El silencio de los Olvidados 2 los hijos del hielo

El refugio de las cenizas

Capítulo 17

El viento aún ululaba tras ellos cuando, al doblar un angosto desfiladero, Kael levantó la mano para detener la marcha. Eira respiraba con dificultad, el medallón aún vibrando bajo su pecho como si quisiera escapar de su piel. Liora se aferraba a un pequeño talismán verde que comenzaba a apagarse lentamente después de haber gastado tanta energía en las runas protectoras.

—Estamos cerca —murmuró Kael, señalando una grieta en la roca cubierta de nieve—. El refugio fue sellado hace décadas. Solo quienes conocen las marcas pueden abrirlo.

Eira observó las runas talladas en la piedra: símbolos extraños, parecidos a los que había visto en sus visiones. Sintió un escalofrío al reconocer uno de ellos: el círculo con las tres líneas cruzadas.
—¿Esto no es…?
—Sí —interrumpió Kael, serio—. El mismo símbolo de los Exiliados. Pero aquí está incompleto. Los guardianes lo usaban antes de que fuera corrompido.

Colocó su mano sobre la piedra, y esta respondió con un pulso débil de luz azul. La roca comenzó a resquebrajarse, y la grieta se abrió lentamente hasta dejar paso a un túnel oscuro. Un olor a ceniza y madera quemada salió de su interior.

Entraron en silencio, con el eco de sus pasos resonando en el pasillo estrecho. La temperatura cambió: no era el frío gélido del exterior, sino un calor seco, como si el aire aún recordara un incendio antiguo. Al final del túnel, llegaron a una amplia cámara iluminada por braseros eternos que ardían con llamas blancas.

En el centro, un altar cubierto de polvo mostraba pergaminos, armas viejas y estatuillas partidas. Eira sintió un estremecimiento: aquellas reliquias pertenecían a guardianes caídos hacía siglos.

—Este lugar fue llamado el Refugio de las Cenizas —explicó Kael—. Aquí se reunieron los últimos que resistieron antes de la gran traición. Muy pocos sabían de su existencia.

Mientras exploraban, Liora se acercó a una de las paredes, donde había inscripciones grabadas con líneas torcidas y símbolos.
—Esto habla de la Profecía del Invierno —dijo en voz baja—. “Cuando la escarcha devore el mundo, nacerá la guardiana que será llave y muro. Y en sus manos, el hielo decidirá si muere o renace el sol.”

Eira apretó los puños.
—Llave… y muro. —Las palabras la atormentaban—. Siempre ese doble destino…

De pronto, un crujido los hizo voltear. Entre las sombras del refugio, una figura salió tambaleándose, cubierta con un manto gris ennegrecido por el hollín. Su rostro estaba marcado por cicatrices, y sus ojos, aunque cansados, brillaban con una luz inquebrantable.

—Por fin… —murmuró aquella voz áspera—. La sangre de los guardianes regresa a este lugar.

Kael tensó su espada, pero el hombre levantó las manos en señal de paz.
—No teman. Fui custodio de estas cenizas. Mi nombre es Darian, último centinela del fuego blanco. He esperado mucho tiempo a quien traería el medallón de regreso.

Eira dio un paso al frente, con el corazón latiendo con fuerza. El destino volvía a entrelazarse: no estaban solos, y cada paso los llevaba más profundo al centro de la profecía.




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