Capítulo 14:
La mansión estaba silenciosa, pero Eira no podía sentir calma. Cada sombra parecía moverse con vida propia, y la luz del medallón dibujaba figuras fugaces en las paredes. Su corazón latía con fuerza; sabía que algo había despertado después de la revelación de Kael.
Cerró los ojos un instante para ordenar sus pensamientos, pero las imágenes no tardaron en invadirla. Primero fue la biblioteca: los libros abiertos comenzaron a volar solos, páginas arrugadas mostrando símbolos que no reconocía. Letras que se retorcían formando mensajes en idiomas antiguos, susurrando su nombre: “Eira… hija del invierno…”
Abrió los ojos y la sala parecía más grande, como si las paredes se hubieran estirado y la distancia se hubiera duplicado. Entre los estantes, sombras humanas se movían lentamente, al borde de lo visible, murmurando secretos que la helaban: voces de su madre, de Kael, y de los Hijos del Hielo. Todo mezclado, imposible de distinguir.
Se llevó las manos a la cabeza.
—¡Basta! —gritó—. ¡No puedo… no puedo escuchar más!
Pero era inútil. Las figuras comenzaron a acercarse, y cada vez que parpadeaba, aparecían más, siempre más cerca, siempre más silenciosas. En medio de la confusión, vio un símbolo que se repetía en todas partes: un círculo con tres líneas cruzadas, igual al que habían marcado los Exiliados. Esta vez no estaba en la madera, sino flotando en el aire, girando lentamente alrededor de ella.
El medallón comenzó a vibrar y a emitir un resplandor más intenso. Una voz, la suya y a la vez otra, surgió desde su interior:
—Eira… acepta tu destino… o la escarcha te consumirá…
Un escalofrío recorrió todo su cuerpo. Sentía que estaba siendo arrancada de su propia mente, como si las sombras quisieran devorarla desde dentro. Cada pensamiento se mezclaba con recuerdos que no reconocía: fragmentos de su infancia, visiones de su linaje, fragmentos del futuro. Todo en un solo flujo que la mareaba.
Respiró hondo y cerró los ojos otra vez. Concentró su mente en el medallón, en el calor que aún sentía bajo su piel, y en su juramento: guardiana, no llave. Lentamente, las voces comenzaron a debilitarse, los símbolos se desvanecieron, y las sombras se retiraron hacia los rincones de la sala.
Eira cayó de rodillas, exhausta. Su respiración era agitada, sus manos temblaban. La biblioteca volvía a la normalidad, pero la sensación persistía: algo más grande, algo que la observaba desde lejos, había despertado. Y sabía, con un instinto que no podía ignorar, que esto solo era el principio.
El medallón brilló suavemente, como consolándola, y en su interior, Eira comprendió que la batalla ya no era solo física: debía dominar la mente, el legado y el miedo que la rodeaba.