El silencio de los Olvidados 2 los hijos del hielo

El sótano de secretos

Capítulo 2

Eira se detuvo al final del corredor, apoyando la frente contra la fría pared de piedra. El medallón seguía palpitando en su mano, como si quisiera guiarla o advertirla. La mansión parecía viva, respirando a su alrededor, con sombras que danzaban entre los muebles cubiertos de polvo y los retratos antiguos.

Cada paso que daba hacía crujir el suelo, un sonido que se multiplicaba en el silencio absoluto. Intentó recordar las palabras del hombre encapuchado: “Ellos te buscan. Los Hijos del Hielo”. La frase resonaba en su mente como un eco incontrolable. ¿Quiénes eran? ¿Qué buscaban en ella?

Se armó de valor y decidió explorar la biblioteca, un lugar que su intuición le decía que guardaba respuestas. Las estanterías se alzaban como muros de secretos, y los libros, cubiertos de polvo y telarañas, susurraban historias olvidadas. Eira caminó entre ellos hasta encontrar un volumen extraño: encuadernado en cuero grisáceo, con símbolos que coincidían con los del medallón.

Al abrirlo, un soplo de aire gélido la recorrió. Las páginas estaban llenas de escrituras que parecían moverse y reacomodarse cuando las miraba. No entendía las palabras, pero sí la sensación de que el libro estaba vivo, observándola. Entre las letras, una frase resaltó en su mente:

"El invierno no solo congela la tierra, también despierta la sangre que heredaste."

Un ruido detrás de ella la hizo girar. La silueta encapuchada estaba nuevamente allí, esta vez más cercana, pero sin avanzar. Eira contuvo la respiración, el corazón golpeándole en el pecho.

—No puedes permanecer aquí —dijo la figura, su voz un susurro que parecía surgir de las paredes mismas—. Ellos sienten tu presencia, y cada segundo que pases aquí los fortalece.

—¿Quiénes son “ellos”? —preguntó Eira, intentando sonar firme, aunque el miedo le nublaba la voz—. ¿Qué quieren de mí?

—No son humanos, al menos no del todo —respondió él—. Los Hijos del Hielo son antiguos, tan antiguos como la nieve que cubre este mundo. Están ligados a tu sangre, y tú eres la llave que abre su poder.

Eira sintió un escalofrío que le recorrió la columna vertebral. Su madre siempre le había hablado de secretos familiares, pero nunca imaginó que eran tan oscuros, tan reales.

—¿La llave… para qué? —preguntó, temblando—. ¿Para qué quieren mi sangre?

—Para despertar un invierno que no tendrá fin —dijo él, girando hacia la puerta que llevaba al sótano—. Y si no actúas rápido, no habrá regreso.

Sin pensarlo, Eira siguió sus pasos hacia la escalera de madera que crujía con cada pisada. Cada escalón parecía alejarla de la seguridad del mundo conocido y adentrarla en un abismo de secretos ancestrales.

Al llegar al sótano, la linterna iluminó una cámara subterránea llena de símbolos grabados en las paredes y extraños artefactos cubiertos de hielo. El aire era más pesado, cargado de un frío que penetraba la piel y hacía que sus huesos dolieran. El medallón comenzó a brillar con intensidad, como si reconociera aquel lugar.

—Aquí es donde empieza todo —dijo la figura encapuchada, señalando un círculo grabado en el suelo—. Tu prueba, tu legado, y tu destino.

Eira tragó saliva. Sabía que no había vuelta atrás. La nieve caía afuera, implacable, y dentro de aquel sótano, la historia de los Hijos del Hielo estaba a punto de despertar, llevándola a un camino donde cada decisión podría ser la última.

El eco de su propia respiración parecía mezclarse con el susurro del medallón, y por primera vez, Eira comprendió que su vida ya no le pertenecía. La oscuridad y el hielo la reclamaban, y el invierno que estaba por venir no perdonaría a nadie




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