El silencio de los Olvidados 2 los hijos del hielo

El rostro del invierno

Capítulo 6:

El silencio de la mansión se quebró con un estruendo. Uno de los ventanales estalló bajo la presión del viento helado, y la nieve se coló en el interior como si el invierno hubiera decidido invadirlo todo. Eira levantó la linterna con rapidez, iluminando el remolino de cristales rotos y copos de nieve que giraban como cuchillas en el aire.

Entonces los vio.

Tres figuras emergieron de la tormenta, caminando lentamente hacia ella. Sus cuerpos parecían humanos, pero estaban cubiertos de escarcha y grietas de hielo que dejaban ver un brillo azul en su interior, como si fueran estatuas vivientes. Sus ojos, fríos y vacíos, se clavaron en los de Eira con un hambre silenciosa.

El medallón ardió contra su pecho, reaccionando ante su presencia. Una vibración poderosa recorrió todo su cuerpo, obligándola a dar un paso atrás.

—Así que al fin has despertado —dijo una de las figuras, su voz tan gélida que parecía quebrar el aire—. La sangre de nuestra estirpe late en ti. Entréganos lo que nos pertenece.

Eira apretó los dientes. —No… —susurró, más para convencerse a sí misma que para responderles—. No lo tendrán.

Las figuras avanzaron un paso más, y el suelo bajo ellas se congeló de inmediato, extendiéndose hacia Eira como tentáculos helados. Sintió cómo el frío intentaba atraparle los tobillos, pero el medallón brilló con fuerza, rompiendo la escarcha.

De pronto, un impulso la recorrió: calor, fuego interno en medio de aquel infierno helado. Eira extendió las manos sin pensar, y de ellas brotó una corriente de luz azulada que chocó contra los Hijos del Hielo. El impacto los hizo retroceder unos metros, pero no cayeron. Al contrario, sonrieron con una mueca distorsionada que no parecía humana.

—El poder está en ti —dijo el que lideraba—. Pero aún no lo comprendes. Sin control, ese fuego será tu condena.

La tormenta arreció dentro de la mansión, y el aire se volvió un campo de batalla de escarcha y relámpagos de luz azul. Eira respiraba con dificultad, cada ataque debilitándola, pero cada defensa despertando algo más en su interior.

Por un instante, las figuras se detuvieron, como si alguien invisible las hubiera llamado. Se miraron entre sí, y el líder murmuró:

—Por ahora basta. Aún no es el momento… pero pronto.

Y, como si fueran parte del viento mismo, los Hijos del Hielo se deshicieron en fragmentos de escarcha que desaparecieron con la ventisca.

Eira cayó de rodillas, jadeando, con el medallón brillando intensamente contra su pecho. Había sobrevivido, pero comprendía que aquello había sido solo un aviso. La verdadera cacería había comenzado.

Con un suspiro tembloroso, se levantó y miró hacia la ventana rota. La tormenta rugía en el exterior, y en el fondo del cielo gris, creyó ver figuras más grandes, esperando, acechando.

El invierno tenía rostro, y ahora sabía que la perseguiría sin descanso.




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