El silencio de los Olvidados 2 los hijos del hielo

Las huellas en la nieve

Capítulo 9:

La calma tras la tormenta era engañosa. Desde la ventana de la biblioteca, Eira observó cómo el cielo se había abierto, mostrando una luna llena que bañaba la nieve con un brillo pálido. Era demasiado perfecto, demasiado repentino. El encapuchado ya no estaba; había desaparecido en el mismo instante en que el juramento se selló, como si nunca hubiese existido.

Eira bajó las escaleras de la mansión con pasos firmes, aunque cada crujido de la madera parecía más fuerte que de costumbre. Apretaba el medallón en su puño cerrado, aún manchado con su propia sangre.

Cuando abrió la puerta principal, el aire gélido le golpeó el rostro. La nieve cubría todo el jardín, pero no era uniforme: había huellas. Profundas, largas, marcadas con una precisión imposible para un humano.

Se agachó a observarlas. Los bordes de cada pisada estaban cristalizados, como si el hielo hubiese brotado desde adentro de la tierra misma. Su respiración se entrecortó al notar que no eran unas huellas, sino varias, todas en dirección a la mansión.

Un crujido a lo lejos la hizo alzar la mirada. Entre los árboles que bordeaban la propiedad, sombras alargadas se movían con lentitud, como si supieran que ella los estaba observando. La luna reveló siluetas encorvadas, cubiertas de hielo, con extremidades más largas de lo normal. No eran hombres, pero tampoco bestias.

Un susurro recorrió el viento, como un canto fúnebre que helaba la sangre:
—Guardiana…

Eira retrocedió un paso, pero no huyó. Sabía que su juramento la había convertido en un faro, y ahora las criaturas venían atraídas por esa luz. Recordó las palabras del encapuchado: “Ellos vendrán.”

Las huellas se multiplicaban en la nieve. Cada vez más. Un ejército silencioso acercándose.

De pronto, un golpe seco resonó detrás de ella, en el interior de la mansión. El corazón le dio un vuelco. Corrió de vuelta al vestíbulo, y allí lo vio: el fuego de la chimenea se había extinguido, y sobre la ceniza, alguien había dibujado con escarcha un símbolo que reconoció del libro: un círculo con tres líneas cruzadas, la marca de los exiliados.

No estaba sola. Ya habían entrado.

Eira subió corriendo las escaleras, buscando refugio en la biblioteca. Cerró la puerta con el pestillo y apoyó la espalda contra la madera. Sus manos temblaban, pero la daga aún estaba allí, brillando débilmente en la mesa.

Mientras la tomaba, escuchó el crujido de pasos en el pasillo, lentos, calculados. Cada sonido se acercaba más a su puerta. Y entonces, un golpe seco retumbó en la madera, seguido por un aliento gélido que se filtró por la rendija.

—Guardiana… —repitió la voz.

Eira apretó la daga con ambas manos y cerró los ojos. La batalla apenas comenzaba.




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