allí. La última memoria nítida era la voz de su madre, urgente y temblorosa, diciéndole que no confiara en nadie. Ahora, sola entre sombras heladas, todo parecía un eco distorsionado de esa advertencia.
Un susurro rasgó el silencio. Eira se detuvo, conteniendo la respiración. No había nadie. Solo el viento… o eso quería creer. Pero había algo extraño en el aire: un aroma metálico, como sangre vieja, y un frío que no venía de la nieve exterior. Caminó unos pasos más, y la linterna iluminó un medallón caído en el suelo. Sus dedos lo rozaron, y un estremecimiento recorrió su cuerpo. La superficie grabada con símbolos antiguos parecía latir, como si respirara.
Entonces lo escuchó: un crujido, esta vez detrás de ella. Eira giró con rapidez y vio la silueta de un hombre, alto y encapuchado, emergiendo de la oscuridad. Su rostro permanecía oculto, pero la sensación de peligro era tan intensa que Eira sintió que el corazón se le detenía.
—No deberías estar aquí —dijo la figura con una voz que parecía surgir de las paredes mismas—. Ellos te buscan.
Eira tragó saliva. “¿Quién… quién me busca?”
—Los Hijos del Hielo —respondió él—. Y no se detendrán hasta encontrar lo que llevas.
El nombre le heló la sangre. Algo en su interior despertó, un recuerdo difuso de su infancia, de cuentos que su madre le contaba sobre seres que caminaban entre las sombras y que solo aparecían cuando la nieve caía sin fin. Ahora entendía que esos cuentos eran advertencias, no fantasías.
—¿Qué quieren de mí? —preguntó, intentando mantener la voz firme.
—Lo que todos buscan: el legado —dijo, antes de girar y desaparecer entre la penumbra.
Eira quedó sola, con el medallón palpitando en sus manos y la certeza de que nada volvería a ser igual. Afuera, la tormenta arreciaba, cubriendo la mansión bajo un manto blanco e impenetrable. Dentro, el silencio se hacía cada vez más denso, cargado de secretos antiguos y promesas rotas.
Algo crujió detrás de ella de nuevo, y esta vez no había dudas: ya no estaba sola. Los Hijos del Hielo habían comenzado a moverse, y Eira sabía que su destino, y el de aquellos que aún creían en la luz, pendía de un hilo de hielo.
Con un temblor en las manos y el corazón latiendo a toda velocidad, tomó una decisión: no huiría. No aún. Era momento de enfrentar aquello que su madre había llamado la sombra de su sangre.
Y mientras la nieve caía implacable sobre la tierra, Eira dio el primer paso hacia un invierno que prometía ser eterno.