El silencio de los Olvidados 2 los hijos del hielo

Sombras en la tormenta

Capítulo 5

La nieve golpeaba con fuerza los ventanales de la mansión, como si el invierno quisiera derribar las paredes que protegían lo que quedaba de la calidez humana. Eira salió del sótano con paso decidido, el medallón colgando de su cuello y brillando con un azul tenue que iluminaba sus pies.

No estaba sola. Algo se movía entre las sombras, apenas perceptible, pero lo suficiente para que su instinto le advirtiera. La figura encapuchada la había dejado sola con un mensaje: “No confíes en la apariencia de la calma. Ellos vienen por ti.”

A medida que avanzaba por los corredores de la mansión, percibió susurros entre las paredes, voces que no pertenecían al viento. Sus dedos se cerraron alrededor del medallón, y al mirarlo, vio cómo pequeñas chispas de luz recorrían la superficie, como señales que intentaban guiarla.

De pronto, un golpe seco resonó detrás de ella. Eira giró, pero no había nada. El aire estaba quieto, salvo por la ventisca que azotaba los cristales. Entonces, un reflejo en el espejo le mostró algo imposible: varias figuras, etéreas y heladas, observándola con ojos vacíos y vacilantes.

—Los Hijos del Hielo… —susurró, con el corazón latiéndole con fuerza—. Están más cerca de lo que pensaba.

Sintió miedo, pero también algo más: una determinación que quemaba dentro de ella. Cada paso que daba fortalecía su vínculo con el medallón, y cada sombra que cruzaba frente a sus ojos reforzaba su convicción de que debía aprender a controlar aquel poder antes de que fuera demasiado tarde.

Al llegar a la sala principal, la tormenta parecía concentrarse sobre la mansión, como si un espíritu antiguo la envolviera. Eira apoyó las manos sobre la mesa de madera y cerró los ojos, escuchando el ritmo de su corazón y la vibración del medallón. En su mente, una voz susurró: “El invierno no es enemigo, sino prueba. Solo quien lo comprenda sobrevivirá.”

Abrió los ojos con decisión. Sabía que los Hijos del Hielo no esperarían, que el tiempo se acortaba y que cada momento contaba. Afuera, la nieve no cedía; adentro, Eira comenzaba a descubrir su verdadera fuerza.




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