Capítulo 15:
El amanecer entraba con dificultad por las ventanas de la mansión, dispersando la neblina que se había acumulado durante la noche. Eira permanecía de pie en la biblioteca, su respiración aún agitada tras los susurros de la escarcha. El medallón colgaba de su cuello, cálido y brillante, como un recordatorio silencioso de su juramento.
Kael estaba sentado frente a ella, su mirada fija en un mapa antiguo extendido sobre la mesa. Trazaba con un dedo líneas que conectaban pueblos, montañas y lagos congelados, como si anticipara movimientos que solo él podía ver.
—Hay otros —dijo finalmente—. Otros que, como tú, poseen la sangre de los guardianes y la voluntad de resistir. Pero pocos conocen la verdad. Debemos encontrarlos antes de que los exiliados lo hagan.
Eira frunció el ceño.
—¿Cómo puedo confiar en ellos? —preguntó—. Podrían ser traidores, o incluso peores…
Kael sonrió con un leve dejo de ironía.
—Aprenderás a distinguirlos. La lealtad no se mide por palabras, sino por acciones.
Mientras hablaban, un golpe suave resonó en la puerta. Eira dio un salto, preparada para otro ataque. Pero no había peligro: la figura que entró era pequeña y ligera, casi imperceptible bajo la capa blanca que la cubría. Su rostro era juvenil, con ojos verdes que brillaban con curiosidad y determinación.
—Me llamo Liora —dijo con voz firme—. He seguido tu rastro. Sé quién eres y lo que has hecho. Quiero ayudarte.
Kael la estudió un momento, y luego asintió.
—Liora es descendiente de los Vigilantes del Alba. Su linaje guarda secretos que pueden protegernos y darnos ventaja.
Eira sintió una mezcla de alivio y desconfianza. No estaba acostumbrada a depender de otros, pero la reciente batalla y las visiones le enseñaban que la soledad podría ser su condena.
—Está bien —dijo finalmente—. Si quieres ayudarme, deberás demostrarlo.
Liora asintió, con una sonrisa que era a la vez confiada y feroz.
—Lo haré. Y no solo por ti, sino por todos los que podrían desaparecer bajo el invierno eterno.
Kael se levantó, colocando una mano sobre la mesa.
—Entonces nuestra primera misión será clara. Localizar a los otros posibles aliados y establecer refugios seguros. Cada segundo cuenta. Los Exiliados no esperan.
Eira tomó aire, sintiendo cómo la determinación comenzaba a reemplazar el miedo. Por primera vez, no estaba sola en su lucha. Y aunque los peligros fueran inmensos, comprendió que esta primera alianza era su mejor oportunidad de sobrevivir y enfrentar lo que se avecinaba.
Afuera, el viento seguía ululando, y entre la nieve parecía formarse un murmullo distante: los Hijos del Hielo se movían, conscientes de que alguien empezaba a oponerse a ellos.