Capítulo 4
El aire del sótano parecía más denso que nunca. Eira sentía cómo el poder del medallón pulsaba en su pecho, recordándole que no había vuelta atrás. La figura encapuchada se acercó y trazó un círculo helado en el suelo, sus líneas brillando con un azul intenso que iluminaba toda la cámara.
—Aquí enfrentarás tu primera prueba —dijo—. No es solo para medir tu fuerza, sino tu voluntad. Solo quien domine el miedo puede controlar el legado de los Hijos del Hielo.
Eira respiró hondo y se colocó dentro del círculo. Al instante, el mundo a su alrededor cambió. El sótano desapareció y fue reemplazado por un paisaje helado, infinito, donde ventiscas violentas azotaban sin descanso. Cada paso que daba era un desafío: el hielo bajo sus pies crujía y amenazaba con romperse, y sombras difusas se movían entre la nieve, observándola.
Una de esas sombras tomó forma humana: una figura alta y silenciosa, con ojos como cristales rotos que reflejaban su miedo. Eira levantó el medallón, que comenzó a brillar con fuerza, repeliendo por un momento la presencia de la sombra.
—¿Quién eres? —preguntó Eira, tratando de mantener la calma.
—Soy la prueba —respondió la figura con una voz que parecía surgir del viento mismo—. Debes enfrentar lo que más temes o quedarás atrapada aquí para siempre.
Eira recordó las advertencias de su madre, las historias que le contaban sobre los Hijos del Hielo y la sangre que corría en su interior. Cerró los ojos, inspiró profundamente y se enfrentó a su miedo más profundo: la soledad y la pérdida.
Al abrirlos, la figura comenzó a desmoronarse, como si el hielo que la formaba se derritiera. Pero entonces, una nueva sombra surgió, más intensa y poderosa. Eira comprendió que esta prueba no terminaría con un solo enfrentamiento; era un espejo de su propio poder y sus límites.
El medallón en su cuello ardía, y ella sintió que podía controlar algo de aquel frío que la rodeaba. Un pequeño halo de calor emergió de sus manos, formando un escudo frente a la sombra. Con un movimiento decidido, empujó la oscuridad, que se dispersó en el aire helado, dejando un silencio sepulcral.
—Has sobrevivido a la primera prueba —dijo la voz encapuchada a su lado—. Pero esto es solo el comienzo. Los Hijos del Hielo están despiertos, y ellos no se detendrán hasta reclamar lo que les pertenece.
Eira respiró con dificultad, pero por primera vez sintió poder y determinación. Sabía que el camino sería arduo, pero también comprendió que tenía una fuerza que iba más allá del miedo.
Cuando abrió los ojos de nuevo, estaba de vuelta en el sótano, rodeada por los símbolos que brillaban suavemente. Afuera, la nieve seguía cayendo, silenciosa pero implacable. Dentro, Eira comprendió algo esencial: la batalla no era solo contra los Hijos del Hielo, sino contra todo lo que había dormido en su sangre, esperando despertar.