El silencio de los Olvidados 2 los hijos del hielo

El visitante inesperado

Capítulo 12:

El chirrido de la puerta resonó como un eco profano en la mansión, cortando el aire helado que había dejado el grito de Eira. El Exiliado se detuvo, sus ojos hundidos se volvieron hacia la entrada, como si incluso él temiera quién había llegado.

De la penumbra surgió una figura alta, envuelta en un abrigo oscuro que goteaba con la nieve del exterior. El rostro estaba oculto bajo una capucha, y en sus manos sostenía una antorcha azulada, cuya llama ardía sin calor, solo con un fulgor espectral.

Eira apretó la daga y retrocedió un paso. Su cuerpo estaba agotado, y sabía que no podría resistir otro enfrentamiento como el de hace instantes. Pero había algo en esa presencia que no le resultaba hostil… aunque tampoco seguro.

El visitante se quitó lentamente la capucha. Era un hombre de cabello gris plateado, de ojos helados como los de un lobo en invierno. Su piel tenía cicatrices finas, como si el hielo mismo lo hubiera marcado a lo largo de los años.

El Exiliado siseó, retrocediendo.
—Tú… no deberías existir.

El hombre sonrió, mostrando un brillo extraño en los dientes.
—Y, sin embargo, aquí estoy.

Giró la vista hacia Eira, inclinando la cabeza en un gesto casi reverente.
—Por fin. La sangre del linaje despierta… He venido por ti, Eira.

Su nombre en labios de aquel extraño la estremeció. ¿Cómo podía saberlo?

El Exiliado lanzó un rugido, fracturando las paredes con su furia. El hombre levantó la antorcha, y la llama azul se expandió en un muro que bloqueó a la criatura. El hielo del Exiliado crujió, como si aquel fuego no lo quemara, sino que lo hacía deshacerse, polvo de escarcha llevado por un viento invisible.

En menos de un minuto, el monstruo se desintegró, dejando solo un rastro de cristales rotos en el suelo.

El silencio fue sepulcral. Solo el crepitar de la llama azul llenaba la sala.

Eira, con la respiración entrecortada, lo miró fijamente.
—¿Quién eres?

El hombre bajó la antorcha y se acercó, deteniéndose a una distancia prudente.
—Soy Kael. Último de los heraldos del invierno. Y tu llegada, muchacha, significa que el equilibrio ha sido roto.

Eira apretó la daga contra su pecho. No sabía si confiar en él o atacarlo en ese mismo instante. Pero una cosa era clara: este visitante no había aparecido por casualidad.

Y lo que acababa de decir… solo confirmaba que su destino estaba escrito mucho antes de que ella lo supiera.




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