El Sistema del esfuerzo

Cap 7 descanso con la familia

# **EL SISTEMA DEL ESFUERZO**
## Capítulo 7 — *Domingo*
---
**Domingo, 9 de marzo. 8:30 a.m.**
*Temperatura: 22°C. Despejado con viento leve.*
---
Mateo se despertó sin despertador y sin apuro.
Era la primera vez en seis días que no había nada que hacer antes del desayuno. Sin correr, sin calendario, sin sesión pendiente. Solo la mañana del domingo entrando por la persiana con esa luz más blanca y más quieta que tiene el domingo, distinta a todos los otros días sin que uno sepa explicar por qué.
Se quedó acostado un momento, mirando el techo.
Después recordó lo que había dicho su mamá la noche anterior.
*Antes de levantarte de la cama, en frío. Lo estirás despacio, sin forzar.*
Estiró la pierna derecha hacia adelante todo lo que daba, sostuvo. Cambió. Después las caderas — despacio, sintiendo el músculo frío que resistía antes de ceder. El hombro derecho, con la rotación de torso que le había enseñado Marcos. Treinta segundos, sin apuro, mirando el techo.
Lucas dormía con la boca abierta y un brazo colgando, idéntico a todos los lunes, martes y domingos de su vida.
Mateo terminó los estiramientos sin levantarse de la cama, como había dicho Elena. Cuando finalmente se sentó en el borde, el cuerpo se sentía diferente — más liviano de arranque, menos esa rigidez de los primeros pasos que normalmente tardaba diez minutos en irse.
El Sistema apareció, breve:
---
> *Estiramientos en frío registrados.*
>
> *Hoy: descanso. No hay misiones activas, no hay sugerencias de entrenamiento.*
>
> *El sistema estará en modo observación hasta mañana.*
---
Modo observación.
Mateo no supo si eso lo tranquilizaba o lo inquietaba levemente. Seis días con el Sistema dándole información, sugerencias, números — y hoy silencio. Era raro, como cuando se corta el ruido de fondo que uno ya no escucha hasta que desaparece.
Se levantó y fue a la cocina.
---
Elena estaba en el patio con la manguera, regando las plantas. La mañana del domingo era su momento — sin máquina de coser, sin venta de comida, sin nadie que necesitara nada urgente. Solo el patio, las macetas, el limonero que le había regalado su mamá hacía diez años y que ella trataba con una atención que Mateo siempre había encontrado excesiva y ahora, después de una semana pensando en la paciencia del proceso, entendía un poco mejor.
—Buenos días —dijo Mateo desde la puerta.
—Hay mate en la cocina. —Elena no dio vuelta—. Y si querés ayudar, la bolsa del mercado está en la silla. Tu papá va en un rato pero si la hacés vos antes, mejor.
Mateo tomó mate, comió una galleta, miró la lista del mercado que Elena había escrito en el dorso de un sobre.
Aceite, harina, sal gruesa, yerba, jabón en polvo, tomates, dos limones, papel higiénico.
Ocho cosas. Podía hacerlo en veinte minutos.
Agarró la bolsa y salió.
---
El almacén de la vuelta era de un señor llamado Cacho que llevaba treinta años en el mismo lugar y que conocía a cada familia del barrio por el apellido y el pedido habitual. Cuando Mateo entró, Cacho levantó la vista desde atrás del mostrador.
—Herrera. ¿La señora Elena manda?
—Sí.
—¿Qué necesitan?
Mateo le pasó la lista. Cacho la leyó, fue juntando las cosas con la memoria de quien no necesita buscar nada porque sabe exactamente dónde está cada producto desde hace décadas.
—Vi que jugaste ayer —dijo Cacho, sin mirarlo, acomodando el aceite en la bolsa.
Mateo frunció el ceño.
—¿Cómo sabe?
—Tu papá pasó a buscar cigarrillos después y me contó. —Cacho lo miró—. Dijo que estuviste bien.
Mateo procesó eso. Roberto Herrera, que usaba las palabras como si costaran dinero, había parado en el almacén a contarle al almacenero que su hijo había jugado bien.
—Perdí —dijo Mateo.
—Dijo que igual estuviste bien. —Cacho le pasó la bolsa—. Son ochocientos veinte.
Mateo pagó y volvió a la casa con la bolsa y esa frase dándole vueltas adentro.
---
Roberto estaba en la cocina cuando llegó, tomando el primer mate del día con la concentración silenciosa que ponía en todo. Mateo dejó la bolsa en la mesada.
—Ya fui.
Roberto miró la bolsa, después a Mateo.
—Gracias.
Pausa.
—¿Qué vas a hacer hoy?
—Nada. Descanso.
Roberto asintió.
—Bien. —Tomó el mate—. El cuerpo necesita parar tanto como necesita trabajar. La obra que no descansa se agrieta.
Mateo agarró una galleta de la mesa.
—¿Necesitás ayuda con algo?
Roberto lo miró un momento.
—En el cuarto de herramientas hay una caja que no entra en el estante. Hay que cortar el estante un centímetro y medio.
—¿Tenés la sierra?
—Ahí está.
Pasaron la mañana en el cuarto de herramientas — un cuarto pequeño detrás del patio que Roberto usaba como taller personal. El trabajo fue simple: medir dos veces, cortar una, lijar el borde. Roberto guiaba sin dar órdenes — señalaba, esperaba que Mateo hiciera, corregía si era necesario con un gesto o una palabra.
Cuando terminaron y la caja entró en el estante con el centímetro y medio de más, Roberto acomodó sus herramientas en silencio.
Mateo barrió el aserrín del piso.
—¿Por qué siempre medís dos veces? —preguntó.
—Porque cortar es irreversible —dijo Roberto, sin pausa—. Lo que está mal medido no tiene arreglo. Lo que está bien medido y mal cortado, sí.
Mateo barrió el resto del aserrín pensando en eso.
Irreversible. Como los errores en la cancha que ya no se podían deshacer — el punto perdido, el saque que fue a la red. No tenían arreglo. Lo único que tenía arreglo era lo que venía después.
---
**11:15 a.m.**
Sonó el timbre.
Sofía corrió a abrir antes de que alguien más se moviera — tenía ese radar para el timbre que ninguno de los otros había desarrollado. Desde la cocina se escuchó su voz:
—¡Tío Gustavo!
Mateo salió al pasillo.
Gustavo era el hermano menor de Elena — cuarenta años, barba de tres días, esa energía de persona que siempre está llegando de algún lado o yéndose a algún otro. Vivía en un barrio a veinte minutos en colectivo y aparecía sin aviso el domingo de vez en cuando, que era exactamente su estilo.
Elena lo recibió con un abrazo y un reto simultáneo por no avisar.
—Si aviso, se arma lío —dijo Gustavo, que era siempre su respuesta.
—El lío se arma igual —dijo Elena.
Gustavo saludó a todos — un abrazo a Roberto, un golpe en el hombro a Lucas que acababa de levantarse con cara de no saber qué día era, un gesto a Valeria que bajó al escuchar la voz. Cuando llegó a Mateo lo miró un segundo.
—¿Seguís con el tenis?
—Sí.
—¿Y cómo va?
—Bien.
—¿Ganás?
—Todavía no.
Gustavo se rió.
—Honesto. Me gusta.
Se quedó al almuerzo, que Elena resolvió con lo que había — milanesas, ensalada, el pan que sobraba del sábado. La mesa del domingo con visita tenía su propio ruido: Gustavo contaba algo de su trabajo en el depósito de una distribuidora, Lucas le hacía preguntas sobre los camiones, Sofía dibujaba en su cuaderno pero participaba cuando le hablaban directamente.
En algún momento Gustavo mencionó que había visto un partido de tenis en la tele la semana pasada.
—Ese chico joven, ¿cómo se llama? El que saca como un misil.
—¿Cuál? —dijo Mateo.
—No me acuerdo. Joven, pelo oscuro. Perdió en cuartos.
—No sé quién es.
—Bueno, sacaba como un misil. —Gustavo tomó agua—. ¿Vos sacás bien?
—Estoy mejorando.
—¿Qué es lo más difícil?
Mateo pensó un segundo.
—El revés. Cuando te abren hacia ese lado, no tenés respuesta.
Gustavo asintió como si entendiera perfectamente, aunque probablemente no supiera qué era el revés exactamente.
—Como cuando en el depósito te llega un pedido por el lado que no esperás y no tenés dónde ponerlo. Hay que tener el espacio listo antes de que llegue.
Mateo lo miró.
—Sí, algo así.
Gustavo se sirvió más ensalada, satisfecho de haber aportado algo útil.
---
**3:30 p.m.**
Después del almuerzo, mientras Roberto y Gustavo tomaban mate en el patio y Elena cosía en la sala, Sofía arrastró a Mateo al fondo del patio con una raqueta vieja que habían encontrado en algún momento en la ferretería y que nadie sabía bien de quién era.
—Enseñame —dijo Sofía.
—¿A jugar tenis?
—Solo a golpear la pelota.
Mateo la miró con la raqueta vieja en la mano — era más grande que ella, o parecía más grande.
—¿Con eso?
—Es lo que hay.
El patio no era una cancha. Era un rectángulo de cemento con las plantas de Elena en los costados y el limonero en el centro que dividía el espacio en dos mitades inconvenientes. Pero había suficiente lugar para pararse a dos metros y tirarse la pelota.
Mateo le mostró el grip — cómo agarrar la raqueta sin apretar demasiado, la mano firme pero no tensa.
Sofía lo imitó con esa concentración total que ponía en las cosas nuevas.
—Ahora tirá la pelota hacia arriba y pegale cuando baja.
Sofía tiró la pelota hacia arriba. La pelota subió, bajó. Sofía le pegó.
La pelota fue directo al limonero.
—Al limonero no —dijo Elena desde adentro, sin verlo.
—Perdón —dijo Sofía.
Mateo se paró más lejos del limonero.
—Otra vez.
Sofía tiró, golpeó. La pelota fue hacia la pared del fondo. Sofía la miró rebotar con satisfacción.
—¿Bien?
—Bien. Ahora más fuerte.
Estuvieron media hora en el patio. Sofía golpeaba, Mateo corregía una cosa por vez — el agarre, la posición del codo, cuándo golpear en la trayectoria de bajada. Sofía fallaba mucho pero nunca con frustración — para ella era un juego y los juegos se podían fallar sin drama.
En algún momento Gustavo asomó la cabeza desde el patio.
—¿Qué hacen?
—Entreno —dijo Sofía.
—¿Para qué?
—Para el martes que viene tengo que avisarle a Mateo si llega bien o mal a las pelotas.
Gustavo miró a Mateo.
Mateo se encogió de hombros.
Gustavo volvió adentro con cara de haber entendido menos que antes.
---
**5:15 p.m.**
Gustavo dijo que se iba pero nadie lo creyó hasta que agarró el bolso y se puso de pie de verdad. Elena le mandó tupper con las milanesas que sobraban. Roberto lo acompañó hasta la puerta. Sofía le mostró el cuaderno de flechas del partido del día anterior, que Gustavo miró con una atención de quien no entiende nada pero no quiere decepcionar a una nena de once años.
—Muy bueno —dijo Gustavo.
—¿Cuál parte? —preguntó Sofía.
—Toda.
Sofía lo miró con los ojos entrecerrados.
—No entendés nada, ¿verdad?
—Nada —admitió Gustavo.
Sofía asintió como si eso fuera lo más honesto que alguien le había dicho en mucho tiempo y cerró el cuaderno.
Gustavo se fue.
---
Elena dijo que quería caminar.
No era algo que dijera seguido — o quizás sí lo decía y nadie lo escuchaba. Pero ese domingo lo dijo en la cocina mientras guardaba los platos y Roberto, que estaba en la puerta del patio, asintió sin que nadie se lo pidiera.
Salieron los cinco — Elena, Roberto, Sofía, Lucas y Mateo. Valeria se quedó estudiando. Lucas protestó brevemente pero se puso las zapatillas igual.
Caminaron por el barrio sin destino fijo, que era la única forma en que tenía sentido caminar un domingo a la tarde. El barrio a esa hora tenía ese ritmo lento de la gente que ya terminó el almuerzo y todavía no sabe bien qué hacer con el resto del día. Vecinos en las puertas, algún partido de fútbol callejero a media cuadra, el quiosco de la esquina con la persiana a medias.
A las tres cuadras pasaron por la plaza y vieron que había un evento.
No era gran cosa — una feria pequeña, cinco o seis puestos, música de un parlante portátil que sonaba un poco fuerte para el tamaño del espacio. Pero había gente, había color, había olor a comida.
—¿Qué es? —preguntó Sofía.
Un cartel decía: *FERIA DEL BARRIO — 2ª edición. Artesanías, plantas, comidas típicas.*
Elena se detuvo directamente frente al puesto de plantas.
—Sabía —dijo Lucas.
Roberto caminó hacia los puestos de herramientas de jardín que había al fondo con la misma inevitabilidad.
—Sabía —dijo Lucas de nuevo.
Mateo y Lucas se quedaron en el medio de la plaza viendo cómo sus padres gravitaban hacia sus intereses con la fuerza de una ley física.
Sofía ya había desaparecido hacia un puesto de manualidades.
Lucas y Mateo caminaron despacio por la feria sin apuro. Había un puesto de empanadas con una cola de cinco personas — suficiente señal de que valían la pena. Lucas compró tres. Mateo compró dos. Las comieron caminando.
—¿Qué hacés mañana? —preguntó Lucas.
—Correr, escuela, práctica en el club.
—¿Siempre lo mismo?
—Por ahora sí.
Lucas masticó.
—¿No te aburrís?
Mateo pensó en eso honestamente.
—No. Todavía no.
—¿Y cuándo mejorás?
—Ya estoy mejorando.
Lucas lo miró de reojo.
—No se nota mucho desde afuera.
—Desde afuera todavía no. —Mateo terminó la empanada—. Pero desde adentro sí.
Lucas lo miró un segundo más, como si estuviera evaluando si eso tenía sentido o no. Después asintió.
—Bien. Mientras vos lo veas.
Era lo más filosófico que Lucas Herrera había dicho en mucho tiempo, y probablemente él mismo no se había dado cuenta.
---
Elena compró dos plantas. Roberto compró un destornillador que insistió en que necesitaba aunque ya tenía cuatro parecidos. Sofía encontró un puesto donde una señora vendía cuadernos artesanales y estuvo diez minutos eligiendo uno con tapa de cartón marrón que terminó comprando con la plata que le había sobrado del kiosco de la semana.
Caminaron de vuelta a casa cuando el sol ya estaba bajo y el viento de la tarde empezaba a tener temperatura de otoño.
Roberto iba adelante con Elena. Lucas iba al lado de Mateo con las manos en los bolsillos. Sofía iba un paso detrás con el cuaderno nuevo apretado contra el pecho, mirando todo.
Mateo caminó esas cuatro cuadras de vuelta sin pensar en el tenis.
Solo caminó.
---
**9:40 p.m.**
La noche del domingo era la más tranquila de todas. La casa se apagaba temprano — Roberto a las diez sin falta, Elena poco después, Lucas con la consola pero sin sonido, Sofía escribiendo en el cuaderno nuevo con la lengua levemente afuera como siempre que se concentraba.
Mateo estaba en su cama con un libro.
Era una de esas novelas que había empezado en las vacaciones y que había abandonado a mitad porque siempre había otra cosa. La retomó desde donde la había dejado — un capítulo en el que el protagonista tomaba una decisión que cambiaba todo lo que venía después. Leyó despacio, sin apuro, dejando que las páginas avanzaran solas.
A las diez y cuarto cerró el libro con el dedo adentro y se quedó mirando el techo.
La semana que venía era la misión "Estructura". Cinco sesiones en diez días, al menos una de revés. Tenía el miércoles de entrenamiento grupal, el viernes de práctica sola, y los martes y jueves para lo que pudiera agregar. El sábado era partido de nuevo.
Pensó en el revés.
Era el golpe que más le costaba — no solo técnicamente sino mentalmente. Cuando la pelota llegaba hacia ese lado sentía algo parecido al miedo anticipado, como si ya supiera que iba a fallar antes de intentarlo. Bautista lo había explotado sin piedad el día anterior y lo iba a seguir explotando mientras no tuviera algo con qué responder.
La semana que venía. El revés.
Dejó el libro en la mesita, apagó la luz de lectura y se sentó en el borde de la cama.
Estiramientos nocturnos.
No los de Marcos — esos eran para después de correr. Estos eran más simples: los que le habían quedado de los ejercicios de muñeca, un estiramiento suave de dedos y antebrazo que el Sistema había sugerido para los días de descanso.
Extendió el brazo derecho, palma hacia arriba, y con la mano izquierda dobló los dedos hacia abajo suavemente. Sintió el tirón en el antebrazo, desde la muñeca hasta el codo. Treinta segundos. Cambió la dirección — palma hacia abajo, dedos hacia arriba. Otro tirón, diferente, en el lado opuesto.
Después el otro brazo, aunque el izquierdo no necesitara tanto.
Seis días de trabajo y sus manos ya se sentían diferentes cuando agarraban la raqueta. No más fuertes todavía — más presentes. Como si supieran mejor lo que estaban haciendo.
Lucas entró al cuarto, se tiró en la cama, miró el teléfono un momento.
—¿Leíste? —preguntó, viendo el libro en la mesita.
—Un rato.
—¿Qué libro es?
—Uno de aventuras.
—¿Es bueno?
—Sí.
Lucas lo miró.
—Prestámelo cuando termines.
Mateo lo miró. Lucas nunca le pedía libros prestados.
—Dale.
Lucas asintió, apagó la pantalla del teléfono y se dio vuelta.
Mateo terminó los estiramientos, se estiró en la cama y abrió el cuaderno por última vez.
Marcó el domingo.
*Estiramientos en frío ✓ / Mercado ✓ / Ayudé a papá ✓ / Tío Gustavo ✓ / Plaza con la familia ✓ / Lectura ✓ / Estiramientos de muñeca ✓*
Debajo escribió una sola línea:
*Mañana arranca la misión 2. El revés.*
Cerró el cuaderno.
Afuera el barrio estaba completamente en silencio. El tipo de silencio que solo tiene el domingo a la noche, cuando todos guardan la semana que pasó y nadie todavía sabe bien qué traerá la que sigue.
Mateo cerró los ojos.
---
*Fin del Capítulo 7*



#191 en Ciencia ficción
#446 en Joven Adulto

En el texto hay: superacion, deportes, #litrpg

Editado: 26.07.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.