# **EL SISTEMA DEL ESFUERZO**
## Capítulo 13 — *Combinaciones*
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**Miércoles 19 de marzo. 5:45 a.m.**
*Temperatura: 14°C. Cielo nublado, sin viento.*
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El despertador sonó y Mateo ya estaba despierto.
No tuvo que forcejear con la cama, como en los primeros días. Ahora el cuerpo se levantaba solo, como si hubiera aprendido que a las cinco y cuarenta y cinco la cama ya no era una opción.
Se sentó, abrió el cuaderno chico y escribió:
*Miércoles 19: Día 3 de 14. Club con Daniel. Saque y devolución.*
Cerró el cuaderno, agarró la raqueta y salió en puntas de pie. Al lado, Lucas seguía durmiendo con la boca abierta.
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**6:10 a.m.**
El parque estaba más oscuro que los días anteriores. Las nubes cubrían el cielo como una capa gruesa, y el aire tenía esa humedad que anunciaba lluvia para más tarde. Pero el pasto estaba seco, y el viento no soplaba.
Mateo empezó a trotar.
El cuerpo respondió sin resistencia. Las piernas marcaron el ritmo solas, los brazos oscilaron al compás, y la raqueta — ya parte del equipo — se movía con naturalidad en la mano derecha.
Los cambios de ritmo salieron fluidos. En las ráfagas de velocidad, el gesto del golpe imaginario cortaba el aire con un zumbido limpio. En las pausas, la raqueta volvía a la posición de descanso sin que Mateo tuviera que pensar en dónde ponerla.
Un señor mayor que paseaba a su perro lo miró desde la vereda. Mateo levantó la mano libre en un saludo corto y siguió corriendo.
Tres vueltas completas al parque. Cuatro cambios de ritmo. Estiramientos al final, con el hombro derecho recibiendo atención extra después del tirón del día anterior.
—Listo —dijo Mateo en voz baja, y caminó de vuelta a la casa.
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**7:50 a.m.**
Ducha. Desayuno. Escuela.
La mañana pasó sin sobresaltos. Mateo respondió en geografía, copió los ejercicios de matemáticas y escuchó a la profesora de lengua hablar de los recursos narrativos sin prestar mucha atención.
En el recreo, Nicolás se acercó con las manos en los bolsillos.
—¿Hoy tenés club?
—Sí.
—¿Y mañana?
—Jueves libre —dijo Mateo—. Primera vez.
Nicolás asintió, como si hubiera algo importante en esa información.
—¿Y el sábado?
—Partido —dijo Mateo.
—Bueno, suerte.
—Gracias.
El timbre los devolvió al aula.
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**4:30 p.m.**
El club estaba tranquilo. La cancha número dos estaba libre, y Daniel ya había dejado el cesto de pelotas en el costado de la red. Mateo dejó la mochila en el banco y se acercó caminando, sintiendo el polvo de ladrillo bajo las zapatillas.
—Hoy hacemos combinaciones —dijo Daniel, sin preámbulo—. Nada de un solo golpe. Vas a tener que moverte, pegar y recuperar.
Mateo asintió y se ubicó en la línea de fondo.
Los primeros quince minutos fueron de saque. Daniel le pidió veinte saques, sin pausa, alternando dirección. Mateo sintió cómo el brazo se calentaba, cómo la cadena cinética — piernas, cadera, torso, muñeca — se activaba con cada repetición.
El primer saque salió largo. El segundo, a la red. El tercero encontró el ángulo.
—No pienses en la precisión —dijo Daniel desde el otro lado—. Pensá en la repetición del gesto. Si el gesto es el mismo siempre, la precisión llega sola.
Mateo ajustó. En lugar de buscar la línea, se concentró en la postura: el brazo libre señalando al cielo, el codo alto, la rodilla flexionada, el peso transfiriéndose de atrás hacia adelante.
Los siguientes diez saques entraron todos.
No eran perfectos. Algunos quedaban cortos, otros salían desviados. Pero todos cruzaron la red y cayeron dentro del cuadro de servicio. Mateo sintió un tirón familiar en el borde de la visión, esa presencia que aparecía sin anunciarse:
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> *Sesión de servicio registrada.*
> *Consistencia en gesto detectada: mejora en cadena cinética.*
> *Servicio: 28% → 29%*
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Un punto. Nada del otro mundo. Pero era la primera vez que el saque subía dos sesiones seguidas, y eso significaba que la corrección de Daniel estaba funcionando, que el cuerpo empezaba a incorporar el movimiento como propio.
—Pará —dijo Daniel—. Ahora devolución.
Mateo agarró aire y se preparó para recibir.
Daniel sacó del otro lado, a media potencia, y Mateo devolvió. La primera la mandó a la red. La segunda la empujó larga. La tercera encontró el centro de la cancha.
—Mejor —dijo Daniel—. Pero no te quedés parado después de pegar. La devolución no termina cuando la pelota cruza la red. Termina cuando volvés a la posición de base.
Mateo asintió y ajustó.
Devolvía, y en lugar de quedarse mirando el resultado, ya estaba moviéndose de vuelta al centro. El gesto se volvió automático después de cinco repeticiones: recibir, golpear, recuperar.
—Ahora combinamos —dijo Daniel.
Lo que siguió fueron veinte minutos de intercambio continuo. Daniel le tiraba pelotas a distintos lados, obligándolo a combinar golpes: saque y devolución, drive y desplazamiento, revés y recuperación.
Mateo sentía el esfuerzo en las piernas, en la respiración, en los brazos. Pero también sentía el ritmo. Ese pulso constante entre un golpe y el siguiente que hacía que el cuerpo trabajara sin la mente metiéndose en el medio.
A los cuarenta minutos, Daniel hizo una pausa.
—¿Cómo sentís los golpes?
Mateo se dobló, con las manos en las rodillas, recuperando el aire.
—El saque mejor —dijo entre respiraciones—. La devolución... a veces la mando larga.
—Porque llegás tarde —dijo Daniel—. Tenés que anticipar el saque antes de que la pelota cruce la red. No esperar a que llegue para moverte.
Mateo asintió, todavía sin aire.
—Mañana no venís —dijo Daniel—. Así que el viernes, si querés, vení un rato antes de la ferretería. Hacemos una sesión corta, nomás para mantener el ritmo.
—¿Viernes? —preguntó Mateo, enderezándose.
—El sábado jugás. No te conviene llegar sin tocar una pelota el viernes.
Mateo asintió.
—Voy a venir.
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**8:00 p.m.**
Llegó a la casa con el brazo derecho pesado y la remera pegada al cuerpo. Elena estaba terminando de cocinar, y el olor a pollo al horno con papas llenaba toda la casa.
Mateo se sentó a la mesa sin decir nada, y comió en silencio mientras el cansancio se asentaba en los músculos.
Después de cenar, se paró frente a la pared del patio, sin la raqueta, solo moviendo el cuerpo. Repitió la secuencia del entrenamiento: el paso atrás para el saque, el giro del torso, la transferencia de peso. No necesitaba la pelota para sentir el movimiento.
Su propio cuerpo era el recordatorio.
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**10:00 p.m.**
Escribió en el cuaderno antes de apagar la luz:
*Miércoles 19: Día 3 de 14. Club con Daniel — combinaciones saque + devolución. Buena sesión. Casi todos los saques entraron. Saque subió a 29%. El viernes voy temprano al club antes de la ferretería. Descansar mañana a la tarde.*
Apagó la luz y sintió cómo el sueño llegaba rápido, sin vueltas, como siempre después de un día completo de entrenamiento.
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**Jueves 20 de marzo. 5:50 a.m.**
*Temperatura: 15°C. Lluvia fina, constante.*
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La lluvia estaba cayendo cuando Mateo abrió los ojos.
No era una tormenta. Era esa llovizna de marzo que moja todo sin hacer ruido, como si el aire estuviera empapado y soltara el agua de a poco. El patio estaba brillante, el pasto inclinado bajo las gotas, el limonero goteando lento.
Mateo se asomó a la ventana un momento. Después agarró la raqueta y salió.
El agua le dio en la cara en cuanto puso un pie en la vereda. La remera se pegó al cuerpo a los pocos segundos, y las zapatillas hicieron un ruido húmedo contra el asfalto.
El parque estaba vacío. A las seis de la mañana bajo la lluvia, no había nadie.
Mateo empezó a trotar.
Los cambios de ritmo bajo la lluvia se sentían distintos. El cuerpo se calentaba más rápido, la respiración era más densa, y el agua en la cara obligaba a entrecerrar los ojos. El mango de la raqueta se volvió resbaladizo, y Mateo apretó el agarre con un poco más de fuerza.
A la mitad del recorrido, algo cambió.
Empezó a disfrutarlo.
La lluvia, la soledad, el ruido de sus propias pisadas contra el asfalto mojado. No había nadie mirándolo, nadie esperando nada de él. Solo él, la raqueta y el agua.
*Día 4*, pensó mientras aceleraba en la última repetición. *Cuatro de catorce.*
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**7:45 a.m.**
Llegó chorreando. Dejó las zapatillas en la entrada, colgó la remera en el borde de la pileta y fue directo a la ducha.
—¿Saliste a correr igual? —preguntó Elena desde la cocina.
—Sí —dijo Mateo, con la voz resonando desde el baño.
Escuchó una risa baja, casi imperceptible, mientras el agua caliente caía sobre su cabeza.
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**12:30 p.m.**
La escuela terminó y Mateo salió caminando despacio, sin la urgencia de los días de club.
*Jueves. Tarde libre.*
La sensación era nueva. Todos sus días desde que empezó con el tenis tenían una estructura fija: mañana de trote, escuela, tarde de club o ferretería, noche de entrenamiento en casa. Pero hoy no había club ni ferretería. Solo una tarde vacía.
Podía descansar.
O podía entrenar.
Caminó hasta la casa, dejó la mochila, agarró la raqueta y salió al patio. El cielo seguía nublado, pero la lluvia había parado y el cemento estaba seco en algunas partes.
Se paró frente a la pared del fondo y empezó a golpear.
Primero drives. Después reveses. Alternaba sin pausa, dejando que el cuerpo encontrara el ritmo solo. El sonido de la pelota contra el cemento era seco, constante, hipnótico. *Pum. Pum. Pum.*
Después de quince minutos, agregó el saque. Se paró a unos ocho metros de la pared, marcó un blanco imaginario en la altura de la red y repitió el gesto completo: lanzamiento, arco, impacto.
El brazo respondía mejor que el lunes. La cadena cinética — piernas, cadera, torso, muñeca — fluía sin los bloqueos de los primeros días. No todos los saques daban en el blanco, pero la mayoría pasaban cerca.
—¿Otra vez? —preguntó Lucas, asomando la cabeza por la puerta de la cocina.
—Práctica libre —dijo Mateo.
Lucas se sentó en el umbral y lo miró un rato. No dijo nada, pero no se fue. Se quedó ahí, viendo cómo Mateo golpeaba una y otra vez, hasta que el sol se asomó entre las nubes y el patio se llenó de luz.
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**7:30 p.m.**
Cenaron temprano. Guiso de lentejas con trozos de chorizo colorado. Mateo comió dos platos enteros, algo que no hacía desde antes de empezar con el tenis.
—El cuerpo pide comida —dijo Elena, y Mateo no discutió.
Roberto llegó del trabajo cuando ya estaban terminando. Comió en silencio, como siempre, y cuando terminó dejó el plato en la pileta y se sentó en la mesa de la sala con el diario.
Mateo lo miró un momento. Su padre tenía las manos marcadas, los nudillos blancos del yeso seco, las líneas profundas de la arena y el cemento. Las mismas manos que le habían enseñado a medir dos veces y cortar una.
—Mañana trabajo a la tarde —dijo Mateo, sin razón aparente.
Roberto levantó la vista del diario.
—¿En la ferretería?
—Sí. El nuevo horario.
Roberto asintió.
—Don Héctor es buen hombre —dijo—. Si te pidió el cambio, por algo será.
Y volvió al diario.
Mateo se quedó un momento en silencio, y después fue a su cuarto a prepararse para la noche.
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**9:00 p.m.**
—¿Vamos a hacer algo hoy? —preguntó Sofía, parada en la puerta del cuarto de Mateo con su cuaderno marrón bajo el brazo.
—Sí —dijo Mateo, que estaba buscando algo en el armón—. Reflejos.
Sofía inclinó la cabeza.
—¿Reflejos cómo?
Mateo sacó una pelota de tenis del fondo del armón. Pero no era una pelota común. Era una pelota saltarina, de esas de goma maciza que vienen en los juegos de kiosco, con colores brillantes y un rebote impredecible.
—La compró Lucas el otro día —dijo Mateo, mostrándosela—. Rebota para cualquier lado.
—¿Y cómo vamos a entrenar reflejos con eso?
—Vos la tirás contra la pared del patio —dijo Mateo—. Yo tengo que agarrarla antes de que pegue dos veces en el suelo.
Sofía lo miró un momento, después sonrió.
—Eso suena divertido.
Salieron al patio. La noche estaba oscura, pero la luz de la cocina proyectaba un rectángulo amarillo sobre el cemento, suficiente para ver los movimientos.
Mateo se paró a unos cinco metros de la pared.
—Tirá fuerte. Que rebote contra el piso primero.
Sofía levantó la pelota y la lanzó contra el cemento. La pelota pegó en el piso, después en la pared, y salió disparada hacia la izquierda en un ángulo imposible.
Mateo se lanzó, pero la pelota ya había pasado.
—Muy rápido —dijo.
—Agarrá la raqueta —dijo Sofía.
Mateo la miró.
—¿Con raqueta?
—Si la agarrás con la mano es más fácil. Con la raqueta tenés que leer el rebote antes.
Mateo dudó un momento, después fue a buscar la raqueta.
La segunda ronda fue distinta. Sofía lanzó la pelota contra el piso, esta vez con más efecto, y Mateo esperó con la raqueta en posición de drive, listo para reaccionar.
La pelota rebotó en el piso, golpeó la pared y salió en diagonal, alta.
Mateo giró el torso y la golpeó al aire, devolviéndola contra la pared. No fue un golpe limpio — la pelota pegó en el marco de la raqueta y salió desviada — pero la tocó.
—¡Esa la vi! —dijo Sofía.
—Pero no la devolví bien —dijo Mateo.
—La viste. Eso es lo que importa.
Siguieron lanzando. A la quinta, Mateo ya anticipaba el rebote antes de que la pelota tocara la pared. A la décima, el golpe salió limpio, y la pelota volvió contra la pared con un sonido seco.
—Otra —dijo Mateo.
Sofía lanzó más fuerte. La pelota fue al piso, a la pared, después a la derecha, rebotando en el borde del cantero. Mateo se desplazó, ajustó el cuerpo y golpeó de revés, mandando la pelota de vuelta al centro.
—Bien —dijo Sofía, y lanzó otra.
A los veinte minutos, Mateo estaba transpirando otra vez, a pesar de que la noche era fresca. Pero la sensación era distinta al entrenamiento del club. Acá no había series ni repeticiones. Solo la pelota, el rebote y la reacción.
—Una más —dijo.
Sofía lanzó la última con todo lo que tenía. La pelota pegó en el piso, subió a la pared, rebotó en el ángulo del techo del gallinero y cayó en espiral, impredecible.
Mateo no calculó la trayectoria. Dejó que el cuerpo se moviera solo, que la mano llevara la raqueta al punto donde la pelota iba a estar.
Golpeó.
La pelota cruzó el patio en línea recta y pegó en el centro de la pared, justo donde habían marcado el blanco imaginario.
Sofía abrió los ojos.
—Ese estuvo bueno.
Mateo sonrió, con la respiración agitada.
—Fue suerte.
—No importa —dijo ella, agachándose a juntar la pelota—. Si la suerte te da un golpe bueno, después sabés que podés repetirlo.
Mateo la miró un momento, ahí parada en la luz de la cocina, con la pelota saltarina en la mano, hablando como si tuviera veinte años de experiencia en lugar de once.
—Gracias, So.
—De nada —dijo ella—. Mañana ferretería. No llegues tarde.
Mateo rió.
—Sí, jefa.
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**10:15 p.m.**
Mateo escribió en el cuaderno antes de apagar la luz:
*Jueves 20: Día 4 de 14. Trote bajo lluvia. Tarde libre — práctica en el patio (drive, revés, saque combinados). Noche: reflejos con pelota saltarina + Sofía. Saque en 29%.*
*Mañana: viernes. Trote suave. Club temprano con Daniel. Ferretería a la tarde.*
*Faltan dos días.*
Cerró el cuaderno y lo guardó.
Se quedó un momento sentado en la cama, sintiendo el peso del día en los hombros, en las piernas, en los dedos de la mano derecha. Cuatro días de catorce. No era ni la mitad del camino. Pero el cuerpo ya respondía distinto.
Apagó la luz.
Antes de dormirse, sintió el eco de la última jugada: la pelota saltarina cruzando el aire, su raqueta encontrándola en el punto exacto.
*Si la suerte te da un golpe bueno*, había dicho Sofía, *después sabés que podés repetirlo.*
Y se durmió.
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*Fin del Capítulo 13*