El Mago llegó a Mesk-Buro sin anunciarse.
No cruzó la puerta principal ni siguió la ruta empedrada que tomaban los comerciantes y emisarios. Eligió un acceso lateral, una grieta en la muralla donde la piedra había cedido lo suficiente para que los cuerpos pequeños (o los obstinados) encontraran paso. No era un secreto, pero tampoco estaba vigilado. No hacía falta.
Los guardias sabían quién entraba por allí.
El viento arrastraba un polvo fino, gris, que no era del todo tierra ni del todo ceniza. Se adhería a la piel, a la tela, a los labios. El Mago avanzó sin cubrirse el rostro. Sus botas, de cuero oscuro y gastado, no hacían ruido sobre el suelo irregular. Caminaba como quien ya había estado allí antes, o como quien no teme perderse.
Al otro lado de la muralla, la ciudad no lo recibió. Simplemente lo dejó pasar.
Mesk-Buro no tenía una sola forma. No era una ciudad que se desplegara en avenidas amplias ni en plazas abiertas. Era un conjunto de niveles, de cortes, de acumulaciones. Desde ciertos puntos, se podían ver torres elevándose como agujas negras hacia el cielo opaco. Pero en ese lugar, donde había entrado el Mago, esas torres eran apenas sombras lejanas.
Allí comenzaba lo que los nobles llamaban, con una distancia cómoda, La Periferia Gris.
El nombre era apropiado.
No había color. No de verdad. Las telas colgadas entre edificios eran grises, aunque alguna vez hubieran sido rojas o azules. La madera de las estructuras estaba deslucida, húmeda en algunas partes, agrietada en otras. Incluso la piel de la gente parecía haber perdido matices, como si la vida se les hubiera escurrido lentamente hacia algún lugar invisible.
El aire olía a metal frío, a sudor antiguo y a algo más difícil de nombrar. Algo dulce y rancio a la vez.
El Mago caminó entre ellos.
No llamó la atención. No demasiado. Su túnica, aunque mejor cuidada que la de cualquiera allí, estaba cubierta de polvo. Su rostro permanecía en sombra bajo la capucha. Para los habitantes de la Periferia Gris, eso bastaba. Habían aprendido a no mirar dos veces.
A los lados del camino, o lo que pasaba por uno, se acumulaban personas.
Algunos estaban sentados contra las paredes, con la espalda recta pero los ojos perdidos. Otros yacían en el suelo, envueltos en telas delgadas que no protegían del frío ni del viento. Había cuerpos que respiraban sin prisa, como si cada inhalación fuera una decisión que tomaban con esfuerzo.
Y estaban los otros.
Los que no hacían nada.
Un hombre apoyado contra un poste tenía los ojos abiertos, pero no seguían nada. Sus manos descansaban sobre las rodillas, quietas. No temblaban, no se contraían. Eran manos que ya no esperaban ser usadas.
Más adelante, una mujer intentaba levantarse. Lo hacía despacio, como si el suelo la reclamara. Logró incorporarse a medias, dio un paso, y luego otro, antes de detenerse. No por cansancio. Por algo más profundo. Como si su cuerpo hubiera olvidado por qué moverse.
El Mago no se detuvo.
Los había visto antes.
Los llamaban vaciados.
No porque no tuvieran nada, sino porque habían entregado demasiado. Había en ellos una cualidad difícil de describir, algo ausente más allá de la carne. Sus rostros no mostraban dolor ni paz. Solo una neutralidad densa, como si toda emoción hubiera sido drenada con cuidado.
Un niño pasó corriendo junto al Mago. Tenía los pies descalzos y la respiración agitada. Reía. O intentaba hacerlo. El sonido era corto, entrecortado, como si le faltara aire o ganas de sostener la risa. Detrás de él, otra niña lo seguía, pero se detuvo pronto. Apoyó las manos en las rodillas y se quedó así, inclinada, sin levantarse.
El niño siguió corriendo, pero su risa se apagó antes de doblar la esquina.
El Mago giró a la derecha.
El camino se estrechaba. Las construcciones se inclinaban unas hacia otras, formando pasillos irregulares donde la luz apenas se filtraba. De algunas ventanas colgaban recipientes de metal, recogiendo gotas que caían desde caños rotos o improvisados. El sonido era constante. Un goteo que no se detenía nunca.
Pasó junto a un grupo de hombres que discutían en voz baja. No gritaban. Nadie en la Periferia Gris gritaba si podía evitarlo. Levantar la voz requería una energía que muchos ya no tenían.
—No alcanza —decía uno—. Nunca alcanza.
—Entonces no des tanto —respondió otro.
Hubo un silencio breve.
—¿Y qué comemos?
Nadie contestó.
El Mago siguió adelante.
Buscaba algo concreto. No un lugar elegante ni escondido, sino uno conocido. Un punto de reunión. Un sitio donde las palabras todavía circularan, aunque fueran pocas y dichas con cuidado.
Un bar.
No tenía nombre en los registros formales de la ciudad. Pero en la Periferia Gris, los nombres no eran necesarios si todos sabían a dónde ir.
El Mago se detuvo frente a una mujer sentada en el suelo, apoyada contra una pared de piedra oscura. Parecía joven. No más de veinte años. Su cabello, enredado y opaco, caía sobre su rostro. Sus manos descansaban a los lados del cuerpo, con los dedos apenas curvados.
Ella lo miró cuando se acercó. O al menos, sus ojos se movieron en su dirección.
El Mago inclinó ligeramente la cabeza.
—Busco un bar —dijo, con voz baja—. Uno donde aún sirvan algo caliente.
La mujer tardó en responder.
No porque no entendiera, sino porque la respuesta parecía exigirle más de lo que tenía disponible.
Abrió la boca, la cerró, y luego la volvió a abrir.
—Hay… uno —murmuró.
Su voz era plana, sin matices. Como si las palabras salieran sin pasar por ningún filtro emocional.
El Mago esperó.
—Dos calles… hacia el norte —continuó ella—. Luego… a la izquierda.
Se detuvo. Sus ojos perdieron el enfoque por un momento.
—Creo.
El Mago no la interrumpió.
Ella levantó una mano, lentamente, y señaló en una dirección que no coincidía del todo con lo que había dicho. El gesto quedó suspendido en el aire antes de caer otra vez a su lado.
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Editado: 19.08.2026