El silencio de los Olvidados 2 los hijos del hielo

El juramento

Capítulo 8:

El viento aullaba contra las ventanas como si quisiera arrancar la mansión de sus cimientos. La tormenta había crecido, envolviendo todo en un manto blanco que borraba cualquier rastro de camino. Dentro, el silencio era casi insoportable.

Eira permanecía de pie en el centro de la biblioteca, con el medallón en su mano derecha y el libro abierto frente a ella. El encapuchado no se había movido; su presencia era tan firme como la de las columnas que sostenían la sala.

—No puedes escapar de esto —dijo él, su voz grave y serena—. Tu sangre ya lo ha despertado. La tormenta que ves afuera es un reflejo de lo que se agita en tu interior.

Eira apretó los labios, sintiendo la presión en su pecho. Por un instante, recordó la voz de su madre: “No confíes en la nieve cuando susurre tu nombre.” Pero aquella advertencia se mezclaba ahora con la claridad del libro y las visiones que había tenido.

—¿Y si me niego? —preguntó con un hilo de voz—. ¿Si decido no aceptar este legado?

El encapuchado la miró con intensidad.
—Entonces, ellos vendrán. Los exiliados te encontrarán, y usarán tu sangre para abrir la grieta que separa este mundo del suyo. El invierno eterno caerá sobre todos.

Un escalofrío recorrió su espalda. La visión de un mundo congelado, sin vida, se le presentó con nitidez en la mente: ciudades bajo montañas de hielo, cuerpos petrificados en mitad del grito, mares congelados hasta el horizonte.

Se acercó al libro y deslizó los dedos sobre el nombre grabado: Rhaelys. Una chispa de escarcha brilló en el aire, como si el mismísimo linaje aguardara su decisión.

El encapuchado sacó de entre sus ropas una daga de plata, adornada con runas antiguas. La colocó sobre la mesa, junto al libro.
—Con este juramento, sellarás tu voluntad. No importa lo que decidas, el hielo será testigo.

Eira tomó la daga. El frío del metal se le clavó en la piel, más intenso que cualquier invierno que hubiese sentido. Cerró los ojos y, con un gesto firme, hizo un corte en la palma de su mano. La sangre cayó sobre la página del libro, tiñendo de rojo las runas.

La biblioteca entera tembló. El aire se volvió pesado, cargado de un murmullo que no pertenecía a este mundo. El medallón brilló con un resplandor azul, envolviendo a Eira en un halo gélido.

—Declara tu juramento —ordenó el encapuchado.

Con la voz temblorosa pero firme, Eira susurró:
—Juro no ser llave… sino guardiana. No dejaré que el hielo se trague la vida. Si debo caer, caeré luchando contra la sombra de mi propia sangre.

El murmullo se desvaneció, y la tormenta en el exterior cesó de golpe, dejando un silencio sobrecogedor. El libro se cerró solo, y la daga quedó apagada, como si hubiera cumplido su propósito.

El encapuchado inclinó la cabeza, con un atisbo de respeto.
—El invierno ya tiene tu palabra. Ahora, todo lo que venga será consecuencia de tu juramento.

Eira respiró hondo. Por primera vez, no sintió miedo, sino un extraño poder latiendo dentro de ella. Sabía que lo peor estaba por venir, pero también que ya no era una víctima: había hecho su elección.




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