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# **EL SISTEMA DEL ESFUERZO**
## Capítulo 6 — *Sábado*
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**Sábado, 8 de marzo. 7:45 a.m.**
*Temperatura: 23°C. Despejado.*
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Mateo se despertó sin despertador.
Eran las siete y cuarenta y cinco y el sol ya entraba por la persiana en franjas diagonales sobre el piso del cuarto. Lucas seguía dormido, boca abajo, con una almohada sobre la cabeza como si el mundo fuera demasiado ruidoso incluso en silencio.
Mateo se quedó un momento mirando el techo.
Hoy era partido.
No era un torneo, no había puntos en juego, no había nada que perder en el sentido formal. Daniel organizaba los amistosos de sábado para que el grupo jugara situaciones reales — presión, puntos, tener que ganar o perder en vez de solo pelotear. Eran partidos cortos, sets a cuatro juegos, rotación de rivales.
Pero igual era partido. Y los partidos se sentían distintos al entrenamiento.
Mateo se sentó en el borde de la cama y abrió el cuaderno.
*Sábado: partido amistoso. Ferretería. Noche en casa.*
Debajo, lo que había escrito la noche anterior:
*No ganar. Ver qué pasa con todo lo que aprendí esta semana.*
Lo leyó dos veces. Después cerró el cuaderno y fue al baño.
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Desayunó temprano, antes de que se levantara alguien más. Tostadas, jugo, el mate que se cebó él mismo porque su mamá todavía dormía. Comió despacio, sin apuro, mirando el patio por la ventana de la cocina. El jardín de Elena estaba ordenado como siempre — las plantas en sus macetas, la manguera enrollada al costado, las hojas del limonero quietas sin viento.
El Sistema apareció mientras comía:
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> *Día de partido registrado.*
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> **Preparación física sugerida:**
> Correr 15 minutos — menos que los días de semana. El objetivo hoy no es carga sino activación. Terminar con la rutina completa de estiramientos, incluyendo el flexor de cadera.
>
> **Preparación mental sugerida:**
> Antes de entrar a la cancha, repasar mentalmente tres cosas concretas en las que trabajaste esta semana. No resultados — procesos. No "ganar el partido" — "pies primero", "ojos desde el rebote", "rotación antes de cargar".
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> *Un partido no mide una semana de trabajo. Mide un momento. El trabajo igual existió.*
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Mateo leyó eso dos veces.
*Un partido no mide una semana de trabajo. Mide un momento.*
Lo anotó en el cuaderno chico. Abajo de todo, en la página del sábado.
Terminó el desayuno, lavó la taza y salió a correr.
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Quince minutos, como había dicho el Sistema. Ritmo tranquilo, hombros bajos — lo recordaba cada vez un poco mejor. El parque estaba más animado que los días de semana: familias, chicos en bici, alguien con un perro grande que ocupaba medio sendero. Marcos no estaba, o si estaba Mateo no lo vio.
De vuelta en la vereda de su casa hizo los estiramientos completos. Isquiotibiales, tobillos, hombro con rotación, flexor de cadera. Despacio, sin saltarse ninguno.
Cuando terminó el último, se quedó parado un momento con los ojos cerrados.
*Pies primero.*
*Ojos desde el rebote.*
*Rotación antes de cargar.*
Tres cosas. Las tres que había trabajado más esta semana. Las dejó asentarse un momento y después entró a la casa.
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**9:30 a.m.**
Elena estaba en la cocina cuando Mateo entró.
—¿Ya corriste?
—Ya.
—¿A qué hora es el partido?
—A las once.
Elena lo miró un segundo, esa forma que tenía de evaluarlo sin hacer preguntas.
—¿Querés que vayamos?
Mateo abrió la heladera para sacar agua y se detuvo.
No se lo había esperado. Los amistosos eran amistosos — nadie iba a verlos, eran partidos de entrenamiento entre los mismos del grupo, sin tribuna ni nada parecido.
—¿Quieren ir? —dijo, sin dar vuelta.
—Sofía preguntó ayer. Y tu papá dijo que si salía temprano de la obra podía pasar.
—No es un partido importante.
—Para vos sí —dijo Elena, simplemente.
Mateo cerró la heladera.
—Si quieren ir, vayan. Pero no es necesario.
Elena asintió como si eso fuera un sí, que probablemente lo era.
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**10:45 a.m. Club Atlético del Barrio.**
Mateo llegó con tiempo. Se cambió en el vestuario, hizo unos minutos de peloteo suave contra la pared y después salió a la cancha 3 donde Daniel ya estaba acomodando el sistema de rotación en su carpeta.
Ezequiel llegó poco después, luego Renata, luego Bautista. Cuatro jugadores — Daniel iba a rotar los partidos para que todos jugaran contra todos.
—Sets a cuatro juegos —anunció Daniel—. Conteo normal. El que llega primero a cuatro gana. Si empatan en tres, juegan un juego decisivo. —Los miró—. Quiero que jueguen, no que peloteeen. Hay diferencia.
Mateo miró hacia las gradas — una estructura pequeña de tres filas de cemento al costado de la cancha 3. No había nadie todavía.
El primer partido fue Ezequiel contra Renata. Mateo se sentó al costado con Bautista y observó. No era algo que solía hacer — normalmente esperaba su turno pensando en otra cosa. Pero esta vez miró el partido con atención, tratando de ver lo que Daniel veía: los pies, la preparación, el timing.
Renata jugaba bien desde el fondo — paciente, consistente, esperaba el error del otro. Ezequiel atacaba más pero se apresuraba en los puntos importantes. Ganó Renata, cuatro a dos.
Entonces Daniel llamó a Mateo.
—Vos contra Bautista.
Mateo agarró la raqueta y entró a la cancha.
Bautista era el mejor del grupo. No por mucho en técnica — sí por mucho en cabeza. Jugaba tranquilo, sin apurarse, como si tuviera todo el tiempo del mundo para decidir cada golpe. Era el tipo de rival que te hacía jugar mal no porque hiciera cosas extraordinarias sino porque nunca te regalaba nada.
Mientras calentaban con un peloteo suave, Mateo escuchó pasos en las gradas.
Miró de reojo.
Sofía, con el cuaderno de dibujo bajo el brazo. Elena detrás, con una bolsa de mano y el gesto tranquilo de quien llega a un lugar que conoce aunque sea la primera vez. Y Roberto — Roberto estaba ahí, con la ropa de trabajo todavía puesta, lo que significaba que había venido directo de la obra.
Mateo no dijo nada. Devolvió la pelota de Bautista y siguió calentando.
Pero algo en el pecho se acomodó de una forma que no esperaba.
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**Partido. Mateo vs. Bautista.**
Daniel marcó el inicio con un gesto.
Bautista sacó primero.
El saque llegó al centro, con una velocidad moderada — Bautista no sacaba con potencia, sacaba con dirección. Mateo se movió, preparó, golpeó al fondo cruzado.
Bautista lo devolvió al mismo lugar, sin prisa.
Mateo corrió, llegó, golpeó paralelo.
Bautista lo leyó antes de que saliera — ya se estaba corriendo cuando la pelota cruzó la red — y golpeó profundo al revés de Mateo.
Mateo llegó. Golpeó con el revés.
Salió largo.
*Quince-cero.*
Mateo volvió a posición. Respiró.
*Los ojos. Desde el rebote.*
El siguiente saque de Bautista fue al cuerpo — inesperado. Mateo se abrió tarde, golpeó de adentro hacia afuera, la pelota cayó en la red.
*Treinta-cero.*
Desde las gradas, nada. Silencio. Mateo lo agradeció.
Tercer punto. Bautista sacó al lado del revés. Mateo se movió temprano — los pies primero, como había repetido toda la semana — y llegó con tiempo. Preparó el golpe, rotó, golpeó al fondo paralelo.
La pelota entró. Profunda, cerca de la línea.
Bautista llegó pero con poco margen. Devolvió corto, sin profundidad.
Mateo avanzó — tarde, siempre tardaba en leer la pelota corta — y la empujó hacia el fondo. Bautista la corrió y cruzó hacia el lado contrario.
Mateo no llegó.
*Cuarenta-cero.*
Un punto más y perdía el juego.
Bautista sacó al centro. Mateo lo vio salir, los ojos siguiendo la pelota desde la raqueta de Bautista — lo notó, ese décimo de segundo extra que le daban los ojos cuando arrancaban temprano. Llegó cómodo, golpeó paralelo con el drive, limpio.
Bautista respondió al centro.
Mateo al centro.
Bautista cruzado, corto.
Mateo avanzó esta vez antes — el cuerpo respondió sin que terminara de decidirlo — y golpeó cruzado hacia el lado contrario.
Bautista no llegó.
*Cuarenta-quince.*
Desde las gradas se escuchó la voz de Sofía, clara y corta:
—Bien.
Daniel la miró. Sofía se hizo la que dibujaba.
Bautista sacó de nuevo. Mateo respondió. El punto duró seis golpes y lo perdió Mateo en el último — el cuerpo llegó bien pero la muñeca cedió en el impacto, exactamente como había identificado en el entrenamiento.
*Juego para Bautista. Uno-cero.*
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El segundo juego lo sacó Mateo.
El primer punto salió mal — el saque fue a la red, el segundo saque fue corto y Bautista lo atacó sin piedad. Cero-quince. Pero en el segundo punto Mateo sacó con la estructura que había trabajado toda la semana: rotación completa, carga tardía del hombro, punto de contacto alto. La pelota entró al cuerpo de Bautista, que no esperaba esa dirección. Respuesta débil. Mateo la empujó al fondo y ganó el punto.
Ganó el juego de a poco, con errores, con puntos feos, pero lo ganó. Uno-uno.
El tercero fue de Bautista. Rápido, limpio — Bautista decidió subir la intensidad y Mateo no tuvo respuesta para los ángulos que empezó a abrir. Dos-uno.
El cuarto fue largo.
Ocho puntos. Deuce dos veces. Mateo ganó tres puntos seguidos en un momento — drive cruzado, saque al cuerpo, una volea torpe pero efectiva que cayó en el medio de la cancha — y estuvo cerca de empatar. Pero Bautista cerró el juego con un passing shot paralelo que rozó la línea y que Mateo no llegó ni de cerca.
Tres-uno.
Un juego más y perdía el set.
Mateo se paró en la línea de fondo y tomó agua. Miró las gradas sin querer mirarlas. Roberto tenía los brazos cruzados y los ojos en la cancha. Elena tenía la bolsa en el regazo. Sofía dibujaba pero miraba.
No le gritaron nada. No le dieron consejos desde afuera. Solo estaban ahí.
Era suficiente.
El Sistema no había aparecido durante el partido — Mateo lo había notado y lo había agradecido. No era momento de leer texto. Era momento de jugar.
Sacó para el quinto juego.
El primer saque fue a la red. Segundo saque — más lento, más cuidado — entró. Bautista lo devolvió profundo. El punto fue largo, el más largo del partido: doce golpes, los dos moviéndose de lado a lado, ninguno atacando, los dos esperando el error del otro.
Lo cometió Mateo. Un drive que salió dos centímetros largo.
*Quince-cero.*
Segundo punto. Saque al cuerpo de Bautista — había aprendido algo de la semana. Bautista lo devolvió de revés, cruzado, profundo. Mateo corrió. Llegó. Golpeó.
La pelota fue a la red.
*Treinta-cero.*
Tercer punto. Saque al centro. Peloteo desde el fondo. Mateo se movía bien — los pies respondían, los ojos seguían la pelota desde temprano. Llegaba cómodo a casi todo. Pero "llegar cómodo" y "hacer algo bueno con eso" todavía no eran lo mismo. En el décimo golpe Bautista abrió el ángulo hacia el revés de Mateo y la pelota cayó cerca de la línea lateral.
Mateo llegó. Golpeó el revés.
Salió largo.
*Cuarenta-cero.*
Bautista sacó el punto siguiente sin dramatismo. Un peloteo corto, Mateo fue hacia adelante, intentó un golpe que no tenía, la pelota se fue a la red.
*Juego. Set para Bautista. Cuatro-uno.*
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Daniel marcó el fin del set con un toque de silbato.
Mateo fue hacia la red. Bautista le dio la mano — firme, breve, sin decir nada. Era su forma de respetar.
Mateo agarró su bolsa, tomó agua, se sentó en el banco del costado.
Daniel se acercó. Se quedó de pie frente a él, sin apuro.
—¿Qué sentiste?
Mateo pensó un segundo.
—Los pies funcionaron mejor. Llegué a cosas que antes no llegaba.
Daniel asintió.
—Sí. Lo noté. —Pausa—. El revés sigue siendo el problema. Cuando Bautista te lo abre, no tenés respuesta todavía.
—Lo sé.
—¿Trabajaste algo de revés esta semana?
—Todavía no.
—Siguiente semana, revés. —Daniel lo dijo sin énfasis, como dato, no como crítica—. Cuatro-uno no está mal contra Bautista. La semana pasada era cuatro-cero y rápido.
Mateo no había pensado en eso. Tenía razón — el set anterior a las vacaciones había sido cuatro-cero, con puntos cortos, sin resistencia. Hoy había habido puntos largos. Había habido un deuce.
No era una victoria. Pero era una diferencia.
Daniel se fue a organizar el siguiente partido.
Roberto apareció al costado del banco. Se sentó a su lado sin preámbulo, los codos en las rodillas, mirando la cancha donde ahora jugaban Ezequiel y Renata.
Estuvo callado un momento.
—Ese saque tuyo —dijo finalmente.
Mateo lo miró.
—¿Cuál?
—El del cuerpo. El segundo o tercero. —Roberto hizo un gesto con la mano derecha, imitando el movimiento—. Ese sí tenía intención. Los otros los tirabas a ver qué pasaba. Ese lo decidiste antes de golpear.
Mateo procesó eso.
—Sí —dijo—. Ese lo pensé.
—Se nota. —Roberto se puso de pie—. Hay que pensar todos así.
Y volvió a las gradas.
Mateo se quedó mirando la cancha donde jugaban los otros.
*Hay que pensar todos así.*
Cinco palabras de su papá que valían más que media hora de análisis propio.
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Sofía bajó de las gradas cuando terminó el partido siguiente y se sentó al lado de Mateo en el banco.
—Cuatro-uno —dijo.
—Sí.
—Bautista es muy bueno.
—Sí.
Sofía abrió el cuaderno. Le mostró una página. Había dibujado la cancha desde arriba — vista de pájaro, con flechas marcando las trayectorias de algunos puntos. Las flechas de Mateo tenían un color, las de Bautista otro.
Mateo la miró.
—¿Cuándo hiciste esto?
—Durante el partido. —Sofía señaló con el lápiz—. Acá, este punto, llegaste bien. Acá no. Acá Bautista te mandó para este lado y vos fuiste para el lado contrario. ¿Por qué?
—Porque no lo leí.
—¿Qué significa leerlo?
—Ver para dónde va a ir la pelota antes de que te llegue.
Sofía procesó eso, mirando su propio dibujo.
—Entonces tenés que mirar a él, no a la pelota.
Mateo frunció el ceño.
—No exactamente. Tenés que mirar a los dos.
—¿A los dos al mismo tiempo?
—Al cuerpo de él para saber la dirección, a la pelota para saber el timing.
Sofía asintió despacio, como si eso tuviera mucho más sentido de lo que aparentaba.
—Como cuando leo y escucho música al mismo tiempo —dijo.
—Algo así.
Sofía cerró el cuaderno.
—El martes que viene te aviso si llegás bien o mal —dijo, con total seriedad.
Mateo no pudo evitar reírse.
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**2:00 p.m. Ferretería del barrio.**
Don Héctor lo esperaba con cara de sábado — que era básicamente la misma cara de siempre pero con menos paciencia.
—Las cajas del fondo —dijo, señalando el depósito.
Mateo dejó la bolsa del tenis y fue.
Las cajas del fondo eran un misterio arqueológico: cartones sin etiquetar apilados sin orden, algunos abiertos, algunos cerrados con cinta vieja que ya no pegaba. Mateo las fue abriendo de a una.
Tornillos de medidas mezcladas. Tuercas sueltas. Bridas de distintos tamaños. Tarugos. Una caja entera de llaves Allen sin clasificar.
Separó todo por tipo, después por tamaño dentro de cada tipo. Fue al mostrador y le pidió a don Héctor marcadores y etiquetas adhesivas.
Don Héctor lo miró.
—¿Cuántas necesitás?
—Bastantes.
Don Héctor abrió un cajón y sacó un rollo de etiquetas y tres marcadores de distintos colores.
—El rojo para las cajas que están incompletas —dijo—. Así sé cuáles tengo que reponer.
Mateo lo miró un segundo.
—Buena idea.
Don Héctor volvió al mostrador sin más.
Mateo pasó la tarde entre el depósito y la atención de los pocos clientes que entraban los sábados a la tarde. A las cinco y media el depósito del fondo estaba reorganizado: cajas etiquetadas, tornillos y tuercas separados por medida, las incompletas marcadas en rojo como había sugerido don Héctor, las llaves Allen en un frasco transparente con la medida escrita encima.
Don Héctor pasó a ver antes de cerrar. Recorrió el depósito despacio, sin prisa. Revisó dos o tres cajas al azar, las devolvió a su lugar.
—Bien —dijo.
Mateo esperó.
—El martes cuando vengas, hacés lo mismo con el estante de pinturas. Están mezcladas con los diluyentes y no tiene sentido.
Era la segunda vez en la semana que don Héctor le daba más trabajo como forma de decir que el trabajo anterior había estado bien.
Mateo lo anotó mentalmente.
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**7:45 p.m. Casa de los Herrera.**
La cena del sábado tenía su propio ritual. Elena cocinaba algo más elaborado que el resto de la semana — esta vez era pollo al horno con papas, que olía desde la vereda. Roberto llegó después de un partido de ajedrez con el vecino de la vuelta — tenía esa costumbre los sábados, una partida lenta con don Armando, sin reloj, sin apuro. Lucas llegó del fútbol con barro en las canillas y hambre de final de semana.
Se sentaron todos.
Durante la cena nadie habló del partido directamente hasta que Lucas, sirviendo la segunda porción, dijo sin mirar a nadie:
—¿Cuánto perdiste?
—Cuatro-uno —dijo Mateo.
—¿Contra quién?
—Bautista.
Lucas asintió, masticando.
—Bautista es el mejor de tu grupo, ¿no?
—Sí.
—Entonces cuatro-uno está bien.
—No está bien, perdí.
—Perdiste contra el mejor. Es distinto. —Lucas tomó agua—. Yo la primera vez que jugué de nueve contra el mejor nueve del barrio perdí seis a uno. Un año después le ganaba.
—El tenis no es fútbol.
—El deporte es el deporte —dijo Lucas, con una convicción que no admitía debate.
Sofía, que había estado callada comiendo, levantó la vista.
—Llegaste bien a casi todo desde el fondo. El problema fue el revés.
Todos la miraron.
Sofía siguió comiendo como si no hubiera dicho nada extraordinario.
—¿Cuándo aprendiste de tenis? —dijo Valeria.
—Hoy en el partido.
Valeria miró a Mateo.
—¿Fue al partido?
—Fueron todos menos vos —dijo Lucas.
Valeria lo miró.
—Tenía guardia.
—Nadie te acusa de nada.
Elena puso la fuente del pollo en el centro de la mesa para terminar el tema antes de que empezara.
Roberto, que había comido en silencio todo ese tiempo, puso el tenedor y miró a Mateo.
—Esta semana entrenaste diferente.
No era una pregunta.
Mateo lo miró.
—¿Cómo sabés?
—Se nota. En la cancha se nota cuándo alguien llegó preparado y cuándo no. —Pausa—. Llegaste preparado.
Silencio en la mesa.
Mateo no dijo nada. Asintió apenas.
Roberto agarró el tenedor y siguió comiendo.
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Después de la cena, mientras Lucas y Sofía lavaban los platos discutiendo por el orden, Valeria se quedó en la mesa con Mateo.
—¿Cómo estuvo realmente?
Mateo pensó un momento.
—Mejor que antes. Todavía lejos.
—¿Lejos de qué?
—De donde quiero llegar.
Valeria lo miró con esa seriedad práctica que tenía.
—¿Y dónde querés llegar?
—No sé exactamente. —Mateo giró el vaso de agua entre las manos—. Solo quiero notar que mejoré. Eso primero.
Valeria asintió.
—¿Y hoy notaste algo?
—Sí.
—Entonces ya arrancaste.
Era una observación simple. Pero Valeria la dijo con la certeza de alguien que sabía de qué hablaba — llevaba un año en enfermería viendo cómo los pacientes empezaban a mejorar en cosas pequeñas antes de mejorar en las grandes.
Mateo la escuchó de esa forma.
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**10:00 p.m.**
La casa se fue apagando de a poco. Roberto primero, con el sueño pesado de quien carga cosas todo el día. Sofía después, que se fue a su cuarto con el cuaderno lleno de flechas y cancha dibujada desde arriba. Lucas se quedó en el sillón con la consola pero con los auriculares puestos, en su propio mundo.
Mateo fue al pasillo con la toalla.
Estiramientos.
Hoy los había hecho a la mañana antes del partido, pero no después. El partido había terminado hace horas y el cuerpo ya lo estaba acusando — los hombros cargados, los isquiotibiales tirantes, la cadera derecha con esa rigidez de quien se movió mucho en una dirección y no estiró después.
Hizo los cuatro en orden. Isquiotibiales, treinta segundos cada lado. Tobillos, diez círculos en cada dirección. Hombro con rotación, el que más necesitaba — el manguito rotador del brazo derecho estaba tenso después de todos los saques. Flexor de cadera, que le costó más que nunca.
Elena pasó de su cuarto al baño y lo vio en el pasillo.
—¿Estirás a esta hora?
—Debí hacerlo antes. Lo olvidé.
Elena se quedó un momento mirándolo.
—¿Te duele algo?
—El hombro. Y la cadera.
—El hombro te va a doler mientras no lo trabajes todos los días. —Entró al baño, volvió con un frasco de crema—. Para la cadera, esto. Dónde duele exactamente.
Mateo le señaló. Elena aplicó la crema con dos dedos, un movimiento preciso de costurera acostumbrada a trabajar con las manos.
—Mañana de vuelta. Antes de levantarte de la cama, en frío.
—¿En frío?
—Antes de que el músculo esté caliente. Lo estirás despacio, sin forzar. Así llega la sangre antes de que empieces a moverte y no arrancás rígido.
Mateo no supo si era ciencia o sabiduría popular. Quizás era las dos cosas.
—¿De dónde sabés eso?
—Tu abuela me lo enseñó cuando empecé a coser muchas horas seguidas. Me dolía la espalda baja. Me dijo lo mismo.
Mateo pensó en eso.
—¿Y funcionó?
—Estoy sentada cosiendo diez horas. ¿Qué te parece?
Mateo se rió.
El Sistema apareció cuando Elena volvió a su cuarto:
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> *Estiramientos registrados: rutina completa post-actividad.*
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> *Nota: estirar después de la actividad física tiene mayor impacto en la recuperación muscular que antes. El cuerpo libera mejor la tensión cuando los músculos están calientes. Bien hecho aunque tarde — mejor tarde que no hacerlo.*
>
> **Resumen del día:**
> — Preparación física: completa
> — Partido: completado. Resultado: derrota 4-1
> — Observaciones técnicas del partido: pies con mejor timing, seguimiento visual mejorado, revés: parámetro débil confirmado
> — Ferretería: organización completada
> — Recuperación: estiramientos post-actividad realizados
>
> *Racha actual: 6 días consecutivos de trabajo registrado.*
>
> **Misión "Estructura": 0/5 — el partido amistoso no cuenta como sesión autónoma. Las sesiones empiezan el lunes.*
>
> *Mañana es domingo: descanso programado. El descanso es parte del entrenamiento, no una pausa de él.*
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*El descanso es parte del entrenamiento, no una pausa de él.*
Mateo leyó eso apoyado contra la pared del pasillo.
Toda la semana había pensado en el descanso como algo que simplemente pasaba — los momentos en que no hacía nada. Pero si el Sistema lo decía como parte del proceso, quizás era algo diferente. Quizás descansar bien era tan importante como entrenar bien.
Lo anotó en el cuaderno cuando volvió a su cuarto.
Lucas seguía en el sillón. Roberto dormía. La casa estaba en ese silencio particular del sábado a la noche, cuando todo el peso de la semana ya pasó y el domingo todavía no llegó.
Mateo se sentó en el borde de la cama con el cuaderno abierto.
Leyó la página completa del sábado.
*Pies primero. Ojos desde el rebote. Rotación antes de cargar.*
*Cuatro-uno. Mejor que cuatro-cero.*
*El revés: siguiente semana.*
*Hay que pensar todos así — papá.*
*El martes te aviso si llegás bien o mal — Sofía.*
*Llegaste preparado — papá.*
*El descanso es parte del entrenamiento.*
Ocho líneas. Una semana entera en ocho líneas.
Cerró el cuaderno.
Apagó la luz.
Afuera, en la oscuridad del barrio, sonó una vez la campana de la iglesia de la esquina — una sola, sin saber exactamente qué hora marcaba. Mateo la escuchó y no intentó calcular cuál era.
No importaba la hora. Importaba que mañana descansaba, y el lunes empezaba de nuevo.
Con el revés.
*Fin del Capítulo 6*