Capítulo 10:
El silencio antes del ataque era peor que el mismo rugido de la tormenta. Eira se mantenía en la biblioteca, con la espalda pegada a la puerta y la daga lista en sus manos. El medallón, colgando de su cuello, emitía un tenue resplandor azulado que iluminaba apenas el contorno de su rostro.
Entonces, el primer golpe retumbó en la puerta principal de la mansión. No fue un golpe humano. La madera crujió como si la empujara una avalancha. Las ventanas temblaron con cada impacto, y un viento gélido se filtró por las rendijas, haciendo que las velas parpadearan.
Eira corrió hacia la ventana de la biblioteca. Afuera, lo vio claro: docenas de figuras rodeaban la casa. Sombras alargadas, cuerpos encorvados cubiertos de hielo, y ojos que brillaban como carbones apagados. Se movían en silencio, pero cuando se detenían, sus bocas abiertas exhalaban un vapor blanco que formaba palabras en el aire. Un cántico.
—Guardiana… devuélvenos la luz…
Las puertas volvieron a estremecerse. Esta vez, un crujido anunció que la madera no resistiría mucho más.
Eira sabía que no podía escapar. Aquella casa, que había sido su refugio durante años, ahora era una trampa. Pero también era un campo de batalla. Tomó aire, levantó la daga, y murmuró para sí:
—Si es aquí… que sea aquí.
El siguiente impacto derribó la puerta principal. Un viento helado barrió el vestíbulo y extinguió las últimas llamas que quedaban en la chimenea. La oscuridad se apoderó de la mansión.
Las criaturas entraron. Sus pasos eran secos, quebrando el hielo que crecía bajo ellos con cada movimiento. No corrían, avanzaban despacio, seguros, como si disfrutaran del miedo que provocaban.
Eira retrocedió hasta el centro de la biblioteca. El medallón ardía contra su pecho, como si reaccionara a la presencia de los intrusos. Uno de ellos se adelantó. Su silueta era más alta que las demás, con un cráneo alargado cubierto de escarcha y garras de hielo que se extendían como cuchillas.
Se detuvo frente a la puerta cerrada y posó una de esas garras contra la madera. No la rompió de inmediato. Primero trazó sobre ella el mismo símbolo que Eira había visto en el vestíbulo: el círculo con tres líneas cruzadas. El sonido del hielo marcando la madera era insoportable, como uñas sobre un vidrio.
Cuando terminó de grabarlo, empujó la puerta con un solo movimiento. El pestillo cedió.
Eira levantó la daga. El aire se volvió tan frío que le dolían los pulmones al respirar. El Exiliado dio un paso dentro, seguido por otros dos. Sus ojos brillaban en la penumbra, fijos en ella.
La joven apretó el medallón con la mano libre. Sintió un calor súbito, como si algo respondiera a su llamado. La daga vibró, desprendiendo una tenue chispa de hielo azul.
El líder de las criaturas habló con voz quebrada, como un eco antiguo:
—El juramento ya fue hecho… pero tu sangre aún no ha sido entregada.
Y entonces, todos avanzaron al unísono.
Eira gritó, levantando la daga, y un destello de luz helada recorrió la sala, envolviéndola en un resplandor gélido. El choque había comenzado.