El silencio de los Olvidados 2 los hijos del hielo

Sangre en la nieve

Capítulo 7:

El amanecer apenas lograba filtrarse entre las nubes grises. La mansión parecía haber sobrevivido a una guerra: cristales rotos, el suelo cubierto de escarcha y el eco del enfrentamiento aún vibrando en las paredes. Eira, agotada, se refugió en la biblioteca, buscando respuestas entre los libros olvidados.

El medallón, aún cálido contra su piel, latía como un segundo corazón. Cada vez que lo tocaba, recuerdos difusos aparecían en su mente: su madre susurrando palabras que no comprendía, noches de invierno en las que voces desconocidas parecían llamarla desde la ventisca.

Sacó el volumen encuadernado en cuero gris que había encontrado antes. Esta vez, el texto no parecía tan caótico: las letras se ordenaban lentamente, como si reconocieran su voluntad. Y en medio de las páginas, halló un nombre escrito con fuerza, como grabado con fuego helado: Rhaelys.

La lectura la estremeció. El libro hablaba de un linaje olvidado, descendientes de una unión prohibida entre humanos y seres del invierno. De ese linaje nacieron los Hijos del Hielo, guardianes de un poder ancestral… hasta que algunos buscaron dominarlo y romper el equilibrio. Los traidores fueron exiliados, condenados a vagar entre la nieve como sombras inmortales.

Eira dejó caer el libro, con la respiración agitada. Comprendió lo que significaba: su familia estaba ligada directamente a ese linaje maldito. Ella no solo era heredera de un poder: era la clave para que los exiliados regresaran.

—Entonces es cierto… —susurró, llevándose una mano a la frente—. Ellos me buscan porque mi sangre puede abrir el camino.

Un sonido la interrumpió. La figura encapuchada estaba nuevamente en la entrada de la biblioteca, observándola con calma.

—Has empezado a comprender —dijo—. Tu madre intentó protegerte ocultando la verdad, pero el legado siempre encuentra la manera de revelarse.

—¿Y qué se supone que haga con esto? —preguntó Eira, levantándose con el medallón en la mano—. ¿Luchar contra ellos? ¿Convertirme en lo que siempre he temido?

El encapuchado guardó silencio por un instante, y luego respondió:

—Debes decidir si serás su llave… o su destrucción.

Eira sintió que las palabras se le grababan en la piel como hielo ardiendo. El peso de su sangre, de su historia, era una carga que no había pedido, pero que no podía rechazar. Afuera, la tormenta no cesaba, y por primera vez, supo que su destino estaba escrito en la nieve que cubría el mundo.




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