Capítulo 3
El sótano olía a hielo antiguo y a madera húmeda. Eira sostuvo el medallón con fuerza, como si fuera el único ancla que la mantenía cuerda en medio de aquella atmósfera que parecía respirar a su alrededor. Los símbolos en las paredes brillaban tenuemente con la luz de la linterna, reflejando formas que no entendía, pero que reconocía de alguna manera, como recuerdos dormidos en su sangre.
—Debes comprender tu conexión —dijo la figura encapuchada, con la voz que parecía surgir de las piedras mismas—. Este lugar es más que una cámara, Eira. Es un umbral. Los Hijos del Hielo no son simples leyendas: son guardianes de un poder antiguo, y tú… eres parte de él.
Eira tragó saliva. Cada palabra resonaba con fuerza en su pecho, despertando emociones que no sabía que tenía: miedo, curiosidad y algo más profundo, un vínculo que iba más allá de la sangre y la memoria.
El hombre extendió la mano hacia un pequeño cofre cubierto de escarcha. Cuando lo abrió, un resplandor azul surgió de su interior. Dentro, había fragmentos de cristal que parecían contener pequeñas tormentas en su interior, girando y chocando entre sí sin fin.
—Esto es un fragmento de su poder —explicó—. Cada uno de los Hijos del Hielo posee uno, y juntos forman el legado que mantiene el equilibrio entre el invierno y la vida. Si cae en las manos equivocadas, el mundo se sumirá en un frío eterno.
Eira extendió la mano, temblando, y tocó uno de los cristales. Al instante, un torrente de imágenes invadió su mente: paisajes congelados, criaturas que caminaban entre la nieve, y voces que susurraban su nombre desde la oscuridad. Cerró los ojos, tratando de apartar la sensación, pero era inútil. Su corazón latía al ritmo de aquel poder antiguo que ahora corría por sus venas.
—Debes decidir —dijo la figura encapuchada—. Puedes huir y esconderte, pero tarde o temprano ellos te encontrarán. O puedes aprender a controlar tu legado y enfrentarlos.
Eira respiró hondo. Sabía que huir ya no era una opción. Todo su pasado, toda su sangre, la había llevado hasta ese momento. Si no enfrentaba aquello, no solo su vida estaría en peligro, sino también la de todos los que aún creían en la luz.
—Entonces… enséñame —susurró, con la voz firme pese al miedo que sentía.
Un instante de silencio llenó la cámara, solo roto por el crujido de la escarcha bajo sus pies. Luego, la figura encapuchada asintió y comenzó a trazar símbolos en el aire, que se materializaban en luz helada frente a ellos. Cada línea parecía tocar una parte de Eira, activando memorias y sensaciones olvidadas.
El medallón en su cuello vibró, y por primera vez, Eira sintió que comprendía algo: el poder de los Hijos del Hielo no estaba solo afuera, sino dentro de ella. Era su sangre, su destino, y su responsabilidad.
Afueras, la nieve continuaba cayendo, silenciosa y espesa, como un manto que cubría la tierra y ocultaba secretos antiguos. Dentro del sótano, Eira respiró hondo, preparada para enfrentar lo que viniera. Sabía que la verdadera prueba apenas comenzaba, y que los Hijos del Hielo no perdonaban errores.
Y mientras la luz azul de los cristales iluminaba su rostro, comprendió que la batalla por su legado y por el mundo que conocía estaba a punto de comenzar.