El símbolo flotante de la balanza quebrada parpadeaba frente a ellos como si esperara una respuesta. Eliah, Ilyana y Nahl se miraron en silencio. El aire olía a piedra vieja… y a destino.
—¿Y si no somos capaces? —preguntó Ilyana—. ¿Y si el ciclo vuelve a repetirse?
—Entonces el mundo dejará de recordar quién fue —dijo Eron—. Porque sin ustedes, no quedará memoria.
Una puerta oculta se abrió en la roca. Alta, estrecha, con un marco hecho de símbolos flotantes. Eron asintió.
—Esa es la Prueba. Solo los que portan las tres almas pueden entrar.
Eliah respiró hondo.
—Vamos.
Entraron juntos.
Dentro, el tiempo parecía no avanzar. El suelo era espejo. El techo, un vacío sin fin. Y pronto, los separaron.
Una niebla blanca los rodeó. Cada uno quedó solo.
Eliah se encontró frente a su reflejo… pero no era él. Era Corven, con los ojos fríos y la espada ensangrentada.
—¿Y si la paz es mentira? —le dijo—. ¿Y si el Silencio es lo único eterno?
Ilyana vio a una versión suya arrodillada, vestida de Custodia, con cadenas en las muñecas.
—¿Y si estás destinada a seguir órdenes? ¿Y si jamás fuiste libre?
Nahl caminó por un pasillo de espejos rotos. En cada uno, una vida donde fue ignorado.
—¿Y si siempre vas a ser olvidado, aunque el mundo sobreviva?
Las pruebas no eran físicas. Eran emocionales. Psicológicas.
Y al final de cada una… una opción:
Volver al ciclo o romperlo para siempre.