El aire se volvió frío, un frío que calaba hasta los huesos. En el horizonte, una sombra se acercaba lentamente, pero no era una sombra común; parecía absorber la luz misma.
Eliah, Ilyana y Nahl se reunieron en el claro donde el símbolo espiral brillaba tenuemente en el suelo. Todos sentían la tensión en el ambiente, como si el tiempo mismo contuviera la respiración.
—Lo sé —dijo Ilyana, apretando los puños—. La Corrección ha llegado.
De repente, el silencio se rompió con un sonido metálico, como un tic-tac que venía de todas partes y ninguna a la vez.
Una figura emergió de la oscuridad: alta, encapuchada, con un reloj antiguo incrustado en el pecho. Sus ojos eran dos agujas que giraban lentamente.
—Soy el Guardián del Tiempo —anunció con voz que parecía resonar dentro de sus mentes—. Vengo a ajustar las cuentas que quedaron pendientes.
Eliah dio un paso al frente, desafiante.
—No dejaremos que destruyas todo lo que hemos protegido.
El Guardián levantó la mano y el tiempo pareció distorsionarse. Los recuerdos de Eliah, Ilyana y Nahl comenzaron a mezclarse con imágenes del pasado y futuros posibles, todos fragmentados y borrosos.
—El ciclo debe cerrarse —dijo—. El tiempo es una rueda que solo puede girar en una dirección.
Pero Eliah vio algo más: una grieta en el reloj, una posibilidad oculta.
—No siempre —murmuró.
La batalla estaba por comenzar, pero esta vez no sería solo con fuerzas físicas. El tiempo y la memoria serían sus armas y su enemigo.
Y en ese instante, Eliah supo que para ganar, tendrían que enfrentarse no solo a la Corrección, sino también a sus propios recuerdos y miedos más profundos.