El Sistema del esfuerzo

Cap 14 Herramientas

# EL SISTEMA DEL ESFUERZO
## Capítulo 14 — *Herramientas*
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**Viernes 21 de marzo. 5:45 a.m.**
*Temperatura: 16°C. Cielo despejado, brisa suave.*
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El despertador sonó y Mateo lo apagó despacio, sin la urgencia de otros días.
Se quedó un momento sentado al borde de la cama, sintiendo el cuerpo. Los hombros estaban bien. Las piernas, sin molestias. La muñeca derecha, firme. No había dolor, ninguna señal de que el esfuerzo de los últimos cuatro días hubiera dejado alguna marca negativa.
Pero sintió el peso en el aire. Ese algo distinto que no estaba en los músculos sino en la cabeza.
*Mañana juego.*
Abrió el cuaderno chico y escribió:
*Viernes 21: Día 5 de 14. Trote suave. Club temprano con Daniel. Ferretería a la tarde. Mañana: Renata.*
Cerró el cuaderno, agarró la raqueta y salió.
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**6:10 a.m.**
El parque amanecía distinto los viernes. La rutina de la semana ya había pasado, y el aire tenía esa tranquilidad de quien sabe que el fin de semana está cerca. El pasto estaba seco, el cielo limpio, y el sol empezaba a calentar entre los árboles.
Mateo empezó a trotar, pero no forzó el ritmo.
Hoy no había cambios de velocidad. No había ráfagas. Solo un trote constante, tranquilo, al mismo paso durante toda la vuelta. La raqueta colgaba en la mano derecha sin levantarse para los golpes imaginarios. No hacía falta.
El cuerpo ya sabía lo que tenía que hacer. Hoy solo necesitaba moverse para mantener la máquina en temperatura, sin exigirle más.
Dio dos vueltas completas al parque y después caminó otros cinco minutos para bajar las pulsaciones. Un trote de mantenimiento. Nada más.
En la esquina del parque, un hombre mayor que regaba las plantas del frente lo saludó con la mano. Mateo devolvió el saludo y siguió caminando.
—Mañana tenés partido, ¿no? —preguntó el hombre.
Mateo se detuvo.
—¿Cómo sabe?
—El barrio chica —dijo el hombre, sonriendo—. Mi nieto juega en el club. Dice que sos el que le ganó a Ezequiel.
Mateo no supo qué responder.
—Suerte mañana —dijo el hombre, y volvió a su manguera.
Mateo siguió caminando, con esa sensación rara de que la gente empezaba a saber quién era sin que él hubiera hecho nada para que lo supieran.
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**7:50 a.m.**
Llegó a la casa, se bañó, desayunó y agarró la mochila. El día tenía ese aire distinto, como si el viernes no fuera un día común sino el preludio de algo más grande.
Elena lo vio salir y le alcanzó un tupper con fruta.
—Para el recreo —dijo.
Mateo lo guardó sin discutir.
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**8:30 a.m.**
La escuela arrancó normal. Los mismos pasillos, las mismas caras, los mismos profesores arrastrando los pies entre aula y aula.
Mateo se sentó en su banco de siempre, junto a la ventana. Nicolás llegó tarde, como todos los viernes, y se dejó caer en el asiento de al lado con la mochila abierta buscando la carpeta.
—¿Todo bien? —preguntó Nicolás.
—Sí —dijo Mateo.
La mañana pasó lenta. En el recreo, Mateo salió al patio a comer la fruta que le había dado Elena, sentado en el borde de la galería, mirando a los demás correr y hablar sin mucho sentido.
Fue ahí cuando lo vio.
Un pibe nuevo, sentado solo en el otro extremo de la galería, con una gorra azul y un cuaderno abierto en la falda. No estaba escribiendo ni leyendo. Estaba dibujando.
Mateo lo observó un momento. El pibe dibujaba con trazos rápidos y seguros, sin levantar la vista del papel, completamente ajeno al ruido del recreo alrededor.
Mateo se levantó y se acercó.
—¿Qué estás dibujando? —preguntó.
El pibe levantó la vista. Tenía los ojos claros, color marrón claro, y una expresión tranquila, como si no le sorprendiera que alguien le hablara.
—Un bosque —dijo, y giró el cuaderno para mostrarlo.
Era un bosque nocturno, dibujado a lápiz, con árboles torcidos y luces pequeñas entre las ramas. No era un dibujo cualquiera. Tenía algo. Una atmósfera que hacía que mirarlo valiera la pena.
—Está bueno —dijo Mateo.
—Gracias. Me llamo Tomás.
—Mateo.
Tomás cerró el cuaderno y se lo guardó bajo el brazo.
—Recién llegás al curso, ¿no?
—Hoy es mi primer día —dijo Tomás—. Me cambié de escuela.
—¿Y ya te mandaron al fondo de la galería?
Tomás sonrió.
—Me mandé solo. Prefiero mirar antes de hablar.
Mateo asintió, reconociendo algo en esa frase.
—Bueno —dijo—. Si querés, a la hora de la comida te sentás con nosotros.
—¿Quiénes son "nosotros"?
—Yo y otro que siempre llega tarde —dijo Mateo.
Tomás asintió y volvió a abrir el cuaderno.
El timbre sonó y los dos volvieron al aula sin decir nada más.
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**12:30 p.m.**
El timbre del mediodía sonó y Mateo salió caminando rápido. No tenía tiempo que perder: a la una tenía que estar en el club con Daniel, y a las cuatro en la ferretería.
No almorzó en la escuela. Llegó a la casa, se comió dos sandwiches de milanesa que Elena le había dejado en la mesada, agarró la raqueta y salió.
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**1:15 p.m.**
El club estaba vacío a esa hora. El sol de las primeras horas de la tarde caía sobre la cancha número dos, calentando el polvo de ladrillo y proyectando sombras cortas contra el fondo.
Daniel ya estaba ahí, sentado en el banco, tomando mate.
—Llegaste temprano —dijo, sin levantarse.
—Vos también —dijo Mateo.
—Voy a estar acá siempre antes que vos —dijo Daniel, y se levantó de un envión—. Arranquemos. Hoy es liviano. Nada de forzar.
Mateo asintió y se paró en la línea de fondo.
La sesión fue corta, exactamente lo que Daniel había prometido. Veinte minutos de intercambio suave, sin series de saque, sin ejercicios de devolución, sin combinaciones exigentes. Solo pelota cruzando la red, una y otra vez, para que el cuerpo mantuviera la memoria del golpe sin acumular fatiga.
Daniel no corrigió nada. No hizo comentarios técnicos. Solo le tiraba pelotas a ritmo constante, obligándolo a moverse sin exigirle velocidad.
A los quince minutos, hizo una pausa.
—¿Cómo estás?
—Bien —dijo Mateo.
—¿La cabeza?
Mateo dudó.
—Está bien —dijo, pero no sonó del todo convincente.
Daniel lo miró un momento.
—Mañana jugás contra una zurda. No le des más vueltas. La zurda es humana. Saca, corre y golpea igual que vos. Lo único distinto es que todo lo que aprendiste mirando a diestros, mañana lo vas a tener que mirar al revés.
Mateo asintió.
—Pero eso no se entrena en un día —dijo Daniel—. Se entrena con cancha. Y vos no tenés cancha contra zurdas. Por eso mañana no vas a pensar. Vas a reaccionar.
—¿Y si reacciono mal?
—Entonces vas a aprender más rápido que si pensás antes de cada golpe.
Mateo respiró hondo.
—Saca las últimas diez —dijo Daniel—. Después te vas a la ferretería.
Mateo agarró diez pelotas y las sirvió todas.
Las diez entraron.
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**4:30 p.m.**
La ferretería de Don Héctor olía a metal, cemento y aceite de máquinas. Era un olor que Mateo conocía desde chico, cuando entraba a comprar clavos con su padre y se quedaba mirando los estantes llenos de cosas que no entendía.
—Llegaste temprano —dijo Don Héctor desde atrás del mostrador, con los anteojos apoyados en la punta de la nariz.
—Sí —dijo Mateo—. Terminé temprano en el club.
—Bueno, ponete el delantal que hay que ordenar el depósito. Llegó un pedido grande ayer y está todo tirado.
Mateo agarró el delantal azul, se lo puso y entró al depósito.
Era un cuarto largo y angosto, con estantes de metal hasta el techo y un pasillo central donde las cajas se acumulaban en pilas desordenadas. Había de todo: caños de PVC, bolsas de cemento, cajas de clavos, frascos de pintura, rollos de alambre, sogas de distintos grosores.
Mateo empezó a ordenar.
Agarró una caja de clavos y la subió al estante de los sellos. Después acomodó los caños de PVC por tamaño, los más gruesos abajo y los más finos arriba. Las bolsas de cemento fueron al fondo, apoyadas contra la pared para que no se humedecieran.
Mientras ordenaba, la mente empezó a divagar.
El depósito estaba lleno de cosas que podían servir para entrenar. No lo había pensado antes, pero mientras movía una soga gruesa de un estante a otro, se detuvo.
*Una soga.*
—Don Héctor —dijo Mateo, asomando la cabeza por la puerta del depósito—, ¿la soga esta se vende o es descarte?
Don Héctor levantó la vista del mostrador.
—¿La de cáñamo? Es descarte. Se enganchó en una entrega y vino rota de un lado.
Mateo la miró. Tenía unos tres metros, era gruesa y firme, con un pequeño desgarro en un extremo.
—¿Me la puedo llevar?
Don Héctor lo miró con curiosidad.
—¿Para qué la querés?
—Para entrenar.
Don Héctor no preguntó más. Asintió y volvió a su libro de cuentas.
Mateo siguió ordenando. Encontró un tramo de cinta elástica gruesa, de esas que se usan para atar cargas, en el fondo de una caja de descarte. La estiró entre las manos. Tenía resistencia, la justa para dar tensión sin romperse.
*Con esto puedo simular resistencia en el movimiento del saque*, pensó.
Después, en el estante de los plásticos, vio un paquete de conos de señalización naranjas. No eran de los chicos, sino de los grandes, de unos cuarenta centímetros de alto. Don Héctor los usaba para marcar zonas en la vereda cuando llegaban pedidos grandes.
—¿Estos se usan? —preguntó Mateo, señalando los conos.
—Todavía —dijo Don Héctor, sin levantar la vista—. Esos no te los podés llevar.
Mateo sonrió y siguió ordenando.
A las siete y media, el depósito estaba impecable. Las cajas en su lugar, los estantes alineados, el piso barrido. Don Héctor se asomó, miró el resultado y asintió con satisfacción.
—Buen trabajo —dijo—. Mañana venís, ¿o es día de partido?
—Partido —dijo Mateo.
—Entonces el viernes. Y no te olvides la soga.
Mateo sonrió.
—Gracias, Don Héctor.
Salió de la ferretería con la soga de cáñamo enrollada bajo el brazo y un puñado de ideas nuevas dando vueltas en la cabeza.
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**8:30 p.m.**
Llegó a la casa cuando el cielo ya estaba oscuro. Elena estaba cosiendo en la sala, Roberto mirando el noticiero, Lucas haciendo la tarea en la mesa de la cocina.
—¿Encontraste un tesoro en la ferretería? —preguntó Lucas, viendo la soga.
—Algo así —dijo Mateo.
Dejó la soga en su cuarto y salió al patio con la raqueta y una pelota.
El entrenamiento nocturno no iba a ser largo. Solo algo sencillo para mantener el cuerpo activo sin cansarlo antes del partido.
Agarró la soga que había traído de la ferretería, la ató a la rama más baja del limonero y dejó que colgara hasta la altura de su cintura. Después se paró frente a ella, a unos dos metros, y empezó a golpear.
No era un ejercicio complejo. Solo golpear la soga con la raqueta, sintiendo cómo el material cedía y volvía, obligando al brazo a ajustar la fuerza y la dirección en cada impacto. El movimiento era parecido a golpear una pelota, pero con más resistencia y menos rebote. La soga se movía distinto cada vez, obligándolo a ajustar el golpe en milésimas de segundo.
Después de diez minutos, soltó la soga y agarró la pelota. La lanzó contra la pared y practicó el gesto de recuperación: recibir, golpear, volver al centro. Simple. Mecánico. Sin pensar.
*Cinco minutos más*, pensó, y siguió golpeando.
Cuando terminó, el cuerpo estaba caliente pero no fatigado. Exactamente lo que necesitaba para la víspera.
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**10:15 p.m.**
Mateo se sentó en la cama con el cuaderno abierto.
Antes de escribir, miró la soga apoyada contra la pared del cuarto. No era un implemento de entrenamiento profesional. Pero era suya. Algo que había encontrado solo, sin que Daniel se lo pidiera ni el Sistema se lo marcara.
Escribió:
*Viernes 21: Día 5 de 14. Trote suave. Club con Daniel (sesión corta — 20 min + 10 saques). Escuela: conocí a Tomás, pibe nuevo, dibuja re bien. Ferretería: ordené el depósito, conseguí una soga para entrenar. Noche: práctica sencilla con la soga y pared. Cuerpo bien.*
*Mañana: Renata.*
Apoyó el lápiz y cerró el cuaderno.
Mañana jugaba. No sabía si iba a ganar o perder. No sabía si los ajustes que había hecho durante la semana iban a servir contra una zurda que nunca había enfrentado. Pero sabía una cosa: había hecho todo lo que podía hacer.
Cinco días seguidos. Trote. Saque. Devolución. Reflejos. Todo.
*El resto*, pensó, apagando la luz, *lo decide la cancha.*
Y se durmió.
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*Fin del Capítulo 14*



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En el texto hay: superacion, deportes, #litrpg

Editado: 26.07.2026

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