Capítulo 11:
El primer choque fue devastador. La daga de Eira brilló con un resplandor azulado que iluminó la biblioteca como un relámpago en plena tormenta. Cuando la hoja tocó la garra del Exiliado, no produjo un sonido metálico, sino un estruendo seco, como hielo rompiéndose bajo un peso imposible.
La criatura retrocedió, sorprendida. Sus ojos, que ardían como brasas apagadas, parpadearon por un instante. Eira lo sintió: tenía poder, y ese poder no provenía solo del medallón, sino de algo más profundo, algo que despertaba en ella misma.
Los otros dos avanzaron, abriendo sus bocas para exhalar un aire tan frío que congelaba el suelo a su paso. El aliento formaba palabras en el aire, susurrando un cántico antiguo que hacía eco en las paredes de la mansión.
Eira apretó la daga y gritó.
No fue un grito humano. Fue un rugido que desgarró la realidad, una vibración que hizo temblar las ventanas, que rompió los estantes y lanzó al suelo decenas de libros. El aire se convirtió en hielo sólido, extendiéndose desde ella en una onda expansiva que barrió la sala como una tormenta desatada.
Las criaturas fueron lanzadas contra las paredes. Dos de ellas se desmoronaron en fragmentos de escarcha, como estatuas que se derrumban. El líder resistió, pero su cuerpo quedó cubierto de grietas, y su piel de hielo comenzó a resquebrajarse.
Eira cayó de rodillas, jadeando. Sus manos temblaban. Había sentido que algo dentro de ella se rompía al liberar aquel poder, como si hubiera abierto un canal prohibido. El medallón ardía contra su pecho, no en frío, sino en un calor abrasador.
El líder de los Exiliados se incorporó lentamente, tambaleante. Su voz era un eco de siglos, quebrada pero aún firme:
—Ahora comprendo… Eres la heredera. La última guardiana del invierno…
Eira lo miró con los ojos brillando en un tono glacial, distintos a los suyos de siempre. Una fuerza nueva la recorría, pero también un miedo que nunca había sentido antes.
Ella misma no sabía si seguía siendo humana.
El Exiliado alzó sus garras, aún más decidido.
—Si has despertado, entonces la profecía está en marcha. Y aunque nos destruyas hoy… vendrán más.
Eira apretó la daga, dispuesta a rematarlo, pero entonces escuchó un segundo ruido: la puerta trasera de la mansión abriéndose.
Alguien había entrado.