# **EL SISTEMA DEL ESFUERZO**
## Capítulo 1 - *Lo que nadie mide*
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**Lunes, 3 de marzo. 7:14 a.m.**
*Temperatura: 24°C. Cielo despejado.*
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El despertador sonó a las siete y diez.
Mateo ya estaba despierto.
No porque fuera madrugador por naturaleza, sino porque llevaba media hora mirando el techo sin poder hacer nada más. Ese tipo de mañana en que el cerebro arranca antes que el cuerpo, dándole vueltas a cosas que no tienen solución antes del desayuno.
El primer día de clases del año.
Se sentó en el borde de la cama y apagó la alarma antes de que sonara por segunda vez, para no despertar a Lucas, que dormía en la otra cama del cuarto con la boca abierta y un brazo colgando. Su hermano tenía el don de dormir como si el mundo fuera a esperarlo.
Mateo no tenía ese don.
Se levantó despacio, buscó sus zapatillas a tientas y salió al pasillo. La casa ya olía a mate y a pan tostado - señal de que su mamá llevaba rato en pie. En el cuarto de Sofía, la puerta estaba entreabierta. Su hermana menor dormía hecha un ovillo, con el cuaderno de dibujo todavía abierto sobre la almohada. Mateo sonrió apenas y siguió de largo.
En la cocina, Elena Herrera estaba de espaldas, acomodando tazas.
-Justo -dijo sin darse vuelta-. Sentate, que están los tostados.
Mateo se sentó. Sobre la mesa había dos tostadas con manteca, un vaso de jugo y el mate cebado listo. No dijo nada porque no hacía falta. Su mamá siempre tenía todo antes de que uno lo pidiera.
-¿Nervioso? -preguntó ella, apoyándose en la mesada y mirándolo.
-No -dijo Mateo.
-Mentira -dijo ella.
Mateo mordió la tostada.
No estaba nervioso por el colegio en sí. El colegio era el colegio: ir, escuchar, copiar, volver. Lo que le daba vueltas en la cabeza era lo de la tarde. El club. La cancha. El entrenamiento.
Tenía quince años y llevaba dos jugando al tenis.
Dos años en los que había mejorado menos que cualquiera.
No era que no pusiera ganas - eso nadie podía discutírselo. Era que las ganas parecían no alcanzar. Sus compañeros del club captaban las correcciones a la primera, o a la segunda. Él las captaba a la décima, y a veces ni así. El profe, Daniel, era buena gente y nunca le decía nada con mala intención, pero Mateo sabía leer sus silencios. El silencio después de un error repetido. La paciencia cansada de un entrenador que ya no sabe qué más intentar.
La semana pasada, en el último entrenamiento antes del receso de verano, Daniel le había dicho: *"Mateo, a veces el tenis no es para todos. No lo digo con mala onda. Lo digo porque hay deportes que se te pueden dar mejor."*
Mateo había asentido. Había dicho *"sí, puede ser"*. Había agarrado sus cosas y se había ido.
Y después se había quedado practicando contra la pared del fondo, solo, una hora más, hasta que le cerró el portero.
Eso era lo que le daba vueltas. No las palabras del profe. Sino que después de esa hora extra, había seguido sin mejorar.
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Llegó al colegio a las siete y cincuenta. El secundario quedaba a doce cuadras de su casa, y Mateo las hacía siempre caminando, con los auriculares puestos. Era su momento del día - ese rato entre la casa y el colegio donde no tenía que ser nada para nadie. Solo caminar.
La mañana arrancó sin sobresaltos. Primer día: presentaciones de profes, distribución de horarios, el caos habitual de que nadie sabe en qué aula le toca estar. Mateo se movió por los pasillos con la mochila al hombro y la cabeza gacha, respondiendo cuando le hablaban, sin meterse en nada innecesario.
A las doce y media sonó el timbre del recreo largo.
Se sentó solo en un banco del patio a comer el sándwich que le había preparado su mamá. Pan casero, milanesa fría, una servilleta doblada en cuatro. Comió despacio y miró el cielo un momento. Despejado, como prometía ser toda la semana. Calor seco de verano que todavía no terminaba de irse.
Las clases terminaron a las dos.
Mateo caminó de vuelta a casa.
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**2:43 p.m.**
Elena tenía el almuerzo en la mesa cuando llegó. Arroz con tuco, pan, agua con gas que había comprado para el primer día. Roberto no estaba - en obra hasta las seis o siete, dependiendo. Valeria tampoco - ya en el hospital, hacía sus primeras prácticas del año. Lucas llegó diez minutos después, con tierra en las zapatillas y hambre de lobo.
-¿Cómo te fue? -preguntó Lucas, sirviéndose una porción enorme.
-Normal -dijo Mateo.
-Normal como siempre. -Lucas le clavó el tenedor señalándolo-. Hoy entrenas, ¿no?
-A las cuatro y media.
-Cuándo vas a aceptar que el fútbol es mejor.
-Nunca.
Lucas se rió y siguió comiendo. Eso era lo que Mateo quería de su hermano: que todo fuera fácil. Que una respuesta corta alcanzara.
A las cuatro menos cuarto Mateo agarró la bolsa del tenis, le dijo a su mamá que volvía antes de las siete y salió.
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**4:31 p.m. Club Atlético del Barrio. Cancha 3.**
El calor de la tarde pesaba sobre la cancha de polvo de ladrillo. Mateo llegó con tiempo, se cambió en el vestuario y salió a calentar. Había tres compañeros más del grupo: Ezequiel, Renata, y Bautista. Todos con mejor nivel que él. No era opinión - era un hecho que todos sabían y nadie nombraba.
Daniel llegó puntual, silbato al cuello, carpeta bajo el brazo.
-Bueno, primer entrenamiento del año. No se me pongan oxidados.
Los hizo calentar diez minutos. Trote, laterales, skipping. Después, peloteo libre de a dos. Mateo con Bautista, que era el mejor del grupo por lejos y que tenía la delicadeza de no hacer sentir mal a nadie por eso.
El peloteo duró quince minutos.
Para Mateo fueron quince minutos de confirmación.
Nada había cambiado en el verano. El revés seguía yéndose largo. El servicio seguía sin tener profundidad. El timing del drive seguía siendo una fracción tarde, siempre, como si entre su cerebro y su brazo hubiera un milisegundo de demora que no podía corregir.