El Sistema del esfuerzo

Cap 26 En vivo

# EL SISTEMA DEL ESFUERZO
## Capítulo 26 — *En vivo*
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**Miércoles 2 de abril. 6:30 a.m.**
*Temperatura: 11°C. Cielo despejado, viento leve del sur.*
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El despertador sonó y Mateo lo apagó sin abrir del todo los ojos. Antes de levantarse, se quedó un momento acostado, boca arriba, y empezó a estirar ahí mismo: brazos por encima de la cabeza, estiramiento completo del cuerpo, después las rodillas al pecho, una por vez, y por último un giro suave de cadera hacia cada lado, sin salir de la cama.
En el borde de la visión, el Sistema se activó con su parpadeo habitual:
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> *Misión "El Camino del Torneo": Día 3 de 21.*
> *Estado físico: Óptimo. Fatiga acumulada disuelta.*
> *Objetivo del día sugerido: Cambios de ritmo con carga (caldén). Volumen estándar.*
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Mateo se quedó un segundo con los ojos cerrados, todavía en la cama, dejando que el reporte se acomodara en la cabeza antes de moverse. Después se sentó, se vistió rápido y agarró la raqueta de caldén del rincón del cuarto.
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**6:45 a.m.**
Salió al patio con el barrio todavía en penumbras y trotó dos vueltas a la manzana para entrar en calor. En la tercera vuelta arrancó los cambios de ritmo, seis en total, pero esta vez decidió no repetir siempre la misma fórmula de dos suaves y una fuerte —alternó la duración de cada tramo, a veces acelerando solo media cuadra, otras veces estirando el esfuerzo casi una cuadra entera, sin avisarse a sí mismo cuándo iba a venir el próximo cambio.
*Si siempre sé cuándo viene el esfuerzo, no aprendo nada nuevo*, pensó, en la cuarta repetición, sintiendo cómo el cuerpo tenía que reaccionar distinto cada vez, sin poder anticipar el ritmo exacto de antemano.
La sexta serie la hizo más larga que las anteriores, casi tres cuartos de cuadra a fondo, con la raqueta de caldén tironeando del brazo con cada zancada. Terminó trotando suave las últimas dos cuadras, con el corazón golpeando fuerte, satisfecho de haber roto un poco la rutina fija de otros días.
De vuelta en el patio, hizo los estiramientos completos —cuello, hombros, isquiotibiales, cadera, la muñeca derecha con la atención de siempre— y entró a bañarse antes de que el resto de la casa terminara de despertarse.
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**7:20 a.m.**
Elena ya estaba sirviendo el mate cuando Mateo entró a la cocina, todavía con el pelo mojado.
—¿Cómo estuvo hoy? —preguntó ella, alcanzándole el mate.
—Bien. Cambié un poco los tiempos de la carrera, para que el cuerpo no se acostumbre siempre a lo mismo.
—Ah, mirá vos, hasta estrategia de entrenamiento tenés —dijo Elena, con una sonrisa burlona pero cariñosa.
Mateo se rió y se sirvió un bizcocho, hasta que se acordó de algo que quería contarle.
—Má, el jueves a la noche vienen a casa Nicolás y Tomás. Estamos armando algo para la feria de ciencia del viernes, sobre tiempo de reacción visual. Van a ver el entrenamiento que hago con Sofía.
Elena levantó las cejas, interesada.
—¿Van a venir acá? ¿A qué hora?
—Después de la cena, como a las ocho y media.
—Bueno, entonces preparo algo para picar —dijo Elena, ya organizando el plan en la cabeza—. No los voy a dejar venir a trabajar con el estómago vacío.
—Gracias, má.
—De nada. Me gusta que traigas gente a casa. Se siente distinto.
Mateo terminó el desayuno con esa sensación cálida que le dejaban esas frases cortas de su madre, y salió con la mochila al hombro rumbo a la escuela.
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**7:55 a.m.**
En el primer recreo, Mateo buscó a Nicolás y a Tomás antes de que se dispersaran por el patio.
—Che, tengo que decirles algo del jueves —dijo, acercándose—. En vez de la tarde, mejor vengan a la noche.
—¿Por qué el cambio? —preguntó Nicolás, ya masticando algo que había sacado de la mochila.
—Porque a la tarde tengo entrenamiento con Daniel, y no lo quiero perder —explicó Mateo—. Pero además pensé que si vienen a la noche, ven el entrenamiento con Sofía tal cual es, en vivo, no una versión resumida que yo les cuente después. Va a quedar mejor para las ideas del proyecto.
Tomás asintió, ya procesando la lógica del cambio.
—Tiene sentido —dijo—. Si el proyecto es sobre tiempo de reacción, mejor medirlo en el momento real que reconstruirlo de memoria. La memoria distorsiona los datos.
—Justo eso pensé —dijo Mateo, contento de que Tomás lo confirmara con esas palabras técnicas que él mismo no hubiera sabido usar.
—A mí me da igual la hora, mientras haya algo para comer —dijo Nicolás, encogiéndose de hombros—. Ya le dije a mi vieja que capaz llego tarde el jueves.
—Mi mamá va a tener algo para picar —confirmó Mateo—. Así que tranquilo.
Quedaron en eso, jueves a las ocho y media, en la casa de Mateo, y el grupo se separó cuando sonó el timbre, cada uno rumbo a su próxima clase con el plan ya cerrado.
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**1:30 p.m.**
En el club, Daniel lo esperaba con el carrito de pelotas de siempre, pero con una diferencia: al lado de la línea de saque había cuatro conos naranjas, distribuidos en distintos puntos del cuadro de servicio, cada uno a una distancia y ángulo distinto.
—Hoy afinamos puntería —anunció Daniel, señalando los conos con la mano—. Cada saque que tires tiene que apuntar a derribar uno de estos. No alcanza con que entre adentro del cuadro. Tiene que ir donde yo te diga.
Mateo se acomodó en la línea de fondo, con la raqueta lista, mientras Daniel señalaba el primer cono —el más cercano a la línea central, el más fácil.
—Ese primero, cinco intentos.
El primer saque pasó cerca, pero no lo tocó. El segundo lo rozó, moviéndolo apenas sin tirarlo. Al tercer intento, el cono cayó con un golpe seco, y Mateo sintió una satisfacción distinta a la de simplemente meter el saque adentro —esto exigía precisión, no solo consistencia.
—Ahora el de la esquina —dijo Daniel, señalando uno más alejado, casi pegado a la línea lateral.
Ese cono le costó más. Los primeros cuatro intentos pasaron cerca pero sin tocarlo, y recién al quinto logró derribarlo con un saque abierto que salió con el efecto cortado que tanto había entrenado con la soga.
—Bien —dijo Daniel—. Ahora el tercero, y después el cuarto, cada vez con menos intentos permitidos.
Fueron pasando por los cuatro conos, Daniel reduciendo el número de intentos disponibles a medida que avanzaban —cinco, después cuatro, después tres— para que la presión de acertar rápido se fuera pareciendo cada vez más a la de un partido real, donde no hay margen para repetir el saque diez veces hasta encontrar el ángulo.
—Esto no es solo puntería —explicó Daniel, mientras juntaban los conos caídos para volver a armar el circuito—. Es fuerza también. Cuanto más lejos el cono, más necesitás que el saque llegue con potencia real, no solo con dirección. Si le pegás flojo, aunque apuntes bien, no lo tirás.
En la segunda vuelta al circuito, Mateo empezó a sentir que el cuerpo ya entendía la diferencia entre apuntar y solo sacar fuerte —el hombro cayendo antes de subir, como siempre, pero con una intención extra de dirección que antes no le había prestado tanta atención. Derribó tres de los cuatro conos en la segunda vuelta, mejorando claramente respecto a la primera.
—Así se entrena la puntería de verdad —dijo Daniel, satisfecho, cuando terminaron la sesión—. No pegándole a la nada, sino pegándole a algo que tenés que tirar.
Antes de guardar los conos, Daniel propuso una última ronda: los cuatro puestos al mismo tiempo, en distintos puntos del cuadro, y Mateo debía derribarlos en el orden que él fuera gritando, sin pausa entre uno y otro.
—Esquina derecha —dijo Daniel, cronómetro en mano.
Mateo sacó, apuntó, y el cono cayó al segundo intento.
—Central.
Ese lo tiró de entrada, con un saque plano que entró limpio.
—Esquina izquierda, después el que queda cerca de la red.
El orden cambiaba cada vez, obligándolo a recalcular el ángulo y la potencia en cuestión de segundos, sin el margen de pensar demasiado el gesto. Para la tercera ronda completa, Mateo ya lograba derribar los cuatro conos en menos de dos minutos, algo que al principio de la tarde le hubiera parecido imposible.
—Esto es lo que se te va a pedir en el torneo, aunque no lo parezca —dijo Daniel, guardando el cronómetro—. No vas a tener tiempo de pensar cada saque como si fuera el primero del día. Tenés que poder decidir rápido y ejecutar rápido, sin perder precisión.
Mateo asintió, con el brazo cansado pero con una sensación clara de haber cerrado la tarde con algo concreto: cuatro conos, cada vez menos intentos, cada vez más rápido.
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**8:00 p.m.**
Después de la cena —con Elena ya dejando algunas cosas preparadas para la visita de mañana, aunque todavía faltara un día— Mateo se cruzó con Sofía en el pasillo, que venía corriendo desde su cuarto con el cuaderno marrón apretado contra el pecho.
—¡Me dijo mamá que vienen tus amigos el jueves! —dijo, con una emoción que no intentaba disimular—. ¿Van a ver mi entrenamiento?
—Van a ver el entrenamiento de los dos, So. Vos sos parte importante.
Sofía sonrió con orgullo y abrió el cuaderno ahí mismo, en medio del pasillo, mostrándole a Mateo las páginas llenas de columnas: fechas, ojo tapado, aciertos, fallos, algunas anotaciones al costado con su letra prolija de niña aplicada.
—Le voy a mostrar todo esto a tu amigo el que dibuja —dijo, señalando las páginas—. Así tienen más datos para la feria. No solo lo de mañana, todo lo que venimos anotando desde hace semanas.
—Eso les va a servir un montón, en serio.
—Ya sé —dijo Sofía, cerrando el cuaderno con satisfacción—. Por eso lo anoté todo bien, para este momento exacto.
Mateo se rió, pensando que su hermana de once años llevaba estadísticas mejor organizadas que cualquier entrenamiento formal que él hubiera visto.
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**8:20 p.m.**
Salieron al patio para el entrenamiento de esa noche, pero en vez de la rutina habitual de ojo tapado y pelota saltarina, Sofía propuso algo distinto.
—Hoy no es reflejos —anunció, parándose frente a Mateo con las manos en la cintura—. Reflejos entrenamos mañana, para tener algo nuevo que mostrarles en el futuro por si quieren volver.
—¿Entonces qué hacemos hoy?
—Aleatorio —dijo ella, con esa palabra que sonaba grande en su boca de once años—. Yo te digo una palabra y vos tenés que moverte para ese lado, lo más rápido posible. Izquierda, derecha, arriba, abajo, adelante, atrás. Sin patrón. Nunca la misma dos veces seguidas.
Mateo se paró en el centro del patio, listo, y Sofía empezó a gritar las palabras sin ningún orden previsible —"¡Derecha!"— y Mateo saltaba hacia ese lado; "¡Abajo!" y se agachaba; "¡Atrás!" y retrocedía un paso rápido, tratando de no anticipar nunca la siguiente orden.
—Más rápido —exigía Sofía, cada vez que notaba la más mínima duda—. En la cancha nadie te avisa antes.
El ejercicio, simple en apariencia, terminó siendo más agotador de lo que Mateo esperaba —el cuerpo tenía que procesar la palabra, decidir la dirección y ejecutar el movimiento casi en el mismo instante, sin el beneficio de un patrón que pudiera memorizar. Después de quince minutos, sentía las piernas cargadas de una forma distinta a la carrera de la mañana, más parecida al cansancio mental que al físico.
—Estás mejorando —dijo Sofía, revisando algo en su cabeza más que en el cuaderno esta vez—. Al principio te tardabas medio segundo en cada orden. Ahora casi no.
—¿Vos contás el tiempo así, a ojo?
—"Cuento en la cabeza... ya le agarré la mano de tanto practicar"—dijo ella, encogiéndose de hombros, como si fuera lo más natural del mundo.
Terminaron la sesión con unos estiramientos compartidos, Sofía imitando cada postura con su torpeza entusiasta de siempre, y después Mateo se quedó solo un rato más en el patio, estirando la muñeca derecha bajo la luz de la ventana de la cocina.
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**9:30 p.m.**
Ya en su cuarto, Mateo se acostó con la novela que venía leyendo desde hacía semanas para la escuela, la misma que había retomado un rato cada noche cuando el cuerpo se lo permitía. Leyó unas páginas, dejando que la mente descansara del tenis, de la feria, de los conos y las órdenes gritadas por Sofía, hasta que los ojos empezaron a pesarle de verdad.
Cerró el libro, apagó la lámpara de lectura, y se acostó del todo, listo para dormir.
En el borde de la visión, el Sistema se activó una última vez antes de que Mateo cerrara los ojos:
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> *Misión "El Camino del Torneo": Día 3 de 21.*
> *Racha de constancia (nueva misión): 3 días.*
> *Parámetro de Saque: 36% → **39%** (mejora por entrenamiento de puntería dirigida).*
> *Coordinación bajo instrucción aleatoria: Registrada. Tiempo de reacción en descenso sostenido.*
> *Nivel de energía: 87%.*
> *Sub-Misión "El Camino del Torneo": Sin conflictos de agenda detectados para el jueves.*
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Mateo leyó el reporte con los ojos entrecerrados, deteniéndose un momento en la mejora del saque —treinta y nueve por ciento, el número más alto que había visto hasta ahora en ese parámetro—, y pensó en los conos cayendo uno por uno esa tarde, en el sonido seco del plástico contra el polvo de ladrillo.
*Puntería y fuerza*, pensó, cerrando los ojos del todo. *Hoy entrenamiento Aleatorio, Mañana, función en vivo.*
Se durmió antes de terminar de imaginarse la cara de Nicolás y Tomás viendo a Sofía dirigir todo el entrenamiento como una pequeña jefa de laboratorio.
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*Fin del Capítulo 26*



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En el texto hay: superacion, deportes, #litrpg

Editado: 26.07.2026

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