El silencio de los Olvidados 2 los hijos del hielo

La marcha de la escarcha

Capítulo 16:

El frío era más intenso aquella mañana. El viento cortaba la piel como cuchillas de cristal, y el cielo se oscurecía demasiado pronto, como si el día se resistiera a nacer. Eira, Kael y Liora avanzaban a través de un sendero nevado que se perdía entre montañas. El medallón vibraba débilmente en su pecho, avisándole de que no estaban solos.

—Nos vigilan —susurró Liora, bajando el rostro bajo su capucha—. La escarcha se mueve de forma antinatural.

Kael asintió, clavando los ojos en el horizonte.
—Los Exiliados ya saben que hemos unido fuerzas. Quieren asustarnos antes de atacarnos.

Eira respiró hondo. Cada paso en la nieve la acercaba más a un destino que aún no comprendía, pero el calor del medallón y la presencia de sus nuevos aliados le daban fuerza.

De pronto, un crujido rompió el silencio. La nieve bajo sus pies se abrió en grietas, y del suelo helado comenzaron a emerger figuras encapuchadas, cubiertas de escarcha, con ojos tan blancos como el hielo que los rodeaba. Eran los cazadores de los Exiliados: espectros de carne y frío, creados para sembrar terror.

—¡Formación! —gritó Kael, desenvainando su espada de acero oscuro.

Liora se adelantó, extendiendo las manos. De sus palmas brotaron destellos de luz verde, un poder ancestral que dibujaba runas protectoras en el aire. Los espectros retrocedieron momentáneamente, siseando como serpientes heridas.

Eira cerró los ojos un instante, concentrándose. El medallón latía al ritmo de su corazón, y un calor desconocido le recorrió el cuerpo. Cuando abrió los ojos, un torbellino de nieve se arremolinó a su alrededor, obedeciendo a su voluntad.
—¡No me detendrán! —gritó, lanzando la ventisca contra los enemigos.

El choque fue brutal. Espadas contra hielo, luz contra sombras, viento contra escarcha. Cada movimiento parecía desgarrar el aire, cada grito resonaba como un eco en el valle. Eira sintió que su poder crecía con la furia de la batalla, aunque también la agotaba con rapidez.

Kael derribaba enemigos con precisión letal, y Liora sostenía el escudo de runas que mantenía al grupo protegido. Pero la marcha de la escarcha era implacable: cada espectro destruido se deshacía en nieve y volvía a levantarse, como si la misma tierra les devolviera la vida.

—¡No podemos vencerlos aquí! —advirtió Liora, jadeando—. Necesitamos llegar al refugio.

Kael asintió, bloqueando un golpe que casi le atraviesa el pecho.
—¡Eira, abre el paso!

Con un grito cargado de desesperación y fuerza, Eira invocó una ráfaga de viento helado que barrió el sendero, despejando momentáneamente a los espectros. Aprovechando la brecha, los tres corrieron entre las montañas, dejando atrás el campo de batalla.

El viento seguía rugiendo, y los espectros no tardaron en reorganizarse, siguiéndolos como una sombra interminable. La marcha de la escarcha había comenzado, y ahora sabían que no habría descanso: los Exiliados perseguirían a Eira hasta el fin del mundo si era necesario.

Mientras corría, el medallón palpitaba con más fuerza que nunca, como si en su interior se hubiera despertado algo que aguardaba el momento de revelarse.




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